Antología norteña, seis narradores norteños

Presentamos a seis escritores nacidos entre las décadas de 1960 y 1980 en quienes resulta necesaria la tarea de descifrar una realidad tan telúrica y compleja como la misma historia reciente.
Anotología
(Cortesía)

Ciudad de México

Más que sinónimo de periferia, el norte es uno de los centros literarios con más vitalidad en México. Para botón de muestra, presentamos a seis escritores nacidos entre las décadas de 1960 y 1980 en quienes resulta necesaria la tarea de descifrar una realidad tan telúrica y compleja como la misma historia reciente

La brújula apunta hacia el norte

Narrativa

¿Es el norte de México un concepto cultural hegemónico con rasgos inequívocos? Según la visión centralista de la cultura que tenemos en México podría parecer que sí. Sin embargo, su extensión geográfica, su hostilidad climática, su incomunicación histórica se alzan contra este peligroso reduccionismo y nos hablan de muchos nortes, de eclécticas visiones de la realidad, de múltiples voces que narran tantos universos como posibilidades nos brinda.

No obstante, en el caso específico de la literatura, más allá del cliché de la épica del narco, tres constantes asoman en el cuerpo escritural de las y los narradores del norte, al margen de su lugar de origen o de residencia. La primera, histórica, tiene que ver con el hecho de convivir con los más de 3 mil kilómetros de frontera con el país más poderoso del mundo. La segunda, cultural, apunta al asfixiante conservadurismo que predomina por estos lares y sus consecuencias en la vida cotidiana. Y la tercera, reciente, hace referencia a la violencia que padecemos, consecuencia de la guerra contra el crimen organizado, no como su apología, sino como una presencia constante, ineludible, devastadora.

Al menos, en las seis voces narrativas que aparecen en esta pequeña antología el lector podrá encontrar estos rasgos que unifican una literatura vital, vertiginosa, dura, directa, abisal. Seis autores nacidos entre finales de los años sesenta y principios de los ochenta que cuentan el significado de vivir en el norte, donde empieza y se acaba el país.

(Imanol Caneyada, compilador)


Los hijos de San Jérôme

Elma Correa

El maullido los paralizó a todos

Está recostada en la cama ginecológica. Las rodillas flexionadas con los tobillos pegados a la cadera. La misma posición que le ha traído hasta este momento. Una sábana gruesa la cubre. No puede ver lo que pasa en el otro lado pero igual cierra los ojos. Otro maullido agudo y prolongado devuelve a los presentes a la realidad. Alguien le coloca una máscara para anestesia. Aprieta los párpados con todas sus fuerzas. Tengo un gatito, tengo un gatito. Repite en silencio hasta que se queda dormida.

Los gritos se habían escuchado a todas horas. Desde su camilla podía ver la entrada a la sala de partos. Podía ver a esas mujeres con barrigas monstruosas y absurdas. Unas barrigas que las engulleron de a poco. Elevándose tiranas y déspotas, aumentando su asedio cada día hasta tenerlas sitiadas ahí. Podía observar el triunfo de las barrigas. El desprecio con que las mujeres eran desechadas después de ser sometidas a la degradación final. A la humillación feroz del alumbramiento. De la preeclampsia. De la fiebre puerperal. Desgarros. Fluidos. Carne. Los pequeños predadores entonces ascendían a la cima. Carroñeros. Engullían las vísceras, el tejido muscular, quebrantaban los huesos. Devoraban. Toda esa violencia. Todo ese dolor. De cuando en cuando una falla en el ciclo. Un poco de justicia. Barrigas que eran serradas. Barrigas que abiertas en canal se desbordaban de tejidos. Una composta de sangre, placenta, feto.

Una mujer llora a su lado. Se llama Sara y tiene la costumbre agradable y nerviosa de esconder el rostro en la almohada con cada espasmo. Sus cejas se unen al centro cuando sobreviene una nueva acometida de lágrimas en un gesto dramático y sombrío. Sara perdió a su hijo. Perder es un eufemismo con el que los médicos acusan a las madres. Usted lo perdió. Como si el crío tuviera seis años y entonces ella lo olvidara en un punto entre el parque y el camino a casa. Perdido. Como si la responsabilidad por un mal corte, por un cordón umbilical que ahoga o un aumento en la presión arterial, recayera en la mujer que en absoluta indefensión revienta sus entrañas ante un grupo de desconocidos.

Sara llora.

El hijo tenía una malformación congénita que fue detectada, pero ella y el marido rechazaron la interrupción del embarazo. Querían a su hijo aunque le faltara medio cerebro, aunque nunca pudiera hablar, o caminar, o dejar de embarrar sus heces y sialorrea en el amoroso regazo de Sara.

