El polifacético Ai Weiwei

El artista chino brindó una entrevista a MILENIO Laberinto.
El artista chino Ai Weiwei.
El artista chino Ai Weiwei. (Especial)

Ciudad de México

La reputación del artista chino Ai Weiwei excede con mucho los límites del mundo del arte. Si bien sus abundantes intervenciones y performances, así como sus obras apropiacionistas basadas en objetos lo han consolidado como uno de los principales artistas conceptuales del mundo, Weiwei es también conocido por ser un activista político y defensor de la libertad de expresión en su China natal, lo que le valió pasar 81 días retenido por la policía en 2011.

En entrevista exclusiva con Laberinto, Ai Weiwei asegura no tener mucho qué decir en relación al calificativo de “artista prisionero”.

“De cualquier forma —expresa—, creo que todos somos prisioneros de una forma u otra. Todos vivimos bajo restricciones en un sentido u otro. Quizás en un nivel más conceptual, todos somos víctimas de los límites que nos imponen nuestros propios pensamientos e ideas. Y ningún artista puede escapar tampoco a ello. Pero a la vez, no creo que ninguna frontera o limitación puedan detener nuestra imaginación o el espíritu de libertad”.

Ai Weiwei no puede salir de China, pero sus palabras, igual que sus creaciones, esquivan vetos y fronteras para aterrizar lo mismo en la prisión de Alcatraz, donde se le ha visto exponer recientemente, que en Barcelona, donde a finales de octubre pasado se inauguró la exposición On the Table, una completa panorámica diseñada por el propio artista que ilumina su discurso estético en paralelo a su activismo político.

Nuestra conversación es posible a través de internet, por donde viajan nuestras preguntas y retornan sus respuestas, que tienen como motivo central la primera monografía completa sobre su vida y su obra, realizada en estrecha colaboración con el propio Weiwei desde su estudio, y que el sello Taschen acaba de publicar en una edición limitada a mil ejemplares, a lo largo de cuyas más de 700 páginas se repasa la historia que hay tras el sello artístico de este creador singular.

“Se ha hecho un gran esfuerzo para sacar adelante este libro de Taschen”, señala Weiwei, quien explica que para hacerlo fue necesario reflexionar sobre todo su trabajo anterior y de esta forma se llegó a crear un gran archivo, que sustenta el relato del libro. “Esta labor consistió fundamentalmente en mirar lo que habíamos hecho en el pasado como parte de un proceso de continuidad, lo cual nos ayudó finalmente a desarrollar un futuro nuevo y distinto. Para ser honesto, aún no tengo el valor de mirar todo el libro, ya que además es muy amplio y tiene muchísimas páginas”, confiesa el artista.

Cada ejemplar de esta edición limitada viene envuelto en un pañuelo de seda Habotai estampada digitalmente, que reproduce un detalle de Straight, la obra que Ai Weiwei creó en 2008 en alusión al terremoto de Sichuan, e incluye, además de textos de Uli Sigg, viejo amigo de Ai y antiguo embajador suizo en China, de Roger M. Buergel, comisario de la Documenta 2007, que acogió la pieza Fairytale, y de Carlos Rojas, William A. Callahan y James J. Lally, expertos en política y cultura chinas, una serie de exquisitos recortables en papel a toda página diseñados por el artista, así como numerosas declaraciones extraídas de entrevistas realizadas específicamente a Ai Weiwei para esta publicación.

Weiwei nació en Pekín en 1957 y sufrió las turbulencias de un país que padecía desvaríos maoístas. Su padre, Ai Qing, uno de los poetas más refinados del siglo pasado, fue acusado de derechista y condenado a limpiar letrinas en la lejana provincia de Xinjiang. Esa niñez forjó en Weiwei un profundo e inquebrantable sentido de la libertad, pues de niño vivió en carne propia la opresión, siendo incluso testigo de numerosos asesinatos que considera resultado de la estupidez y la crueldad.

En ese sentido, le preguntamos si tiene noticia de la desaparición de 43 estudiantes en la localidad de Ayotzinapa: “Creo que es una auténtica tragedia y a la vez se trata de una advertencia, en el sentido de que nuestro mundo no es un lugar precisamente pacífico y está lleno de peligros”. En todo caso, sostiene, “cada individuo, artista o no, debe asumir una mayor responsabilidad y manifestarse y encontrar el camino adecuado para hacer que nuestras voces sean escuchadas”.

Terminada la Revolución Cultural y rehabilitada su familia, Weiwei estudió cine en Pekín y cofundó en 1979 el movimiento Xingxing (Estrellas), que subrayaba la posición del individuo, y aunque China apenas comenzaba a desperezarse tras décadas de voluntario hermetismo, el contexto sociopolítico era aún hostil a la vanguardia, por lo que a principios de los años ochenta Weiwei decidió emigrar a Estados Unidos, donde al tiempo que limpiaba casas estudió el pop art, el arte conceptual y el minimalismo, tendencias que, junto con el dadaísmo de Marcel Duchamp, han sido influencias fundamentales en su obra. Llegó a departir con figuras como el fotógrafo Robert Frank o el poeta Allen Ginsberg antes de regresar, doce años después, a Pekín, empujado por la enfermedad terminal de su padre.

