[Cuento] Almas blancas

Antonio Ortuño (México, 1976), su más reciente libro es La fila india.
Almas blancas
(Especial)

Ciudad de México

El gato llegó un viernes. Había brotado de la penumbra en un callejón y, como una pantera enana, siguió a mi hermano lejos de la zona de los bares enroscándose en sus tobillos, improvisando cabriolas. Subió con él a un taxi y, una vez atravesada la ciudad, examinó el umbral de la casa y se instaló en la sala como un rey llegado de Oriente. Era gris plomo, con morro y vientre blancos. Su pelaje lucía considerablemente limpio para provenir de las azoteas.

Éramos, sus anfitriones, un clan de empleados de baja estofa: mi madre respondía teléfonos en una agencia de viajes; mi hermano atendía la sección de caballeros de una tienda departamental; mi hermana cobraba en el mostrador de unos abarrotes sin relevancia y yo, el peor de todos, me pudría sin salario fijo en esos mismos abarrotes, mendigando propinas de las mujeres que necesitaban ayuda para cargar sus bultos.

El gato era nuestro único lujo. No teníamos televisor y sabíamos que nuestra madre ambicionaba uno desde hacía años, porque el último que poseímos tuvo a bien fundirse en medio de un apagón. Acordamos regalarle uno nuevo en Navidad. Mi hermano nos obligó a prometer que cada cual aportaría un tercio del precio del cachivache seleccionado, el más barato de los disponibles en la tienda que lo empleaba.

Pasaron las semanas. El frasco de mayonesa en el que tendríamos que depositar los ahorros seguía vacío. Mis ganancias se iban en comida y arena de gato y alguna ocasional cocacola. Las de mi hermano, considerablemente mayores, se concentraban en sufragar sus visitas a bares y en invitarles cervezas a chicas desdeñosas que nunca aceptaban más de dos. Mi hermana aseguraba que ella no aportaría su parte sino el día de la compra porque no confiaba en nuestra honradez. Hacía bien.

El fin de semana en que mi madre coordinó la colocación de las decoraciones navideñas nos sorprendió sin capital alguno. El día se acercaba y nuestra meta parecía inalcanzable. Solo quedaba improvisar.

Cada jueves debía subir a un quinto piso las bolsas de verdura de la señora Mendiola, una dama de mediana edad, soltera y devota, con la casa rebosante de imágenes de santos y vírgenes y manchada por la cera de trescientos cirios derretidos en su honor. Otro que se derretía era yo, que por motivos arcanos tenía a la mujer por sex symbol personal y temblaba cada vez que subía los cincuenta y tantos escalones que conducían a su departamento. El deseo siempre contiene un hilillo de delito. Como ella se limitaba a darme una sonrisa fría y una moneda cada vez, una tarde de jueves me deslicé a su comedor. Abrí con una ganzúa el candado de la caja metálica en que resguardaba las limosnas de la congregación para el santo patrono del barrio y me eché al bolsillo los billetes que contenía.

Mis hermanos esperaban con el gesto despectivo de quien sabe que va a ser decepcionado. Enmudecieron cuando saqué los billetes y se los arrojé a las fauces. Se mostraron incrédulos cuando aseguré que eran fruto de mis propinas. Hacían bien. Terminé, bajo una lluvia de preguntas, por reconocer el hurto. El gato festejó la confesión con un maullido escalofriante.

Impulsados por la vesania del animal, ellos se apuraron a reconocer sus propias maniobras oscuras. Mi hermana había desviado cambios en la tienda durante semanas hasta reunir la cantidad prometida; entretanto, nuestro hermano escaqueó de la bodega de su trabajo varios pantalones sin etiquetar y los revendió. Compramos el televisor ese mismo domingo y esperamos la Navidad con la dicha que da la fraternidad criminal.

La cena de Nochebuena comenzó con buenos augurios. Mi madre cocinó pescado y accedió a compartir la botella de ron que obtuvo en una rifa de la agencia. En medio de la euforia, se perdió al fondo de la casa. Volvió con una caja pequeña, inconfundible. Era un televisor, el más barato del mercado. Lo había comprado para nosotros, dijo, sonriente como una colegiala. Helados, no nos atrevimos a hablar.

El gato, con mueca de satisfacción, se acuclilló ante la mesa del banquete y meó una pequeña cascada de felicidad.