El oficio de escribir

Algunos piensan que quien presenta un libro al año solo puede estar respondiendo a lo que llaman “presiones editoriales”. Otros dicen: “Sospecho de quien escribe más de un libro cada cinco años”
Los libros están agrupados en distintas categorías: filosofía; ocultismo y esoterismo; novela histórica, poesía, literatura fantástica y ciencia ficción.
Los libros están agrupados en distintas categorías: filosofía; ocultismo y esoterismo; novela histórica, poesía, literatura fantástica y ciencia ficción. (Cortesía MAM)

Ciudad de México

No sé si exista alguna otra actividad humana sobre la cual la gente que no la practica legisle tanto y tenga tantas ideas y opiniones como con la escritura. Por supuesto me refiero a la escritura literaria. Pensé esto el otro día, leyendo una entrevista a mi colega Jorge Franco. Le preguntaban por el tiempo que pasaba entre un libro y otro, y el por qué de ese tiempo, pero más que curiosidad se le pedía una justificación.

Jorge respondió educadamente e incluso con humor, pero me quedé pensando en esas aseveraciones que uno escucha tan a menudo sobre el oficio de escribir, por lo general transformadas en preguntas. ¿Por qué publica tanto? ¿Por qué publica tan poco? Algunos piensan que quien presenta un libro al año solo puede estar respondiendo a lo que llaman “presiones editoriales”. Otros dicen: “Sospecho de quien escribe más de un libro cada cinco años”. Lo curioso es que, quienes esto afirman, por lo general no han escrito libro alguno, ni cada cinco ni cada diez. Nunca.

¿De dónde les viene, entonces, tal claridad y concisión al respecto? ¿Saben ellos que una autora como Marguerite Duras publicó 50 libros en 52 años de vida literaria? ¿O que Rulfo publicó solo dos y que Italo Svevo publicó el primero a los 65 años? ¿Saben que un genio como Anthony Burgess publicaba dos libros por año, y que otro genio como James Joyce tan solo uno cada diez? Dudo que sepan estas cosas, pues de saberlas comprenderían que cada escritor tiene su ritmo, y por lo tanto fijarse en eso es completamente irrelevante, por no decir tonto.

Lo mismo ocurre con las vidas en general. ¿Por qué trabaja en esto o aquéllo? ¿por qué vive fuera del país? Muchos creen que el estilo de vida del escritor que admiran es el modo en que deberían vivir todos los demás escritores. Y de nuevo los juicios y la manía legislativa: “El verdadero escritor es el que nunca va a un cóctel”, o “el que no va a congresos ni a festivales”, o “el que jamás da entrevistas”, o “el que vive alejado de todo”, juzgando al autor no por cómo escribe sino todo lo contrario: por lo que hace en su tiempo libre. Esto lo conozco bien, pues así pensaba yo de joven. El escritor marginal, incomprendido y con algún tipo de enfermedad psiquiátrica o vicio compulsivo era el más atractivo. Pero luego uno veía a otros grandes autores, por ejemplo a Vargas Llosa o a Saramago, personas refinadas y pulcras, y entraba en absurdas contradicciones: ¿no sería mejor si fueran zarrapastrosos y alcohólicos como Carver, Bukowski o Dylan Thomas? La única verdad es que cada escritor está solo y, de algún modo, es el primer escritor. Cada uno inventa la literatura desde cero y para eso necesita tranquilidad; sobre todo no ser juzgado por la velocidad de sus dedos y mucho menos por sus hábitos o debilidades. Su vida solo debería interesarnos a posteriori, después del libro. E incluso sería mejor si ese interés es póstumo.