[Ambos mundos] Adolescentes, ciudades y libros

Este yo adolescente, nos dice Richard Sennett, está ávido de pureza y de coherencia. 
[Ambos mundos] Adolescentes, ciudades y libros
(Cortesía)

Un joven se hace preguntas mirando por la ventana: ¿qué hay más allá de esa avenida? Ya siente correr por su espíritu el llamado de esa extraña selva que lo espera, la ciudad, y que supone un lento y progresivo alejamiento del YO para fundirse en un cómodo NOSOTROS urbano: ahí donde el peso de la fenomenología recae sobre un ser colectivo. Es el deseo de convertirse en “el hombre de la multitud”, de Poe. O de ser otro.

“Nieva y todos en la ciudad/ quisieran cambiar de nombre”, dice el poeta Jorge Teiller.

Este yo adolescente, nos dice Richard Sennett, está ávido de pureza y de coherencia. Ha alcanzado el potencial completo de sus facultades físicas, pero carece de una experiencia propia que le permita incorporar las contradicciones del mundo, y por lo tanto se aferra a lo teórico y a una proyección de sí mismo hacia el futuro, que es la expresión de su deseo de pureza. La intransigencia adolescente es prueba de esta necesidad, que le permite ordenar y comprender experiencias de las que tiene noticia pero que aún no ha vivido, pues es a partir de ellas que proyecta su vida; por eso todo debe ajustarse a esos ideales de pureza y coherencia en los que él se siente seguro y, de algún modo, protegido. Todo lo que pervierta la pureza es rechazado. Es el joven Holden caminando por Nueva York en El guardián entre el centeno, intentando hacerse grande, pero en el fondo asqueado de la vida adulta, y por eso su sueño es quedarse en un campo de centeno protegiendo del precipicio a los niños que juegan. Salir de la adolescencia supone una traición. Es también Rimbaud huyendo de Francia y de Europa. Son los jóvenes poetas de Bolaño en Los detectives salvajes, intransigentes y puros. El guardián de Bolaño es la poetisa uruguaya de Amuleto: “Yo soy la madre de todos los poetas jóvenes de México”. Salir de esa coherencia adolescente, crecer, traicionar ideales, es salir a la intemperie y acercarse a la tragedia. Dice Bolaño: “ese cielo que yo conocía tan bien, ese cielo revuelto e inalcanzable como una marmita azteca bajo el cual yo me movía feliz de la vida, con todos los poetas de México y con Arturito Belano que tenía diecisiete años, dieciocho años, y que iba creciendo mientras yo lo miraba. ¡Todos iban creciendo en la intemperie mexicana, en la intemperie latinoamericana, que es la intemperie más grande porque es la más escindida y la más desesperada”.

La edad adulta, con sus dolores y contradicciones, está ahí, en el alta mar de la ciudad, esperando por ellos, que acaban de dejar atrás la infancia con unas coordenadas y un bagaje vital que les será útil para otras cosas, pero no para su necesaria e inmediata inmersión en la urbe. Esa ciudad contaminada, incoherente, anárquica, caótica frente a la cual choca su intransigencia de adolescentes teóricos y puros. Porque ser adulto es justamente eso: aceptar la contradicción, la diferencia, la otredad, sin que la propia identidad se vea amenazada.