Ya de vuelta en la capital china, Weiwei apadrinó a nuevos creadores y catalizó la estimulante escena local, pero fue un escándalo el que le dio fama en el año 2000, cuando su exposición Fuck Off, compendio de lo que aún incomodaba en China, fue clausurada por la policía.

Weiwei expone que el diálogo que ha tratado de establecer con el arte occidental ha sido muy importante para él, pues el contacto que tuvo con el arte contemporáneo en Nueva York tuvo un gran impacto en su persona. “Y aún sigo creando de manera consciente mis obras relacionándolas con aquellas que me interesan, en especial con el arte conceptual”, y aclara que lo que más le interesa “es un tipo de arte que cree nuevas posibilidades y nuevas maneras de comunicación. En ese sentido, el concepto de individuo y la libertad de expresión son bases fundamentales para los artistas actuales, y esos conceptos a menudo son promovidos por la cultura occidental”.

Respecto a la exposición On the Table, que se exhibe en La Virreina Centre de la Imatge de Barcelona hasta el próximo 1 de febrero y que permite conocer la trayectoria de Ai Weiwei desde sus inicios en el Nueva York de los años ochenta hasta hoy, él mismo remite a la documentación museística en la que se consigna que la muestra va de 1983 a 2014 y expone 45 piezas que ahondan en su condición de “artista poliédrico y global”, reuniendo maquetas, instalaciones, esculturas, publicaciones y, especialmente, fotografías.

De hecho, la exposición arranca con las instantáneas que el artista chino tomó en Nueva York entre 1983 y 1993 para documentar sus vivencias y presta especial atención a trabajos como Illumination, una fotografía de 2009 que captura el momento exacto de su detención tras denunciar el caso de las escuelas que se hundieron durante el terremoto de Sichuan; o la serie Study of Perspective, en la que somete a iconos arquitectónicos como la Sagrada Familia, la Torre Eiffel o el Valle de los Caídos de El Escorial en Madrid a un tratamiento de choque, dedo corazón alzado mediante. Continúa con piezas como Hanging Man, un colgador de ropa con el perfil de Duchamp; la célebre vasija de Coca–Cola, o una pequeña muestra de las pepitas de porcelana con las que cubrió el suelo de la Tate Modern Gallery de Londres.

La exposición se plantea como instalación viviente e invita al público a participar realizando fotografías de las conversaciones que se produzcan en la mesa del artista que se expone (The Table). Una de las principales novedades es la presencia de “Coa”, una de las creaciones más recientes, en la que Weiwei juega al equívoco y al doble significado a partir de un título en chino (câo, hierba), una palabra homófona de la palabra china equivalente a la inglesa fuck (cào), pero la pieza va un poco más allá y se sirve de un material como el mármol para representar brotes tiernos de hierba.

Como explica la historiadora de arte Diana Martínez Castro, en la obra de Ai Weiwei domina la armonía entre la postmodernidad occidental y un proceso de trabajo artesanal de madera y porcelana despreciado en China durante la Revolución Cultural: “En general, Ai Weiwei tiene un discurso ecléctico y variado, adaptado a cada situación conceptual, entremezclando muchas veces lo antiguo con la cultura más actual. Ai Weiwei cuestiona la tradición, lo que ha estado sucediendo durante siglos en su China natal”.

Pero Ai Weiwei no solo ha trabajado con conceptos y sensaciones recreados en sus esculturas o performances, sino que ha dado pasos más allá. Es el caso del Estadio Nacional de Pekín, edificado con motivo de las Olimpiadas de 2008 y que lleva por nombre El nido de pájaros, concebido por el artista para luego ser proyectado por el prestigioso grupo suizo Herzog and De Meuron, con quien ha vuelto a trabajar en otros proyectos.

“Ai Weiwei se plantea el arte como un dispositivo desde donde establecer diálogos con diferentes contextos, desde donde contrastar tradiciones y visiones para negociar, analizar, proyectar y compartir”, señala Rosa Pera, curadora de On the Table, que airea la faceta más incómoda y combativa del artista a través de piezas como Ai Weiwei’s Appeal 15,220,910.50, documental que relata con lujo de detalles su detención durante 81 días y la posterior acusación de fraude fiscal, razón por la cual, con el pasaporte retenido e implicado en un proceso por evasión de impuestos, no pudo viajar a Barcelona para esta exposición, aunque ahí está su escritorio, el mismo desde el que redactó su apelación a la denuncia del gobierno chino y en el que, señalan desde la organización de la muestra, ha mantenido más de 24 mil encuentros, convertido en símbolo de resistencia y trampolín desde el cual se precipitan sus palabras finales: “Mi trabajo artístico está relacionado con la forma en que vive la gente en China desde hace miles de años, produciendo obras que conciernen a su realidad, obras que apelan a ese sentido estético. Yo exploro sus conceptos, sus técnicas, y el lenguaje que se ha usado para ilustrar esas ideas. A lo largo de la historia de China, aprender de la tradición ha sido visto como la práctica más importante. Solo por medio de la comprensión de la tradición establecida uno puede crear un lenguaje único que asuma a la vez un sentido de la continuidad”.