Piensa en su propio hijo. En su propia barriga inmensa. En las contracciones y la dilatación. En el médico internista que hace rondas y le descubre el vientre y luego le introduce dos o tres dedos. Durante la última revisión los giró muy despacio con los ojos clavados en su entrepierna abultada. Se humedeció los labios con la lengua. Está segura de que si le hubiera puesto la mano sobre el pantalón lo habría sentido duro. Todos están siempre duros. Esa dureza le aturde. Si su hijo es hombre siempre estará duro también. Espera que sea una niña. Así no tendrá que huir a cada momento. Nunca ha podido escapar de esa dureza. La atrapa. No, mejor quisiera un gato. Quisiera no tener esa panza que la oprime y la hunde en la camilla. Un gato que busque el lugar más cómodo sobre su cuerpo amasando con sus patitas. Que camine sobre ella acariciándola con una cola larga. Con el pelaje suave. Y con bigotes que vibren cuando ronronee.

Sara ha dejado de llorar. La pone incómoda ver su nariz tan hinchada. Tan roja. Parece que le hubiera crecido una barriga en medio de la cara. Como si su nariz fuera a romperse en cualquier momento para entregar al hijo deforme tan anhelado. Ahora Sara descansa. Su respiración es plácida. Su rostro ya no se hunde en la almohada para ocultar los mocos o la saliva o para ensordecer el estruendo de sus sollozos. Está muy quieta. La vista perdida en la lámpara fluorescente. Su brazo extendido con el catéter clavado en la vena más gruesa y el tubo conectado a la bolsa con suero. La nariz se ensancha al inhalar. Su pecho sube y baja, relajado, avanzando torpe hacia el umbral de la resignación.

Sara murmura.

Como impele su bíblico nombre, Sara está rezando.

Su letanía está dedicada a San Jérôme, el santo de los bebés no nacidos. El nuevo santo pro-vida. El profesor Jérôme Lejeune. El mayor detractor del aborto, sobre todo del aborto eugenésico, en el mundo. El mayor detractor de la píldora del día después y del uso del dispositivo intrauterino por su capacidad abortiva. Amigo íntimo del cardenal-arzobispo Karol Wojtyla, futuro San Juan Pablo II. El profesor no usaría un condón en toda su vida y suponemos que el Papa tampoco. Habría que rastrear a los monaguillos de la casa pontificia para enterarnos. Así, entre otras glorias, nuestro Jerónimo ha sido el más grande genetista francés de la historia. Descubridor de la trisonomía 21 e incordiador de la Organización Mundial de la Salud, a quien acusó, apoyado por una horda de católicos llorosos, de haberse transformado de una institución para la vida en una institución para la muerte.

Lejeune era propenso a las frases afectadas.

Es 1963. Lejeune cree que Dios está en los mongoloides y retrasados. En el daño cerebral. En lo deforme. Dios habita en sus creaciones retorcidas y abandona a las otras,  puesto que no lo necesitan, faltaba más. Lo necesitan las criaturas amorfas. Aquellas cuyo destino es el sufrimiento. El profesor biólogo genetista especializado en ciencia prenatal Jérôme Lejeune está seguro de que Dios envuelve en su gracia a todos aquellos que él requiere en sus investigaciones. A todas esas madres que llevan dentro la alteración del inicio de la vida como suponemos debe ser. Lejeune está seguro de que Dios lo envuelve. Dios le envuelve la verga cuando se folla putas adictas y embarazadas a las que convence de no abortar y entregar a sus bebés a la ciencia. A él.

No nos detendremos en el curioso hecho de que el noventa y siete por ciento de las mujeres que se sometieron a sus experimentos murieron en su laboratorio. El otro tres por ciento quedó estéril y con múltiples daños físicos y psicológicos. Una belleza ese Jérôme Lejeune.

A Jérôme le debemos también otro descubrimiento hermoso.

Atentos.

Descubrió, diagnosticó y localizó la causa del síndrome que lleva su nombre. Síndrome de Lejeune. Una delección o pérdida de material genético del brazo corto del cromosoma cinco. 

El 11 de abril de 2012, el profesor Lejeune fue beatificado y canonizado. Nuestro único santo antiabortista.

Los gritos amainan. Han llevado a Sara al piso de recuperación y el médico internista recibe nuevas y escalofriantes barrigas infladas. Ella sabe que en cualquier momento ingresará a expulsión. Su barriga palpita. Tranquila como una bomba. La cubre con sus manos. Dentro, hace meses que a causa del padre de su hijo, dueño de un espermatozoide portador de la translocación que reorganiza y suprime los genes y en particular produce monosomía 5, su bebé está listo para presentar los siguientes síntomas: ojos notoriamente separados y caídos, crecimiento lento, bajo peso, orejas implantadas cerca de la quijada, fusión de las membranas en los dedos de manos y pies, una sola línea en la palma de la mano, microcefalia, micrognacia, profunda discapacidad motora e intelectual y, lo más importante, inmadurez de la laringe con desarrollo incompleto de la epiglotis y relajación crónica de los pliegues de mucosa que la recubren, produciendo un llanto característico. Al Síndrome de Lejeune se le conoce comúnmente como cri du chat.

