[La puerta estrecha] Los genios también se equivocan

No es justo que la gente que maneja el Teatro López Tarso no respete los horarios de entrada y de inicio de la función. El sábado pasado dejaron entrar a gente ya empezada la obra.
El actor mexicano Diego Luna.
El actor mexicano Diego Luna. (Cortesía)

Ciudad de México

Hace un par de semanas escribí que Alejandro Ricaño (Jalapa, 1983) era uno de los jóvenes escritores más destacados o talentosos del teatro contemporáneo en México. Más pequeño que el Guggenheim, Un hombre ajeno o El amor de las luciérnagas son pequeñas joyas de la literatura escénica.

Desafortunadamente, en uno de sus más recientes montajes, Cada vez nos despedimos mejor, protagonizado por Diego Luna, Ricaño parece haber roto un par de códigos que ayudan a que una obra se sostenga durante la función: la imprevisibilidad de la trama y la dirección de actores.

Historia con un leve exceso de sentimentalismo telenovelesco, la obra cuenta la relación entre Mateo y Sara. Los dos nacieron el mismo día, en el mismo hospital y casi al mismo tiempo. Se trata del recuento del amor que viven desde que nacen, el 31 de diciembre de 1979, a las 23.59 horas, y que está marcado con importantes sucesos culturales, sociales y políticos.

Por ejemplo, el temblor del 85 se relaciona con la muerte de la madre de Mateo; la matanza de Acteal como el escenario del primer encuentro sexual; el caso Atenco, como preludio de la ruptura. Sin duda, la pieza de Ricaño tiene distintas lecturas y tiene ya una voz particular que identifica su trabajo. Eso habla de una riqueza literaria.

Cada vez nos despedimos mejor es un monólogo divertido, que funciona dramáticamente y que se construyó en las fértiles fronteras de las llamadas “narratividad y dramaticidad”. Este recurso, encasillado en la narraturgia, muestra esa mixtura entre el relato y el drama, esa mezcla que se ha dado en el teatro de las últimas décadas. Podríamos decir que en esa indagación, ese vaivén entre estos territorios que entrelazan el género narrativo y el dramático, es donde encontramos el acierto de la obra de Ricaño.

La escenografía del montaje es sencilla: un par de lámparas que en cada cambio de luces marca el tiempo, una silla y un par de cámaras fotográficas.

Y Diego Luna, quien muestra su oficio de actor, tarda en entrar a su personaje. Los primeros veinte minutos de la pieza es Diego Luna y no Mateo; detalles que están a cargo del director.

Una queja

No es justo que la gente que maneja el Teatro López Tarso no respete los horarios de entrada y de inicio de la función. El sábado pasado dejaron entrar a gente ya empezada la obra. Movieron a personas de sus lugares porque estaban mal acomodados, los llevaron a sus nuevos asientos. Estos movimientos no permiten disfrutar la obra. Si diez personas llegaron tarde, ¿por qué el resto de los espectadores debe pagar las consecuencias? Definitivamente, los mexicanos no sabemos ir al teatro.

La puerta estrecha se ha cerrado.