Amanuense de Arreola

El Santo Oficio.
José Emilio Pacheco
José Emilio Pacheco (Archivo)

Ciudad de México

En estos días tristes para la poesía, el desgonzado monje apenas tiene aliento para abrir el cajón y buscar entre sus papeles algunos párrafos dedicados a quien Sergio Pitol llamó “el polígrafo perfecto”. Dicen así:

¿Quién es José Emilio Pacheco?

La pregunta procura el insomnio de los cofrades. Cada uno de ellos tiene una respuesta, pero ninguna despeja la incógnita; al contrario, la vuelve más grande, más profunda.

Para conjurarla no basta con conocer la obra y los alcances de José Emilio como poeta, narrador, ensayista o divulgador de noticias literarias. No. Eso no es suficiente para desvelar la personalidad de alguien como él, de quien se dicen tantas cosas.

Se habla, por ejemplo, de un hombre tímido, reticente a las entrevistas, temeroso de las multitudes, modesto y generoso; de un vecino de la colonia Condesa, amante de la Ciudad de México y de su historia, negado para el automóvil y otras servidumbres de la vida moderna; de un escritor empecinado en corregir sus textos una y otra vez. (“Escribir —dice Pacheco— es el cuento de nunca acabar y la tarea de Sísifo. Paul Valéry acertó: No hay obras acabadas, solo obras abandonadas. Reescribir es negarse a capitular ante la avasalladora imperfección”.)

Se habla también de un lector obsesivo, poseedor de una extraordinaria biblioteca; de los prodigios de su memoria; de su erudición; de su pasmosa capacidad para estar enterado de todo cuanto acontece en la llamada República de las Letras; del coleccionista de estampas de luchadores; del amigo leal; del hombre celoso de su intimidad y orgulloso de su familia.

Con todo, la duda permanece: ¿quién es José Emilio Pacheco?, ¿quién es ese poeta de incesantes asombros?

Por fortuna, el propio José Emilio resuelve parcialmente la interrogación cuando en el prólogo de Gunther Stapenhorst, de Juan José Arreola, cuenta cómo el 8 de diciembre de 1958, a las nueve la mañana, se presentó en el departamento de Arreola en la colonia Cuauhtémoc para obligarlo a escribir; éste había recibido de la UNAM un adelanto por un libro postergado una y otra vez mientras el último plazo de entrega se acercaba peligrosamente.

“…hice que Arreola se arrojara en su catre —recuerda el poeta—, me senté a la mesa de pino, saqué papel, pluma y tintero y le dije: —No hay más remedio. Me dicta o me dicta… Arreola se tumbó de espaldas en el catre, se tapó los ojos con la almohada y me preguntó: —¿Por cuál empiezo?... Dije lo primero que se me ocurrió: —Por la cebra… Entonces, como si estuviera leyendo un texto invisible, el Bestiario empezó a fluir de sus labios”.

El 14 de diciembre el libro estaba terminado. “Gracias a esos días febriles de 1958 —afirma Pacheco— siento que mi paso por la tierra quedó justificado. Cuando entre al infierno y los demonios me pregunten: —¿Y usted, qué fue en la vida?, podré responderles con orgullo: —Amanuense de Arreola”.

Queridos cinco lectores, enlutado, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.