Maullido de gato.

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Elma Correa (Mexicali, Baja California) ha publicado en revistas como Shandy, Vice, Tierra Adentro, Generación, Pez Banana y Emeequis. Su trabajo está incluido en las antologías Breve colección de relato porno, Lado B y Cuadernos del periodismo gonzo. Desde 2008 coordina un encuentro nacional de escritores.     

Los que regresan

Joel Flores

No sabes si regresar a casa es para bien y miras las nubes incendiadas que cobijan el autobús en el que viajas. Te preguntas si por fin han encontrado al amigo desaparecido. Y aunque sabes la respuesta, te muerdes los labios y tu saliva sabe a sangre y dices todos seguimos nuestro rumbo.

Tan llenos de vida, tan llenos de esperanza dejamos la puerta abierta de la casa, porque rezamos, deseamos, nos mentimos, nuestros desaparecidos pronto cruzarán el umbral.

Piensas que regresar es como no haber partido nunca, pero no sabes si el nuevo gobierno habrá construido otros edificios, habrá restaurado el centro histórico y asfaltado las carreteras.

Construir, restaurar y asfaltar no borrará los vestigios de las balas, la sangre y los fallecidos.

¿Y mis amigos y mi familia habrán cambiado el curso de sus días, justo cuando yo no pertenecía a éste ni a otro territorio? Este cielo, este orbe enrojecido, ¿por qué brasas se desprenden de sus entrañas? ¿Cuántas muertes habrán pasado desde que me fui? ¿Cuántas desapariciones habrán sucedido desde que subí al autobús y partí sin decirle adiós a mi padre? ¿Cuánta sangre se habrá limpiado mientras muchos dormían, otros viajaban, huían, y otros despertaban preguntándose es verdad que aquí no pasó nada?

¿Quién habrá lavado el suelo? ¿Quién habrá recogido los casquillos que se desperdigaron? ¿Quiénes habrán levantado los cuerpos y a dónde habrán volado sus cenizas? ¿Y la memoria? ¿Y los amigos que no me esperan y los desconocidos que no conoceré porque los eclipsó el fuego de un arma, se los tragó este cielo, Dios mío, éste que miro y me cobija?

¿Por qué caen estas nubes, rescoldos de carbón encendido, y no una luz cálida que ilumine a los que regresamos a casa?

El manto de las nubes ha limpiado la sangre y las cenizas, las lágrimas y los gritos de los que dicen volverá más pronto un muerto que un viajero.

Y no sabes si regresar, si reiniciar, porque tu vida no ha sido más que un evadir y volver, restaure el camino que zanjaste, reviva al amigo por el que no diste la frente, apague el fuego que cae sobre los hombros del semidesierto, acalle el grito de la furia que aturde a la ciudad. Y dudas, pero bajas del autobús y miras el cielo tan rojo, te dices, tan lleno de recuerdos que encandilan.


Joel Flores nació en Zacatecas en 1984 y vive en Tijuana. Es colaborador de las revistas Río Grande Review (Estados Unidos), Carátula(Nicaragua) y Aurea (México). Ha escrito los libros de cuento El amor nos dio cocodrilos (Voz Editorial, 2013) y Rojo semidesierto (FOEM, 2013). Galardonado en el Certamen Internacional Sor Juana Inés de la Cruz, durante 2008-2009 fue seleccionado internacional por la Fundación Antonio Gala para escribir en el convento de Corpus Christi, en Córdoba, España. Es autor del blog http://bunker84.blogspot.mx/.

