Anestesia colectiva

Vienen a la mente frases como la de Adorno: después de Auschwitz escribir poesía es un acto de barbarie.
Todo lo que se diga parece un insulto.
Todo lo que se diga parece un insulto. (Héctor Téllez)

México

Ninguna persona a quien no le hayan levantado a un ser querido, para tener que esperar días sin ninguna noticia más que rumores y suposiciones cada vez más escabrosas hasta, por fin, quizá, desembocar en que el fin de ese ser querido fue ser golpeado, probablemente torturado, asesinado, incinerado, hecho pedacitos, metido en bolsas de basura y arrojado a un río para no dejar rastro (si esta narrativa es un montaje oficial, ¿podría la verdadera ser más horripilante?), repito, nadie puede siquiera empezar a imaginar lo que puede experimentar alguien que tenga que pasar por eso. Si quienes no tenemos ninguna implicación directa experimentamos todo tipo de sensaciones que van de la náusea a la rabia a la incredulidad a la impotencia a la desazón y a un interminable etcétera, aquellos que lo sufren en persona —incluidos los 43 que transitaron por el infierno antes de ya no padecer más— deben de incubar un odio y un rencor contra todo y contra todos que difícilmente alguna investigación, condena o pésame oficial podrá jamás mitigar.

Vienen a la mente frases como la de Adorno: después de Auschwitz escribir poesía es un acto de barbarie. En sentido estricto, todo lo que se diga sobre el tema parecería un insulto a lo sucedido. Pero hay de insultos a insultos. Está el insulto de ver cómo un partido político se desmiembra entre acusaciones y deslindes y fotos y apoyos que en realidad nunca lo fueron, como si no hubiera límite inferior a las bajezas que se pueden cometer con tal de sacar un poco de ventaja política. Está también el insulto de las más de treinta fosas aparecidas que palidecen en importancia por no ser la fosa. Está el insultante mecanismo del chivo expiatorio, consistente en pensar que se trata de un suceso aislado, achacable solamente a una pareja de siniestros hamponcetes sanguinarios, y no la consecuencia de un sistema podrido que por definición estructural condena a miles de jóvenes como los ejecutados a muertes-en-vida en lo que llega la muerte-en-muerte. Está el insulto proferido por los ciudadanos responsables que se quejan porque perdieron tres horas en el tráfico debido a una marcha que ni soluciona nada. Y está también el insulto de las frases huecas oficiales sobre hacer justicia, descargar el peso de la ley y demás muletillas insulsas. Si la quema de una estación de metrobús nos parece excesiva, pensemos tan solo un momento: ¿qué pasaría si la suerte de estos 43 estudiantes la corrieran los hijos de potentados empresariales o políticos, que a estas alturas y ya para el caso son exactamente lo mismo?