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Ai Weiwei es una piedra en el zapato del gobierno chino. Hace poco, apenas recuperó su pasaporte retenido por el gobierno durante cuatro años.
El activista y artista contemporáneo chino, Ai Weiwei.
El activista y artista contemporáneo chino, Ai Weiwei. (Reuters)

Ciudad de México

Ai Weiwei es una verdadera ficha. Una ficha policiaca. Es también una piedra en el zapato del gobierno chino. No saben qué hacer con él. La historia de su padre, el poeta Ai Qing, lo marcó para siempre con su cadena de sufrimientos cuando chocó de frente con el tren de Mao: desterrado por sus ideas, humillado, obligado a lavar baños públicos y luego condenado al silencio cuando le fue prohibida la publicación de sus poemas, puso el ejemplo a su hijo. Una verdadera bomba contra cualquier forma de gobierno. Con una formación artística obtenida un poco a trompicones: cine, letras, diseño, regresó a China en 1993, al cabo de 12 años en el extranjero.

Fue a la plaza de Tiananmen y se tomó una fotografía con el puño cerrado y el dedo medio en alto, retando al gobierno. Luego fotografió a su mujer ahí mismo levantándose el vestido ante una imagen de Mao. Ya encarrerado, se fotografió mientras rompía contra el suelo un jarrón de la dinastía Han. Considerado por muchos como el artista plástico más importante de China, comenzaba entonces a convertirse en una presencia constante en los eventos artísticos internacionales y en los mercados del arte.

Con todo y su prestigio, al gobierno chino no le hacen gracia sus desplantes, de manera que ha hecho todo lo posible por meterlo al orden. Hicieron picadillo su estudio, lo acusaron de evasión de impuestos, lo metieron a la cárcel, le prohibieron salir del país, lo confinaron en su domicilio y lo han sometido a una vigilancia permanente por todos los medios. Pero Weiwei parece irreductible. Se las arregla para tirarles piedras en el tejado a las autoridades chinas. Siempre sorprendente, nutrido con sus raíces culturales, pero también con su entorno sociopolítico, reaparece con una exposición, un disco, un video, un libro, un diseño arquitectónico.

Hace poco, apenas recuperó su pasaporte retenido por el gobierno durante cuatro años, Weiwei se apresuró para salir del país rumbo a Alemania y Gran Bretaña. Quería estar presente en la inauguración de una retrospectiva con su obra en la Royal Academy of Arts, pero las autoridades británicas le negaron la visa para seis meses que pidió. Le concedieron solo 20 días para evitar tal vez que su estancia coincidiera con la visita del presidente chino en estos días. Luego se arrepintieron, le dieron disculpas y le ampliaron el permiso. Pero Weiwei se largó en cuanto pudo de regreso a China, cuando se creía que no volvería nunca.

La suya es quizá una historia de esas con final siniestro. Así se le ve venir. Apenas llegó a su casa se dio cuenta de que las autoridades chinas no se habían olvidado de él. Aprovecharon su ausencia de dos meses para llenar su casa de micrófonos ocultos. El artista de 57 años, que ya ha pasado por todo a estas alturas, sabrá darle alguna utilidad a los aparatos. Tal vez le sirvan para ensayar las canciones de su próximo disco con piezas contestatarias, provocadoras, estridentes.