Maquila

Sylvia Aguilar Zéleny

Este es su uniforme. Ellos solo le dan uno, Eva tendrá que comprar el otro. Es mejor tener dos, le dicen, así deja lavando uno mientras trae al trabajo el otro. Este es su casillero: el 131B. Aquí puede guardar su bolsa, su chamarra, lo que quiera, menos comida. No debe guardarse comida aquí, si la agarran con comida en el casillero la corren. Esa regla aplica a todas. La mánager le explica que ella no tendría problema que cada una guardara lo que quisiera pero ya pasó una vez que alguien no se acabó su comida, la guardó en el casillero y la dejó. Era viernes, así que “Ya te imaginarás la peste que nos recibió el lunes”. Se hacen revisiones de casilleros dos veces por mes, nunca se sabe cuándo exactamente. Para guardar su comida están los refris. Eva debe marcarlo con su nombre, así con marcador negro, “Bien tachoneado”. Se recomienda, además, poner también su apodo, su número de empleada o alguna clave especial; ha habido casos en que una agarra la comida de la otra porque se llaman igual o porque no la marcaron bien y “No sabes el pleitazo”. Por cierto, si agarran a cualquiera de las muchachas peleando, la corren. Esta es la zona de autohigiene. Eva tiene que aprender a lavarse muy bien las manos hasta los codos, también la cara. Antes y después de entrar a la línea. Le dicen que se tome su tiempo, que talle bien con esos cepillos, primero por un lado y luego por el otro. “¿También las uñas?” Sí, Eva también tiene que tallarse las uñas, debe traerlas siempre muy cortas y sin pintar. Solo las de recepción tienen permiso de traer las uñas bien arregladas. Si la agarran con las uñas pintadas, la corren. “¿Por qué tanto pedo?” Bueno, pues porque si cae algo de esmalte seco en el producto “Nomás no lo reciben y la maquila se mete en problemas”. Nadie sabe si eso ya haya realmente pasado. Nada de aretes, nada de anillos, nada de accesorios, nada de nada. “A la maquila se viene a trabajar, no a modelar”. Eva toma su gafete, se lo coloca en el lado izquierdo, “Siempre debe ir del lado izquierdo, arriba del corazón”. Si se le olvida más de dos veces no la dejarán entrar en la línea; a la tercera, le descuentan un día de sueldo y a la cuarta, la corren. Ahí están las máquinas de sodas, los lunes les dan a todas cinco monedas de cinco pesos para que se compren una. Sí, casi todas prefieren tomar soda que agua. Por la cafeína, dicen. Con eso que no las dejan tener café. Una vez se hizo un plantón, por eso, por el café. “No nos lo dieron, pero pusieron la máquina de cocas”. Las sodas son un privilegio en la maquila. “La palabra maquila significa la ‘porción de lo molido, que corresponde al molinero’, pero aquí el molinero no somos nosotras sino el Dueño, así que cuidadito con andar robando”. Nadie tiene que repetírselo, si la cachan “Sustrayendo material que corresponde a la empresa”, la corren. Eso le pasó a la Domínguez, la que trabajaba en la Línea 8. También a la Méndez que estaba en la 9. Las cacharon llevándose unas piezas y las corrieron, sin derecho a nada. “Así que mejor tú nomás a lo tuyo, Eva. ¿Es Eva, verdad?” Todas tienen derecho a dos descansos de diez minutos y uno de treinta para comer. A Eva le tocará el segundo turno para comer, que es a las dos de la tarde. Los descansos no se pueden juntar con la comida. Los descansos no son un privilegio, son una responsabilidad, todas tienen que tomarlos porque si no... No, no las corren, pero luego no dan el ancho en la línea y entonces les descuentan uno, dos, hasta tres días de trabajo. “La labor es pesada, no te creas, así que OJO con los descansos”. Hay unas que se salen al patio a fumarse un cigarrito, como la Valdés, ésa, la gordita de la derecha. Hay quienes dicen que hasta come rápido por irse a fumar y que por eso está gorda. “Pero ni se te ocurra decirle gorda porque no sabes cómo se pone”. Ésa, la de la izquierda, la que está sentada, es doña Ricarda. Ella a veces trae lonche para vender. Gorditas, tortas. Pero nadie sabe. O sea, todas saben, los jefes no. “Alguien debería decírselos, pero esto no le afecta a nadie y no es como que doña Ricarda vaya a hacerse rica por vender gorditas de a dos pesos”. Lo que saca de la venta es para su nieta, la de los tenis rojos, la de la línea 7, que está ahorrando para irse al otro lado con su mamá. “Si no traes lonche le puedes comprar algo a doña Ricarda pero eso sí, tiene que ser a la sorda”. No, como Eva es nueva no tiene derecho a horas extra; ésas solo les corresponden a las que tengan más de un año en la maquila. Tampoco puede pedir día de descanso, es decir, sí le van a dar pero le darán el que ellos decidan, no el que Eva pida. Y no lo puede cambiar con nadie, si la cachan haciendo arreglos con otra trabajadora... “Me corren, ¿verdad?” A veces los jefes invitan la copa, especialmente los jueves. Los jueves es día de copa. Depende de cada chica aceptar o no. “Pero claro, no te creas que por irte a tomar la copa con uno o varios de ellos te va a ir mejor aquí. Tampoco que te dé por estar presumiendo porque... Sí, exacto, te corren.” Hay chicas que luego de irse de copas con los jefes ya no vuelven o vuelven lánguidas, tristes, tan otras. Se quedan unos días, cuando mucho unas semanas y luego renuncian. No se vuelve a saber de ellas. “De esas mejor no se habla”. Por cierto, hay que tener cuidado de andar platicando lo que hace en la maquila. No es que haya irregularidades o algo así pero nunca se sabe. A veces, a las más jóvenes como ella les hacen pruebas de embarazo cada tanto tiempo, nada de sorprenderse. “Si tienes marido, novio o un jalecito, mucho cuidado”. En general, si quiere mantener su puesto, mejor hacer caso a todo. A todo. Eva asiente. Ahora se va a cambiar. “Si te quedan dudas, puedes preguntarle a cualquiera”. Todas, a fin de cuentas, saben bien cómo funcionan las cosas aquí en la maquila.

