Apacible retorno de Plácido Domingo en Tequesquitengo

Acompañado por las sopranos Micaëla Oeste y Angel Blue, el tenor inauguró ayer la Arena Teques

Morelos

La Arena Teques vivió ayer una noche de fiesta. No sólo se inauguró el nuevo recinto cultural en Tequesquitengo, Morelos, sino que se contó con un padrino de lujo: el tenor Plácido Domingo. En su retorno a México, luego de que se había pensado que cancelaría su actuación por problemas de salud, que por fortuna ha superado, el cantante ofreció una gran actuación que incluyó grandes momentos de la ópera.

La fiesta inició con la presentación de la Banda Sinfónica Juvenil del Estado de Morelos, dirigida por José Mauricio Miranda, y un grupo de comparsas de chinelos de los municipios de Tepoztlán, Tlayacapan, Atlatlaucan, Yautepec y Jiutepec. El popurrí de diversas piezas de música tradicional, con los chinelos bailando en los pasillos de la Arena, celebró con algarabía la presencia de Domingo en Tequesquitengo.

Luego de la introducción al tercer acto de la ópera Lohengrin de Richard Wagner, a cargo de la Orquesta Filarmónica de Acapulco, dirigida por Eugene Kohn, el tenor apareció en escena para celebrar a Giuseppe Verdi con fragmento de Un baile de máscaras. Su presencia escénica se estableció de inmediato y con ese tono cálido que lo ha convertido en una de las glorias de la ópera mundial, celebró la pasión infinita por Verdi.

El tenor fue acompañado por las sopranos Micaëla Oeste y Angel Blue, dos voces ardorosas que contribuyeron a que casi se pasara por alto, que la gente se atravesaba por los pasillos de la Arena como si se tratara de un juego de futbol (el precio que se paga por escuchar a una superestrella). Entre interpretaciones entrañables de “Je veux vivre” de Romeo y Julieta, de Gounod, a cargo de Oeste, y “Vissi d’arte” de Tosca, de Puccini, en voz de Blue, Domingo cimbró a la audiencia con “Nemico della patria” de Giordano de Andrea Chénier, un guiño del pasado en nuestro doloroso presente.

Tener que escuchar los comentarios de los compañeros fotógrafos, sobre si tal o cual lente les permite, o no, captar una buena imagen del tenor, resultó, con perdón del gremio, bastante molesto. Sobre todo porque la charla se desarrolló en pleno concierto, en los momentos en que Angel Blue se desgarraba el alma al ofrecernos un fragmento de Tosca. Y bueno, como para aligerar el ambiente, la orquesta entró al quite con la obertura muy ligera, valga la redundancia, de Caballería ligera de Von Suppé, dirigida por Eduardo Álvarez.

A dueto con Oeste, el tenor visitó La viuda alegre de Lehar (luego complementada por Blue en otro fragmento de la ópera). Cuántas veces ha realizado esta ópera, no es algo que importe, pues cada vez que Domingo la interpreta se las arregla para hacerla parecer nueva. Con infinita dulzura el maestro tomó en brazos a la soprano y bailó con ella para luego unir sus voces en uno de los momentos más conmovedores del concierto. Antes de concluir la primera parte con un terceto en un fragmento de El murciélago, de Strauss, Plácido Domingo se dirigió al público para asegurar que estaba feliz por su debut en el estado de Morelos, su debut en Tequesquitengo y por la inauguración de Arena Teques.

La segunda parte del concierto fue de un carácter más ligero e inició con fragmentos de obras del teatro musical estadunidense, como South Pacific, El mago de Oz y Mi bella dama –en ésta Plácido cantó en español– y luego pasó al terreno de la opereta y la zarzuela. Domingo concluyó con “¡No puede ser!” de La mujer del tabernero de Sorozábal, para luego regalar algunas interpretaciones de canciones mexicanas, como “Bésame mucho”, “Granada” y, por supuesto, la infaltable “Júrame”, de María Grever.

Fue en ese momento cuando el público se entregó con mayor fervor a Domingo. Ojalá se dé la ocasión de escuchar más adelante al tenor en un ambiente más apacible que evite las constantes interrupciones de la gente que en la Arena Teques se paraba de su lugar para ir al baño, salir a comprar una bebida o contestar una llamada telefónica.