Antígona en Ayotzinapa

Semáforo.
Imágenes de los desaparecidos en Ayotzinapa.
Imágenes de los desaparecidos en Ayotzinapa. (Reuters)

Ciudad de México

Mis alumnos, en dos universidades distintas, leyeron la Antígona de Sófocles: la hija de Edipo que viola la ley de Tebas (que prohibía cualquier forma de simpatía para con los enemigos) y da sepultura al cadáver de su hermano Polinice, que había atacado la ciudad y muerto en la fallida invasión. Creonte, tío de ambos, confronta a Antígona: quien viola la ley merece el castigo establecido. Antígona invoca leyes anteriores a la ciudad, primigenias y de orden divino, y arguye que deben ser obedecidas incluso contra la orden expresa. Antígona es condenada a morir.

La lectura primera suele dejar una supuesta claridad mental y moral en los jóvenes universitarios. Reflexionan, por ejemplo, sobre la existencia de leyes injustas —punto fundamental del pensamiento tanto ético como político—, sobre el horror de permitir que un gobierno imponga su poder por encima de los vínculos entre las personas y en lo admirable que resulta el acto valiente de Antígona: hacer lo que se debe, incluso si resulta en contra de mi comodidad, o hasta mi supervivencia.

Los jóvenes están tomados por una admirable intransigencia moral. Los conmueve el heroísmo de la congruencia individual, la fuerza dramática de existir oponiéndose al embate del mal... los mueve más la valentía (o la idea de la valentía) que la conveniencia o la comodidad. Quieren respuestas y quieren que esas respuestas se hagan acto. Se identifican con Antígona. Son generosos y valientes, pero también intransigentes y, según averiguamos, ingenuos —y de modo conmovedor: ingenuos respecto de sí mismos.

Sin adelantar mis aviesas intenciones, inicié la clase con una pregunta: después de lo sucedido en Ayotzinapa, la matanza absurda de los muchachos normalistas, los alumnos debían imaginariamente decidir qué hacer. ¿Qué es más importante y primero, atender a las familias y los deudos, darles lugar y reconocimiento, o restablecer el orden público y la paz social? Casi todos respondieron que lo más importante era restablecer el orden y la paz. Solo hubo un par de excepciones (curiosamente de estudiantes de literatura, no de filosofía), e incluso estos dos terminaron por claudicar ante la andanada argumental de la mayoría. Cuando cayeron en cuenta de que habían elegido el lugar de Creonte, buscaron cualquier argucia para zafarse o justificarse. Se enojaron mucho. Qué bueno: descubrir que el sabor del mal no nos viene de fuera sino de la propia boca. Y no se quita ni con Sófocles ni con chicles.

Ayotzinapa es también un emblema de cómo están las cosas. No es solo un caso. Debe resolverse, pero que se resuelva judicialmente no significa que se resuelva ni en la justicia ni en la moral. Como maestro, hice trampa: pregunté qué debe hacerse; hubiera sido mejor (porque aviva la imaginación, que es el músculo moral) preguntarles cómo pensar el asunto y cómo hablar, narrar, representar los hechos. Por eso, recomiendo vivamente, en YouTube, el diálogo entre dos gigantes: “Le mythe d’Antigone: Pierre Boutang et George Steiner”