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Sylvia Aguilar Zéleny (Hermosillo, 1973), maestra en Estudios Humanísticos por el ITESM y en Escritura Creativa por la Universidad de Texas, es autora de los libros de cuento Gente menuda (Voces del Desierto, 1999), No son gente como uno (ISC, 2004), Nenitas (Nitro-Press, 2013) y de la novela Una no habla de esto (Tierra Adentro, 2008). Su colección Señorita Ansiedad y otras manías ganó recientemente el Concurso de Narrativa Emergencias y será publicada por Kodama Cartonera de Tijuana. Vive en El Paso, Texas, desde 2010 (@sylviruk).

Proyecto Juárez

Liliana Pedroza

Recortaba las últimas noticias culturales de un periódico local: una publicación más de las vivencias de un maestro normalista, otra inauguración colectiva de pintores con un único cuadro. Con dos meses de servicio social en el instituto de cultura lo único que esperaba de la mañana era a doña Rosa con sus empanadas de piña. “Llevo 80 horas”, repasé como lo haría un recluso, “me faltan 400”. “Ya te toca ir al aeropuerto”, me dijo la secretaria. Amontoné las páginas sobrantes en un altero con publicaciones anteriores. “Todavía no termino”, le dije señalándole las notas sobre la mesa. “Apúrate, ya te está esperando Gregorio”. Me entregó una cartulina. Desde la puerta del edificio, mientras me acomodaba la camisa, vi al chofer fumando un cigarro a la sombra de un árbol. Me saludó levantando la barbilla y se subió a la camioneta. De camino miró de reojo la cartulina que decía con letras grandes: “Phuong Nguyen”. “Y ése de dónde viene”, me preguntó. “De Vietnam, Goyo”. “¿A poco?”. Era la primera vez que recogía a un visitante pero no era el primero de un grupo que llegó a la ciudad. En total eran cinco: un español, un canadiense, un belga, un alemán y el vietnamita que esperábamos a la salida de los vuelos internacionales. En la oficina me habían dicho que eran unos artistas conceptuales con fondos europeos para un proyecto, el Proyecto Juárez. Nadie sabía en realidad de qué se trataba, solo que por un acuerdo internacional el instituto ejercía de anfitrión. Rentaron una casa para ellos y a lo largo de la semana fueron a recogerlos. Ese día era viernes, nadie quería salir tarde del trabajo, por eso me mandaron. El vietnamita hizo un ademán tímido hacia nosotros cuando distinguió el cartel con su nombre.

En la oficina nadie hablaba de los extranjeros, no sabía por qué aquel grupo no les causaba interés. “Ay, Carlitos, a cada rato llega gente como ésa”, me dijo Leti sin dejar de rellenar un oficio y me mandó a sacar unas copias. En el pasillo estaba Fabián contando chistes a los compañeros. Frente a la fotocopiadora se me acercó el director y me dijo: “Ve a darles una vuelta, para ver si siguen vivos. Dile a Gregorio que te lleve”. Dejé los papeles sobre la máquina y busqué a Goyo. Cuando llegamos al domicilio toqué varias veces a la puerta, como no me abrían, me asomé por una ventana. “Tóqueles más fuerte”, me gritó la vecina que tendía su ropa en el patio de al lado, “deben estar dormidos, ayer tuvieron fiesta hasta tarde”. Escuché ruido en el interior y al poco me abrió un muchacho güero, alto, con una bata rosa de dormir que le quedaba corta. Con sus ojos legañosos divisó a Goyo en la camioneta y lo saludó levantando la mano. “Vengo del instituto de cultura para ver qué se les ofrece”. Me dejó pasar y se encaminó a uno de los cuartos. En la sala no había más que latas de cerveza y botellas de vodka vacías y dispersas, restos de cocaína en la mesita de centro. Me senté a esperar. El güero salió vestido con una minifalda, una blusa de tirantes y unos zapatos de doble plataforma. “¿Cómo se me ven?”, se palpó unos senos abultados. “Me operé antes de venir para acá, es parte de mi proyecto”. Se tambaleó un poco, hizo equilibrio planeando con las manos. “Es que todavía no me acostumbro”, dijo mirando sus tacones. Me pidió que lo lleváramos al centro de la ciudad. Se llamaba Marc y era el de Bélgica. Había llegado a Juárez “para explorar la violencia desde una perspectiva femenina”. “Ya que se operó se las hubiera puesto más grandes”, le dijo Goyo, socarrón. “¿No les parecen bien?”, preguntó con su marcado acento francés. Levanté los hombros sin decirle nada. Nos detuvimos frente a la Plaza de Armas porque Marc vio a un compañero. “Allá va Borja”, lo señaló. Entre la gente distinguimos a un hombre con una correa de perro al cuello llevado por una mujer mayor. “Pobrecillo, desde hace días puso anuncios en el periódico para alquilarse pero nadie lo llamó, tuvo que pagarle a esa señora que ahora lo trae paseando”, nos explicó Marc forcejeando con la manija para abrir la puerta, cuando bajó corrió a pasos cortos por la falda estrecha para alcanzar a su amigo. “Gracias”, gritó a lo lejos cuando ya nos daba la espalda.

