[Ambos mundos] La Roma de La gran belleza

Los protagonistas son náufragos de los años sesenta que buscan revivir un pasado glorioso, pero lo hacen en forma de parodia.
Gamboa
(Cortesía)

Ciudad de México

¿Qué es lo que le pasa al japonés que cae al suelo, al lado de la fuente del Agua Paola del Gianicolo, mientras observa la panorámica de Roma, al principio del filme La gran belleza, de Paolo Sorrentino? No se da ninguna explicación, pero podría ser ese síncope que produce la excesiva contemplación de lo bello y que se conoce con el nombre de Síndrome de Stendhal. Fue Stendhal quien primero describió este malestar que incluye pérdida de equilibrio y desmayo. Son los peligros de la belleza, de la gran belleza de Italia. De inmediato un corte del filme nos lleva a una fiesta en una terraza romana desde la cual se ve, al fondo, el viejo anuncio iluminado de Martini, lo que indica que estamos alrededor de la muy elegante via Veneto, cerca del hotel Excelsior y de algunos de los bares y restaurantes romanos de más alcurnia. La de la película es una fiesta con stripper en la que la concurrencia se mueve al ritmo de “Far l’amore” de Rafaella Carrà y “Mueve la colita” de El Gato, y es ahí, en esa terraza, en esa fiesta frívola y esplendorosa, en la que empezamos a conocer a los personajes del filme, esa variopinta y ociosa fauna, pero sobre todo a dos de sus principales protagonistas: el escritor Jep Gambardella y la Roma nocturna.

Ese gran personaje que es Roma de noche, o la noche romana y su lento desplazarse hacia el alba pero vista desde elegantes terrazas o a lo largo de solitarias caminatas, con esa opaca luz del alumbrado público que es casi un estado de ánimo y que tiene que ver con que, en Roma, las lámparas cuelgan de un cable al centro de la calle y por lo tanto la luz que llega a las aceras es un foco tenue que resalta el carácter inmemorial de la ciudad, tanto en las callejuelas del abigarrado Trastevere como en calles más grandes como la via Merulana.

¿Cuál es el tema central de La gran belleza? Se lo pregunté hace poco al novelista Giancarlo De Cataldo, residente en Roma desde hace varias décadas. “Es el declive de Italia, un sentido de derrota inminente que prevalece en todas las escenas; Sorrentino narra un país envejecido, cansado, que vive de memorias ya consumadas y de un presente fútil. Los protagonistas son náufragos de los años sesenta que buscan revivir un pasado glorioso, pero lo hacen en forma de parodia. El vitalismo es la solución contra la angustia de la muerte. A todo esto hace de contrapeso la eterna e incontaminada belleza de Roma”.

Para De Cataldo, “Jep Gambardella es el emblema de todos nosotros, y la actriz Sabrina Ferilli la metáfora de la eternidad (también moribunda) de la sensualidad romana”, y agrega, “pero al que encuentro extraordinario es a Sebastiano el poeta, el más grande poeta vivo, el que no habla nunca”. Antes de despedirme le pregunto, ¿y cuál es para ti la parte de Roma que se ve más bella en el filme? “La noche con sus luces reflejadas en el Tíber. Esto hay que verlo al menos una vez para saborear su encanto y no olvidarlo nunca”.

Una ciudad y una película.