[Ambos mundos] El Proust de Noruega

El propio Knausgard denominó su obra global Mi lucha, de la cual se han publicado en español los dos primeros tomos, La muerte del padre y la muy reciente Un hombre enamorado.
Gamboa
(Cortesía)

Ciudad de México

Fue el escritor y crítico argentino Alberto Manguel el primero en comparar con Proust la obra del novelista noruego Karl Ove Knausgard (1968). Y como suele suceder con Manguel, es un absoluto acierto, pues si bien podemos ver en Proust el origen de eso que hoy se suele llamar “autoficción” —El olvido que seremos de Héctor Abad, Tiempo de vida de Marcos Giralt Torrente, El cuerpo en que nací de Guadalupe Nettel—, es poco frecuente un empeño tan claramente proustiano como el de Knausgard, el cual consiste ya no solo en aislar un episodio y narrarlo, sino en trasponer a la escritura la totalidad de la vida para verla al trasluz, darle vuelta y analizarla, interrogarla con las armas de la literatura y, en particular, de la novela. El propio Knausgard denominó su obra global Mi lucha, título obviamente provocador, de la cual se han publicado en español los dos primeros tomos, La muerte del padre y la muy reciente Un hombre enamorado.

En el primer tomo Knausgard narra su adolescencia al lado de su padre alcohólico, hasta el momento de su muerte. En este segundo volumen narra el momento de su traslado a Estocolmo, ciudad en la que se encuentra con Linda, joven poeta y actriz sueca de la que ya estuvo enamorado en su adolescencia, y con la cual acabará teniendo una relación de amor, primero, y luego una gran familia. La novela narra en detalle los avatares y la aparente predestinación de este encuentro y cada una de las capas sutiles del enamoramiento, el deseo irracional de estar con una persona específica y no otra, pero también la relación de Suecia, el país organizado y racional, con Noruega, que parece más salvaje a través de las opiniones de los noruegos que viven en Estocolmo y que a pesar de estar en un lugar que les ofrece más oportunidades, se sienten en él un poco prisioneros, en una camisa de fuerza vital, un poco como los latinoamericanos que se iban a vivir a París en los años ochenta.

Knausgard es, ante todo, un gran escritor, y por eso todo lo que cuenta es interesante, incluso el acto cotidiano de empujar el coche de su hija para llevarla a la guardería. Pero más allá de eso está el análisis de sus propios sentimientos, su relación con el alcohol, heredada de su padre, sus ideas sobre la literatura que en algún momento son comparadas con las de Hamsun y tildadas de “reaccionarias” (por un amigo suyo), y sus elucubraciones sobre eso que él llama la “escritura de lo que es verdad” en contra de la pura ficción, que, casi a manera de ensayo, se engastan en medio de los episodios de su vida. Una vida, por cierto, vista con ojos despiadados, pues la presenta de un modo brutal y se pinta a sí mismo como alguien intolerante, contradictorio, incluso violento. La dureza del autorretrato recuerda a Nabokov en Habla, memoria y Risa en la oscuridad, pues como él, Knausgard se despelleja e interroga con violencia, a través de un despiadado foco. Tal vez el único modo verdaderamente literario de hablar de sí mismo.