“Estos gabachos están todos locos”, dijo Leti cuando le conté. Me alcanzó un billete de veinte para que le comprara un refresco y siguió jugando al solitario en la computadora. Yo estaba en exámenes finales de la carrera por lo que estudiaba en las horas muertas del servicio social, o sea, casi siempre. No tenía mucho tiempo para distraerme, aun así busqué en el clasificado el anuncio de Borja, supuse que era ése que decía: “Se alquila cuerpo como juguete o animal de compañía; 27 años, tez blanca, complexión delgada, 1.70 de estatura”. Lo recorté y lo guardé entre las hojas de mi cuaderno, luego traté de concentrarme en mis apuntes sobre autores del Siglo de Oro español.

Debo reconocer que una tarde, ganado por la curiosidad, después de un examen, me acerqué a la casa de los extranjeros. Iba a tocar cuando pasó la vecina: “Uy, joven, no están, hace días que no recalan por acá”. Miré el barrio y me sentí observado, me dio vergüenza insistir, por eso no regresé. “Otro día que me manden del instituto...”, me dije de camino a la parada de camión.

Pero lo cierto era que nadie se acordaba de los extranjeros hasta la mañana que la policía llamó al instituto de cultura. Leti entró al despacho del director y al poco éste salió apurado del edificio. Habían detenido a cuatro de ellos. Durante unas horas hubo silencio expectante en la oficina. Fue al mediodía que me acerqué al corro de empleados para escuchar la noticia en boca de la secretaria: “Al canadiense se le ocurrió dinamitar un terreno baldío de la Anapra, los agarraron antes de que volaran un maniquí que llevaba una guadaña. La policía pensó que eran de una secta satánica. Ya los dejaron libres”. La gente volvió a sus escritorios, como si nada. Esa semana estuvo movida. A los dos días hubo una redada en un bar y los agarraron con una bolsa de anfetaminas. Al siguiente se llevaron al belga de emergencia al hospital, le extrajeron los implantes debido a una infección. “Se puso a llorar, no quería que se los quitaran”, me contó Goyo, que le había tocado ir por él.

Ignoro si el plazo de la residencia de los artistas había terminado, o una llamada del director del instituto apresuró su estancia, el caso es que al lunes siguiente me mandaron a acompañarlos de regreso al aeropuerto. Subieron cuatro a la camioneta. “Falta uno”, dije, “¿y el vietnamita?”. “¿Cuál?”, preguntó Marc extrañado. Goyo arrancó. Durante el trayecto supe que el español se llevaba la correa con la que había sido paseado y un pedestal en el que simuló ser la Estatua de la Libertad en una tienda de artesanías mexicanas. El canadiense, luego de su intervención artística frustrada, hizo un video a partir de un comercial de pañales. El alemán pintó un cuadro que representaba a la ciudad a base de sangre, sudor y lágrimas, es decir, esos fueron sus materiales: “Técnica mixta”, explicó. El belga puso sus implantes de silicona en una cajita de cristal y se los llevó como equipaje de mano; en su otra maleta llevaba, como prueba de su estancia, avisos de búsqueda de mujeres desaparecidas que arrancó de algunos postes y ruteras. “No la chingue”, reculó Goyo, “esos volantes los pegan los familiares”.

No me costó mucho trabajo encontrar a esos extranjeros en internet. El Proyecto Juárez iba a exhibirse en un museo de arte contemporáneo de París. “Artistas en la frontera más peligrosa del mundo”, era el título de la nota del periódico digital. Le di al botón de imprimir. La guardaría con el resto de recortes, para la bitácora de actividades que coordina el instituto.

