[Arquitectura] Luis Barragán, patrimonio en peligro

La Casa Luis Barragán es el único inmueble individual en el continente americano que ha sido distinguido como Patrimonio de la Humanidad.
Laberinto
(Cortesía)

Ciudad de México

Si Cabo Pulmo es considerado en el mundo como la joya de la conservación natural y Calakmul se inscribió recientemente como Bien Mixto en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, la Casa Luis Barragán en la Ciudad de México bien puede denominarse como el tesoro de la conservación arquitectónica de nuestro país. Y hoy, que cumple diez años como Patrimonio de la Humanidad y 20 como museo, se preserva como señal luminosa de identidad cultural y espacio para el asombro.

Intemporal, autobiográfica, expresión tangible del espíritu del “poeta del espacio” y laboratorio de sus más avanzadas propuestas estéticas, la Casa Luis Barragán es el único inmueble individual en el continente americano que ha sido distinguido como Patrimonio de la Humanidad.

En palabras de Louis Kahn, ese otro gran arquitecto del siglo XX: “La casa de Barragán es tan importante porque podría ser la casa de cualquier hombre […]. Pudo haber sido construida hace cien años o dentro de cien años”. Y en las de su propio autor: “Mi casa es mi refugio, una pieza emocional de arquitectura, no una fría pieza de convivencia. Creo en la arquitectura emocional; es muy importante para los seres humanos que la arquitectura se mueva por su belleza. Sé que hay muchas soluciones técnicas para un problema, pero la más válida de ellas es la que ofrece al usuario un mensaje de belleza y emoción. Esto es arquitectura. Cualquier trabajo de arquitectura que no sea capaz de expresar serenidad es un error”.

Cuando Luis Barragán recibió, en 1980, el Premio Pritzker, el “Nobel” de la arquitectura, lamentaba que “en proporción alarmante han desaparecido en las publicaciones dedicadas a la arquitectura las palabras belleza, inspiración, embrujo, magia, sortilegio, encantamiento […], serenidad, silencio, intimidad y asombro”, las cuales, agregaba, “han encontrado amorosa acogida en mi alma”.

Autodidacta como arquitecto, nació en Guadalajara en 1902, donde vivió su infancia y recibió las primeras influencias artísticas en el rancho que poseía su familia en Mazamitla. Ahí su mente grabó cómo la distribución del agua se llevaba a cabo por medio de troncos acanalados y también la imagen de los caballos al galope que nunca abandonó. En Guadalajara se tituló como ingeniero civil.

Los viajes lo marcaron. En 1924 marchó a Europa. Conoció a Le Corbusier e hizo dos descubrimientos que decidirían su vocación de “jardinero”: el de Ferdinand Bac y sus jardines Les Colombieres y la Alhambra en Granada, donde halló una arquitectura que ve a su interior. Tal vez por ello diría años después que “la arquitectura, además de ser espacial, es musical. Esa música se toca con el agua. La importancia de los muros es que aíslan el espacio de la calle, que es agresiva y hostil. Los muros crean silencio. A partir de ese silencio empezamos a hacer música con el agua. Después la música nos envuelve”.

En 1925, cuando regresó de Europa, pasó por Nueva York donde estableció una relación importante con José Clemente Orozco, en cuyas pinturas encontraba la esencia de la arquitectura popular mexicana, las casas cubistas que tanto le gustaban: “Siempre traté de adaptar las necesidades de la vida moderna con la magia de aquellos tiempos de nostalgia lejana. De la arquitectura sin pretensiones, de las aldeas y las ciudades de provincia, amé las paredes encaladas, la paz de los patios y los huertos frutales, las calles rebosantes de color, la humilde majestad de las plazas circundada por la sombra de los pórticos”. De ahí que se valiera de materiales de uso tradicional como los muros de tabique aplanado y pintado, los pisos de tablón de pino, pavimentos de piedra de río o piedra laja de canto y loseta de barro.

