Altar de muertos, reflejo de la diversidad mexicana

Una forma de entender el fin de la vida, como sucede con las ofrendas que se levantan en la comunidad de Huaquechula, en Puebla.
Llega a tener cuatro metros de altura, dividido en varios niveles.
Llega a tener cuatro metros de altura, dividido en varios niveles. (Especial)

México

Hace ya más de una década, en 2003, la festividad indígena del Día de Muertos en México fue proclamada por la Unesco como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, lo cual ha permitido la revaloración de una serie de ofrendas como el principal reflejo de una celebración presente en todos los rincones del país.

La misma declaratoria, sin embargo, enfatizaba la parte indígena de la festividad, mas en los últimos años han tenido nuevo impulso una serie de manifestaciones mestizas, que contribuye al enriquecimiento de una forma de entender el fin de la vida, como sucede con los altares que se levantan en la comunidad de Huaquechula, en Puebla.

Se trata de una ofrenda-altar que alcanza a llegar a los cuatro metros de altura, dividido en niveles; en todas las casas se elaboran estructuras adornadas con cortinas y tapizadas con el terciopelo que suele recubrir los ataúdes, donde la circunstancia conceptual de los tres niveles que suelen tener las ofrendas, como el cielo, la tierra y el inframundo es diferente, explica Amparo Rincón Pérez, jefa de colecciones del Museo Nacional de Culturas Populares (MNCP).

"El primer nivel está dedicado a todos los muertos del año, a los recientes, por eso se llama ofrenda nueva; en el segundo nivel están todos los que ya casi llegan a la gloria de Dios, los muertos que ya tienen más de un año, y en el último están todos los muertos que ya están en gloria de Dios, donde encontramos a unos ángeles."

Entre las características del altar de Huaquechula está la presencia de los ángeles llorones, el único espacio donde se les ve, porque aún está reciente el duelo, "incluso son artesanías particulares de Puebla, a los que se suman los incensarios, que se hacen únicamente para estas fechas".

"El espejo es otro elemento muy simbólico, donde se refleja la fotografía del muerto, que no se muestra de manera directa, sólo a través del espejo como metáfora del reflejo del alma", explica la promotora cultural, quien cuenta que los mismos habitantes de Huaquechula, ubicada a unos 45 kilómetros de Pueblas, se encargan de mostrar los lugares donde se han colocado los altares más recientes.

Un grupo de ofrendas

El altar de Huaquechula forma parte de un grupo de ofrendas que se encuentran en el MNCP, provenientes de Celaya, Guanajuato; Santa María Tavehua, Oaxaca; Mixquic, en la delegación Tláhuac de la Ciudad de México; Comalcalco, Tabasco; Angahuan, Michoacán, y de la Huasteca, Veracruz.

La característica principal de la ofrenda de Celaya, por ejemplo, es el trabajo con la cartonería, por lo tanto tiene una serie de figuras realizadas con esa técnica artesanal, sin hacer a un lado los elementos simbólicos que deben conformar una ofrenda de Día de Muertos; la proveniente de Oaxaca se distingue por la forma del arco y el tapete para recibir a los muertos, elaborados con cañas, además de la parte culinaria, en donde se ofrece el mole, las tlayudas, el pescado seco o las frutas locales.

Mientras la de Mixquic cuenta con el farolito —especial para las fechas— hecho con papel, el rosario de tecojocotes o el pan de muerto que hace referencia al antiguo tzompantli; el de la huasteca veracruzana se distingue por el zacahuil, el tradicional tamal, mientras en la michoacana es costumbre que los familiares tengan lista una muda de ropa de la persona que se murió, a fin de que pueda regresar limpia y estrenando al otro mundo.

La ofrenda tabasqueña viene de la zona de la Chontalpa, donde se le pone un cojín para que la persona, sobre todo si es mayor, descanse y pueda recuperar fuerzas para su retorno. Los altares, que van a permanecer hasta el 6 de noviembre en el MNCP (avenida Hidalgo 289, en Coyoacán), son reflejo de la riqueza cultural de México, amplia y diversa, en palabras de Amparo Rincón Pérez.