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Liliana Pedroza (Chihuahua, 1976) es narradora y ensayista. Licenciada en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Chihuahua con estudios de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid, ha obtenido la Mención de Honor del Concurso Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2007, el Premio Chihuahua de Literatura 2008 y el Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri 2009 . Ha sido incluida en las antologías La conciencia imprescindible (ensayos sobre Carlos Monsiváis), Nuestra aparente rendición, Los colores del recuerdo. Chihuahua, ríos de luz y tinta y El sol sobre los ojos. Ha publicado también en revistas culturales nacionales y extranjeras, y algunos de sus cuentos han sido traducidos al francés y al griego. Es autora del libro de ensayo Andamos huyendo, Elena (2007), y los libros de cuentos Vida en otra parte (2009) y Aquello que nos resta (2009).

Camposanto (fragmento)

Alfonso López Corral

No recuerdo si el timbre del teléfono me despertó de golpe, como si hubiese estado aguardándolo en duermevela, o si se presentó poco a poco, como acercándose cauteloso pero inminente hasta hacerme abrir los ojos. Lo cierto es que el ruido se confundió con la luz atenuada de la lámpara que mi madre había colocado sobre el buró de mi cuarto para no quedar a oscuras, porque le temía a la oscuridad, y acabó de despertarme metiéndose también en mis ojos y por unos momentos creí que los timbrazos insistentes que siguieron se debían a mis parpadeos. No acababa de comprender lo que sucedía. Aún no salía por completo del sueño. Abrí los ojos lo más que pude mientras deslizaba las palmas de las manos en la colcha buscando un asidero, porque sentía que en cualquier instante iba a caerme sin remedio del mundo. Entre el ruido que aún no discriminaba, poco a poco fui reconociendo las paredes desteñidas de la habitación, la puerta blanca de chapa dorada, el espejo rectangular que duplicaba mi cama y la cortina de la ventana, inquieta a causa del ventilador. En un instante supe el lugar donde me hallaba, que era yo y que seguía siendo de noche.

El ruido cesó, pero ya no era necesario que continuara. Había sido el timbre del teléfono, proveniente del cuarto de mi madre. El silencio duró poco, no porque reparara en los habituales nocturnos —un grillar, un ladrido, el motor de un carro alejándose por la calle—. Otro sonido, más desconcertante aún y que hizo que se me pusiera la piel de gallina, se presentó. Evité mirar hacia la ventana en un intento de rehuir la confirmación de mi miedo y quedé a la espera, con los sentidos casi desbordados, dispuestos a desbocarse con un minúsculo estímulo. No tenía caso cerrar los ojos, no conseguiría retomar mi sueño y, aunque no deseaba saberlo, descubriría lo que me atemorizaba. Pronto adquirió una forma específica. No era artificial sino humano. Y en otras circunstancias, con otra inflexión, representaba la calma en mi pecho. Era mi madre. Era el llanto de mi madre, soterrado para no despertarme; si bien se le había anticipado. Ahora creo que cuando conocí el llanto de mi madre, porque fue la primera y última vez que la oí llorar, la niñez se me fue de golpe. Indiferente, busqué la ventana, el hueco entre las cortinas que me mostrara el exterior. Como si siempre lo hubiera sabido, afuera no había nada. La oscuridad había dejado de ser una promesa.

Inmediatamente mi madre se asomó a mi cuarto y la vi y me vio. Su cara mojada por el llanto, que se apuró a limpiar con la manga de su bata porque quizás esperaba que yo todavía durmiera. Abrió la boca para decirme algo y enseguida la cerró, y aunque sus labios no pronunciaron palabra alguna, supe que se había referido a mi padre, que teníamos que marcharnos inmediatamente y que ya nunca íbamos a poder regresar a Navojoa. Entonces volví a recostarme con la intención de seguir durmiendo, como si nada importara después de enterarme que mi padre nunca más estaría conmigo, pero mi madre se apresuró a mi cama y me levantó en brazos aunque yo ya no era un infante, me sacó del cuarto y de la casa, me subió al carro donde mi Tata ya estaba al volante, esperando que mi madre cerrara la puerta con nosotros dentro para acelerar y tomar camino, sin saber que de los tres que huíamos nada más yo conseguiría pisar otra vez la casa, para intentar averiguar lo que esa noche nos había echado de la ciudad.