La casa en el barrio de Tacubaya, construida en 1947 y habitada por Barragán hasta el día de su muerte en 1988, es como un diario del artista que se sigue escribiendo con la tinta invisible de luces y sombras que bailan y juegan en sus espacios. El espíritu de Barragán se percibe en los muros y los colores, en las ventanas, en los muebles, en las colecciones, en los libros de la biblioteca, en el taller, en la prodigiosa azotea que es un camino al cielo y en un jardín cuyo misterio penetra los interiores de la casa.

Escribió: “El arte más refinado y peligroso es el de la pátina. Una casa bella con su jardín debe convidar al Ocio más perfecto y dar la idea más poética y bella posible del paso del tiempo”. Si esto se ha logrado en su propia casa se debe a la genialidad de este arquitecto catalogado por la BBC de Londres como uno de los diez artistas más importantes del siglo XX, pero también a la devoción y el compromiso de quienes han velado por la conservación del espacio y han librado múltiples batallas para defenderlo: Catalina Corcuera, su directora desde hace diez años, la Fundación de Arquitectura Tapatía (FATLB), responsable de la custodia de toda la obra de Barragán, los arquitectos Enrique Toussaint, Andrés Casillas, Juan Palomar, José Vigil y Armando Chávez, que la han presidido y han logrado el apoyo del gobierno de Jalisco, el de Conaculta, el INBA y el INAH, y que contagian su pasión a un equipo enamorado de su trabajo.

Luego de una década en contacto diario con la casa, Catalina Corcuera comenta: “He descubierto una manera de ver, de descubrir el magistral manejo de la luz a diferentes horas del día, de apreciar y cuidar del jardín que es un elemento vivo que tiene que intervenirse respetuosamente, de valorar el silencio y la penumbra y de sentir la emoción de los visitantes que entran por primera vez. Siempre hay algo nuevo por hacer, algún problema que solucionar, pero también algo nuevo que descubrir”.

Hace una semana, el presidente de la FATLB, Armando Chávez, terminó su gestión y anunció una nueva mesa directiva que presidirá Arabella González Huezo con la colaboración de María Palomar, María Bustamante, José Vigil y Juan Enrique Zuloaga.


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En el X aniversario de la casa como Patrimonio de la Humanidad, la representante de la Unesco en México, Nuria Sanz, expuso la voluntad del organismo para llevar a cabo una “ampliación” de la declaratoria e incluir otras edificaciones de Barragán como las dos siguientes: la Casa González Luna en Guadalajara (1929) y las Torres de Satélite (1957). La primera es la obra más relevante de la etapa temprana. Barragán acababa de regresar de Europa cuando su amigo Efraín González Luna le encargó el diseño y la construcción. En 1999 el ITESO adquirió el inmueble y lo restauró. Desde entonces, se le conoce como Casa Clavijero, un espacio de extensión académica y cultural, Monumento Artístico desde 2006.

Las segundas son un hito en el paisaje urbano de la ciudad de México. Diseñadas por Luis Barragán y Mathias Goeritz, son emblema de identidad y símbolo de una utopía tan antigua como el hombre: la de acercarse al cielo. Pero también son ejemplo de que es posible rescatar el patrimonio cuando hay voluntad política y participación ciudadana. Y es que cuando el trazo original del Viaducto Bicentenario amenazaba con arruinar la perspectiva de una obra creada para ser vista por un espectador en movimiento, la FATLB, el INBA, los colonos de Satélite y Echegaray lograron, luego de un diálogo de seis meses con las autoridades del Estado de México, modificar el proyecto y que la obra fuera declarada Monumento Artístico.


