André Agassi: odiar el tenis

Tras el éxito de su autobiografía en EU, el tenista publica la versión en castellano titulada Open. Memorias, donde revela la tortura que sufrió al ser obligado por su padre a ser “el mejor jugador”.
El tenista André Agassi.
El tenista André Agassi. (Getty Images)

Ciudad de México

“Odio el tenis, lo odio con una oscura y secreta pasión, lo he odiado siempre”. Quien así habla es André Agassi, campeonísimo del tenis, ya en las primeras líneas de su autobiografía, Open. Memorias (Duomo Editores, España 2014).

El tema del odio al deporte que le dio gloria y fortuna —y hasta el amor en la persona de Steffi Graff, otra campeonísima del “deporte blanco”—, se repite a lo largo de estas páginas: “Odio el tenis, lo detesto con todo mi corazón, y sin embargo sigo jugando, todas las mañanas y todas las tardes, porque no tengo alternativa”, lamenta André unas páginas más adelante. Agassi se recuerda como “un niño rubio que odiaba el tenis”: “Pasé mi niñez en una cámara de aislamiento, mi adolescencia en una cámara de tortura”. Empujado por el padre, cayó muy pronto en el terrible torbellino del tenis profesional y nunca pudo escapar de su fuerza centrífuga, por más que lo intentó.

Hoy, al momento de empezar su memoria —estamos en septiembre de 2006, durante la segunda ronda del Abierto de Estados Unidos, el último que jugaría— Agassi se mira al espejo del salón de baño de su lujoso hotel neoyorquino, con todo el cuerpo adolorido: “Un hombre calvo de 36 años que todavía odia el tenis y todavía lo sigue jugando”. “Y ese abismo, esa contradicción entre lo que quiero hacer y lo que he hecho, es la esencia de mi vida”, confiesa el ganador de ocho títulos de Grand Slam.

Él hubiera querido ser como los otros niños de Las Vegas, donde nació en 1970, pero tuvo como padre a Mike Agassi, un inmigrante iraní de origen armenio (y boxeador en su juventud, para más datos), dispuesto a todo, hasta a sacrificar la vida de un hijo, con tal de cumplir “el sueño americano”.

Se le metió a la cabeza que André, el menor de sus cuatro hijos, sería campeón de tenis, y actuó en consecuencia. Compró una propiedad en las afueras de Las Vegas, donde el terreno era más barato, para que en el patio trasero cupiera una cancha de tenis. No importaba que cada día tuviera que manejar más de una hora hasta el trabajo en el casino: André iba a ser tenista o iba a ser tenista.

Cuando aún era un bebé, de la cuna de André colgaba un móvil hecho con pelotas de tenis. Y cuando el pequeño cogió la raqueta, a los cinco años, Mike le puso enfrente una máquina que escupía pelotas a una velocidad de 110 millas por hora (“el dragón”, la llamaba el pequeño André). Su lógica: si le pegas a un millón de pelotas al año, a un promedio de dos mil 500 por día, nadie podrá ganarte. Y en efecto…

A los ocho años, André había desarrollado esa increíble devolución de servicio con la que machacó a tantos adversarios. Y Mike Agassi supo entonces que su hijo sería campeón de tenis…

Y lo fue, claro: número uno mundial, de los poquísimos que han completado el Grand Slam (la conquista de los cuatro grandes torneos) ¡Pero a qué precio! El adulto Agassi siempre llevará consigo a aquel niño enfrentado al “dragón” paterno; un niño con traumas y pesadillas de ese padre violento que cargaba una pistola en la guantera del coche, que amenaza con un hacha a otros conductores, que en la cancha le insistía a gritos que debe pegarle a la pelota antes, más pronto, más rápido, más fuerte.

Mike Agassi o el primero de los llamados “tenis dads”, los padres obsesionados a veces hasta la violencia con las carreras de los hijos tenistas. Después vendrían el de Mary Pierce, el de las hermanas Williams, el de Marion Bartoli y Bernard Tomic, pero sin duda quien se lleva las palmas es el señor Agassi (se le puede ver en You Tube, presentando su propio libro The Agassi Story)

Se puede concluir que el también campeón olímpico (porque además ganó la medalla de oro en las Olimpiadas de Atlanta de 1996) odia el tenis porque odia a su padre, y que una buena parte de su vida fue encontrar a un padre sustituto que llenara ese vacío existencial.

Así desfilan por estas páginas Nick Bolletieri, el famoso maestro de la renombrada academia de tenis en Florida; Gil Reyes, el preparador físico de la universidad de Las Vegas; Brad Gilbert, ex número cuatro mundial y entrenador personal.

Se puede concluir también que esta infancia tan particular formó esa personalidad rebelde, engreída y caprichosa que caracterizó al Agassi tenista, pero que en el fondo ocultaba las fisuras de una tremenda inseguridad.

Con este complejo cuadro sicológico, al que hay que añadir el trauma por la calvicie, que lo llevó a usar pelucas, André recuerda sus brillantes años de deportista, su rivalidad histórica con su compatriota Peter Sampras y con el alemán Boris Becker, la llegada al circuito de dos monstruos como el suizo Federer y el español Nadal.

Recuerda también el cuento de hadas, que acaba hecho añicos, con la actriz Brooke Shields en el papel de princesa, y el difícil divorcio consecuente.

André hace su striptease emocional y nos cuenta casi todo (con la invaluable ayuda de su “redactor fantasma”, el premio Pulitzer J. R. Moehringer): los éxitos y las derrotas, los millones de dólares que no salvan de la depresión, el consumo de metanfetaminas, la caída al abismo del número 141 del rankin mundial, los dolores insoportables en todo el cuerpo y la aguja de 18 centímetros para calmarlos, el llanto tras la derrota en la tercera ronda del Abierto de Estados Unidos 2006 ante el jovencito alemán Benjamín Becker, en el que sería su partido de despedida, ante un público entregado, que lloraba con él y lo ovacionaba durante largos, largos minutos: André se retiraba, pero entraba en la leyenda del deporte más solitario y más hermoso…

Al final llega la luz y estabilidad en la figura de Steffi Graff, la mejor tenista de siempre, su salvadora, su esposa desde octubre de 2001, la madre de sus hijas, Jaden Gil, nacida una semana después del matrimonio, y Jaz Elle (2003).

Ellas no serán tenistas, dice André, como para demostrar que él no se parece a su padre.