Alfonso López Corral (Navojoa, Sonora, 1979), estudió la licenciatura en Psicología en la Universidad de Sonora y la maestría en Ciencias Sociales en El Colegio de Sonora. Es autor del poemario Aire de Caín (Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal 2005) y del libro de cuentos La noche estaba afuera (publicado en 2010 por Editorial Tres Perros). En 2011 fue incluido en la antología Breve colección de relato porno (Editorial Shandy y Tres Perros). En 2012 obtuvo la beca del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sonora en la categoría de Jóvenes Creadores, en el rubro de Literatura. En 2013 el Fondo Editorial Tierra Adentro publicó Musiquito del talón, que obtuvo el Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2013.

Ornitología mutante

Imanol Caneyada

Hay fríos como el nuestro. De chamarra y bufadora. Tímidos en cierta forma, fanfarrones con los hijos del desierto, acostumbrados al escándalo de un sol inclemente. Fríos que duran unos meses y revolucionan el gallinero de los pueblos del norte.

Pero hay fríos que son una cuchillada, una agonía, un morder los huesos, un volver loco a quien los padece. Esos fríos nacen al norte del norte, en regiones limpias, de arquitecturas exactas, de jardines aburridos, de tiendas y más tiendas, de certidumbres. Con habitantes altos y blancos que hablan extraños idiomas, que saben siempre cuál es su misión en el mundo; cuyos dedos se lanzan a viajar por el atlas del librero de su casa con calefacción, y tocan puerto en el Caribe y aplastan sin darse cuenta el Istmo de Tehuantepec para hacer escala en Cancún.

Durante toda su vida, los habitantes de esas tierras odian secretamente el frío. No saben qué hacer con tanta casa y tan poca calle de nieve, hielo y nieve sucia, nieve marrón, nieve salada. A veces tienen hijos. Trabajan, siempre trabajan. Se enamoran cuando la tormenta lo permite. Encapsulan sus pasiones y se observan a kilómetros de distancia, sin tocarse por temor al contagio.

Cuando los supervivientes de estos fríos envejecen, sufren una mutación que aún nadie ha podido explicarse.

Se convierten en pájaros.

No son aves hermosas, no vayan a creer. No vuelan majestuosas a través del continente para llegar a esta frontera inservible —un recuerdo de perros y hombres olfateando a beaners apestosos—, a este tajo en medio de la nada, no. Son pajarracos vetustos, desplumados, desabridos. Pájaros tristes que arrastran pellejo y catéter, que luchan en vano por deshacerse del frío arraigado en sus huesos.

En noviembre comienzan a dejarse ver para regocijo de los folcloristas. Todo aquel habitante del desierto que un soldado en cada hijo le dio, toma un pedazo de lo que llamaban patria y lo mete en un sombrero charro, en unos huaraches, en un huipil, en un charango, en un tololoche. Y vámonos corriendo porque ahí vienen los snowbirds, ansiosos de exotismo caliente, pero sobre todo con oro, mucho oro.

Estos pájaros no llegan en parvada. Pareciera que en lugar de arribar, brotan de la tierra como un fruto decorativo de nuestro invierno. Cuando menos cuenta se da uno, ya están todos ahí reunidos en la plaza del pueblo, casi adormecidos, dejándose calentar por el flojo sol de noviembre. Un alcalde cualquiera les da la bienvenida con un inglés incomprensible, y les endilga todo el repertorio artístico que las escuelas han guardado desde un día de la madre de hace un siglo. Los pájaros aletean agónicos entre zapateado y zapateado mientras su piel cristalina comienza a enrojecer. Luego vienen los meses de vagar por las calles llenas de perros, llenas de indios, llenas de camisetas con lemas alusivos a ellos mismos. Y se cruzan con agoreros pájaros negros, agazapados en las dunas, a la espera de emprender vuelo hacia el norte del norte. A estos últimos les aguardan cazadores diestros, implacables.

Los pájaros de la nieve prefieren cerrar los ojos y pensar que así les gusta vivir a los aborígenes. Curious, curious!, graznan.

Y en cuanto el sol de abril muestra sus intenciones despiadadas, su asesina realidad, vemos remontar los cielos a los snowbirds, dejando un rastro de medicinas y consultas médicas, un putrefacto olor a plumas viejas.

Y a pesar de ser ésta tierra de cazadores, no sacamos los rifles. Infringir la prohibición se paga con la vida, y a fin de cuentas, hace tiempo que están muertos.

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Nacido en San Sebastián en 1968, Imanol Caneyada radica desde hace 24 años en México, donde ha desarrollado su trabajo periodístico y literario. Ha colaborado en diferentes publicaciones como Replicante, Revista La Otra, Shandy, Laberinto y Pez Banana. Con su libro de cuentos La nariz roja de Stalin obtuvo el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández en 2011. También ha publicado el libro de cuentos La ciudad antes del alba y las novelas Un camello en el ojo de la aguja, Tardarás un rato en morir, Espectáculo para avestruces y Las paredes desnudas.