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Por otro lado, también hay obras en peligro. La Casa Egerstrom y la Cuadra de San Cristóbal que Barragán erigió en Atizapán de Zaragoza (1967) están en venta, según se anuncia en Internet, por 14 millones de dólares. La familia Folke Egerstrom encargó el proyecto a Luis Barragán quien trabajó en colaboración con su amigo y colega Andrés Casillas. Para él, “Trabajar con Luis era una gran dificultad. Su toma de decisiones final siempre resultaba ilógica, absurda, impensable, irracional… y maravillosa”. Barragán era “un príncipe del Renacimiento, una gente abocada al placer estético y cualquier cosa que hacía estaba dirigida por la sensualidad, la percepción de belleza […]. Asimiló lo esencial en sus influencias, las hizo carne y sangre, las digirió y después las tradujo a un idioma arquitectónico totalmente nuevo. Convirtió la arquitectura en poesía”.

Esta obra maestra, igual que la Casa Ortega (contigua a la casa–museo en Tacubaya y cuyo jardín enamoró a Saramago), son propiedad privada. En ambos casos, los dueños originales murieron y los herederos no cuentan con recursos para la manutención. La tarea de la FATLB es asesorar al propietario y, en su caso, buscar un cliente que tenga conciencia del valor de la obra. El peligro, en el caso de la Casa Egerstrom y las caballerizas, advierte Chávez, “es que las compre una desarrolladora inmobiliaria y las demuela”, por lo que espera que las instituciones culturales se sumen a la búsqueda de una solución. En el mismo fraccionamiento se encuentra El Paseo de los Gigantes, que depende del municipio, y donde la famosa Fuente del Bebedero sufre un grave deterioro.

Otra obra emblemática es el Fraccionamiento Jardines del Pedregal (1945). Contagiado, como el Dr. Atl,  por la idea de Diego Rivera plasmada en el Anahuacalli, de que el entorno natural y el paisaje son parte de la identidad, Barragán llevó este postulado a un grado sublime de estética mediante sus jardines. Dice Luis Barragán: “Paseando entre las grietas de lava, protegido por la sombra de imponentes murallas de roca viva, súbitamente descubrí, ¡oh sorpresa encantadora!, pequeños secretos y verdes valles rodeados y limitados por las más caprichosas, hermosas y fantásticas formaciones de piedra que había esculpido, en la roca derretida, el poderoso soplo de vendavales prehistóricos”.

La FATLB se ha reunido con vecinos del Pedregal para emprender un plan de rescate de los jardines que hay en la zona: La grieta (junto al centro comercial), la Plaza del Cigarro, el Paseo del Pedregal, el Boulevard de la Luz y Teololco (enrejado y totalmente abandonado). Sin embargo, no ha podido echarse a andar por insuficiencia de recursos. Esperan que el Gobierno del Distrito Federal se involucre para rescatar este paisaje, único en el mundo.

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En su testamento, Luis Barragán legó a su socio Raúl Ferrera los derechos de autor y su archivo profesional (documentos, croquis, dibujos, maquetas, notas, fotografías…). Cuando Ferrera murió en 1992, el acervo pasó a manos de su viuda, Rosario Uranga, quien decidió venderlo en tres millones de dólares.La noticia llegó al INBA, el Conaculta y la FATLB, que inmediatamente dio aviso para que el acervo fuera declarado patrimonio nacional. No sucedió. El archivo fue adquirido en 1995 por el galerista neoyorquino Max Protec quien lo vendió después a Rolf Fehlbaum y a Federica Zanco, los dueños del Museo Vitra en Suiza. Ellos mismos adquirieron, tres años después, la colección de Armando Salas Portugal Arquitectura de Luis Barragán, que había heredado la viuda del fotógrafo, Olga Peralta. Con el archivo se fueron los ojos de Salas Portugal que durante 40 años registraron la obra de Barragán. Y también los derechos autorales.

Desde entonces, Vitra prohíbe la reproducción de cualquier dibujo, fotografía o documento relacionado con la actividad profesional del arquitecto mexicano, sin autorización previa de la Barragan Foundation, con sede en Suiza.

Mientras tanto, México tiene su obra y tiene su casa, donde resuenan las palabras de Álvaro Siza: “La arquitectura es un ejercicio de invención y de memoria, es la construcción de un deseo colectivo de belleza”.