Los 'clochards' de Rayuela

El símbolo de una inocencia invulnerable, una gracia que quisiéramos alcanzar porque no es posible caer de ella.
Cortazar
(Cortesía)

Ciudad de México

La naturaleza imita el arte, dice Oliveira en el capítulo 108 de Rayuela. Debía ser una tarde de enero, la Ciudad de México era París. Aquí también las cosas bellas eran gratis. La ciudad era un laberinto, todavía no sabía ubicar los puntos cardinales ni aprendía el nombre de las avenidas importantes. Pasamos frente a Parque Delta y llegamos a Viaducto. “Debajo de este puente vive una pareja de vagabundos” me dijeron. Había botellas de cerveza, colchones, cartones y telas. Todo sucio, todo roto, todo viejo. No estaban, ni él ni ella. “Esto lo escribió Cortázar”, dije, “estos son los clochards de Rayuela”.

Cincuenta años han pasado desde que Rayuela apareció en las librerías; los hijos y los nietos de los jóvenes de entonces somos los jóvenes de ahora. Cuando nacimos, Cortázar ya se había marchado. Nos han quedado sus libros, sus fotos y su tumba en Montparnasse. Rayuela nos es un libro imprescindible, casi siempre descubierto en la adolescencia. Somos jóvenes, estamos deseosos de nadar en los ríos metafísicos. El capítulo 7 es un mantra. Formamos nuestros propios Club de la Serpiente. Nos levantamos y nos preguntamos si hoy encontraremos a la Maga. Pero ¿quién o qué es la Maga? El símbolo de una inocencia invulnerable, una gracia que quisiéramos alcanzar porque no es posible caer de ella.

Cortázar creía que había escrito un libro para gente de su edad, pero se sorprendió al descubrir que los principales lectores de Rayuela eran los jóvenes. Esos jóvenes crecieron, tuvieron hijos y sus hijos también leyeron Rayuela. Nosotros creceremos, tendremos hijos y apuesto que ellos también la leerán como quien acude a una revelación. ¿Por qué esta predilección? De entrada, se ofrece como un juego. El lector decide cómo leerla y en ese sentido se pone al mismo nivel que el escritor: la complicidad de ambos crea la obra. La “contranovela”, como la llamaba Cortázar, cuestionó el canon y rompió con la tradición, fue una señal para intentar una literatura diferente, para explorar nuevos caminos. En Rayuela, no hay respuestas, solo preguntas. Horacio Oliveira es un hombre que busca, no un hombre que encuentra. Estos caminos, estas preguntas y esta búsqueda interminable son propios de los jóvenes. Se desborda el ímpetu. Lectores y escritores jóvenes queremos una señal de arranque para desmontar el mundo de los padres. Rayuela la da.

Cortázar nos dejó una novela optimista. Pearl S. Buck dijo que “los jóvenes no saben suficiente como para ser prudentes y por ello intentan lo imposible… y lo consiguen generación tras generación”. Y así, generación tras generación, los jóvenes encuentran Rayuela, se enamoran de la literatura y dejan de temer a la búsqueda. Estos años seremos nosotros los que caminaremos por las ciudades para descubrirlas y redefinirlas. El cielo debe estar allí, unos cuantos pasos adelante. Después vendrán otros, pero éste es nuestro turno. El Gran Cronopio lo ha dicho: “basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar”.

Alejandra Retana Betancourt (Nuevo León, 1994) estudia Letras Hispánicas en la UNAM. Es becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en Jalapa.