¿Adónde van los trenes errantes?

El ferrocarril fue protagonista principal de tiempos insurrectos. Los vagones además sirvieron como caja fuerte, transportaban dinero para pagar a las tropas y la raya de los mineros en tiempos de ...
¿Adónde van los trenes errantes?
¿Adónde van los trenes errantes? (Luis M. Morales )

Es un día soleado, el final del invierno llegará en unas semanas. El silencioso paisaje se interrumpe con el sonido del camión en contraflujo, viene desde Martín Carrera, rápido, sonando su corneta anticipando la parada. La escuela República de Uruguay está recién pintada, aquí inicia la colonia Emiliano Zapata. Un viejo letrero de lámina dice Oriente 91, hace esquina con Ferrocarril Hidalgo, avenida que persiste, a unas calles de ahí, entre Boleo y Canal del Norte estaba la estación de trenes llamada FC Hidalgo, quedó destruida en los años 20, conectaba con Pachuca y Tulancingo, en el estado de Hidalgo; y con Ometusco, en Puebla. No queda nada. El ferrocarril, protagonista de tiempos insurrectos. Los vagones sirvieron como caja fuerte, transportaban dinero para pagar a las tropas y la raya de los mineros en tiempos de la revuelta revolucionaria. Cuando las monedas se acabaron, se inició la emisión de billetes de colores, las personas llamaron a esos billetes: palomas, pericos, rosas, por su color blanco, verde y rojizo. Los hombres en la guerra, las mujeres y los niños en la tierra. Los frijoles saltaban en el perol, la helada se acercaba, no quedarían más frijoles en un par de días, hambre, sed, los niños resistíamos pegados al regazo de nuestra madre frente al fuego, en las noches heladas los brazos de mi madre me salvaron. En esos trenes los hombres partían a la guerra, las mujeres también.

Me llamo Florencio Claro García, tengo 69 años, donde hay trabajo le pagan a uno muy poco, como hombre mayor tengo que conseguir empleo, tengo que salir a trabajar, porque a mi edad no consigo empleo.No tenían en que ocuparme, se me ocurrió vender pulque, nací en una zona de abundantes magueyales, Zumpango de la Laguna, quizá ahí comenzó todo. Todavía no amanece en San Sebastián Jolalpan, son las cuatro y media de la mañana, me levanto, la noche se acabará en una hora, me baño, luego raspo el maguey, después preparo mis sabores, limpio mis garrafones, quiero seguir útil para mi familia, sobre todo para mi esposa. Almuerzo algo, después no tendré tiempo de comer nada. Voy a la terminal de autobuses del pueblo, acarreo en un diablo los garrafones, tomo el autobús a la ciudad, lo más difícil será esquivar a los que desean desplumarlo a uno. Desde niño aprendí a sobrevivir, a mí me levantaron del fango, estuve internado en el instituto e internado Francisco I. Madero, creado para los huérfanos de la Revolución, de no llegar a ese lugar, sepa dios en donde estaría ahora. Mi padre fue revolucionario de 1913 a 1923, anduvo con Villa y con Zapata. Los caudillos colaboraron, se mandaban cartas. El Centauro del Norte escribió una carta a Zapata, no la recibió, le proponía atacar a los americanos (Estados Unidos) en su madriguera, la carta estaba en el bolsillo de uno de los soldados caídos en combate del fortín Columbus que atacaron los valientes hombres de Villa. La carta permaneció oculta hasta 1975 por órdenes del gobierno de Estados Unidos. Lo leí en un periódico, que esa carta la encontraron de esa forma, hasta un libro sacaron de las cartas. Pienso mucho en los trenes, de chiquillo me gustaba mirarlos, preguntarme adónde iban con tanta fuerza, esa pesadez me imponía, la fuerza de los trenes es la que debería tener un hombre para enfrentar el mundo.

Mi padre era un hombre con mucha fuerza, por dentro y por fuera, cantaba recio, su voz todavía la recuerdo: nací en la frontera, acá de este lado, puro mexicano, por más que la gente nos juzgue texanos, yo soy mexicano. Si porque acostumbro el cigarro de hoja y anudo a mi cuello una mascada roja me creen otra cosa, yo fui uno de aquellos Dorados de Villa, de los que le dimos valor a la vida. De los que morimos amando y cantando, yo soy de ese bando.Como decía mi papá, hay tropiezos como todo en la vida, nada dobla mis ganas de hacer las cosas. Ni la inseguridad es un tropiezo, seguiré adelante. Ya me han asaltado, no importa. Un mercado como pocos, la zona de comidas es generosa, mi consentida es doña Mary, su comedero lleva su nombre, está al lado de las tortillas, la tampiqueña no te la puedes perder, el menudo tampoco, los tacos dorados no decepcionan, el agua es de frutas, no está rebajada. Desayunos, almuerzos, comidas, desde temprano, a buen precio. Aquí la chula doña Mary y sus trabajadoras hijas me dan permiso de ofrecer mi pulque. Treinta pesos el litro. Hay colonias en las que el vaso cuesta 25 pesos, como Centro, Obrera, Roma y la ahora encarecida de los Doctores, en sus locales de moda elevan precios sin pensar en el pueblo, apenas hay centavos para comer, pensar en un vaso de pulque es imposible para un obrero que apenas tiene para sostener a su familia, la bebida considerada de pobres, ahora es la que se vende cara en algunos lugares. Así que si usted no tiene mucho dinero, venga de este lado, en el límite de la delegación Cuauhtémoc. Recuerdo cómo las modernas cerveceras intentaron desprestigiar al pulque diciendo lo de la mentada muñeca, un amasijo de gasa relleno de caca, eso no es cierto, el buen pulque no necesita y nunca tendrá una muñeca. Al pulque tenían acceso los sacerdotes que se comunicaban con los dioses. Los guerreros, no cualquiera bebía pulque, igual que el mezcal es una bebida sagrada, se debe tomar con cariño para que no dé mala tomada. Ometochtli y Mayahuel, dios del pulque y diosa de la embriaguez, cuidan a los bebedores de pulque.

Estaré aquí hasta que la vida me lo permita. Florencio tiene la dulce mirada del santo bebedor, la persistencia, confianza y fe de San Sebastián mártir, su mirada me recuerda al santo que atado a un poste no se dobla, las flechas de una ciudad  vorágine caen sobre él, no se rinde, día tras día emprende el largo viaje desde su pueblo hasta las entrañas del mercado de la colonia Río Blanco, en el pasillo de las vísceras, una señal. Igual que el maguey, se adaptó a las épocas de sequía, en su centro guarda el aguamiel necesaria para los tragos amargos de la vida. La luna comienza a salir cuando deja el mercado, desde acá, desde el Metro Consulado, Metro elevado que va de Santa Anita hasta Martín Carrera, la luna parece esa olla llena de pulque derramándose sobre la tierra para llenarla de vida, esa vasija espumeante y blanca que los hombres antiguos miraban. Los conejos hacen sus madrigueras en los magueyales, Florencio dice que también se esconden en la luna, por eso de noche comienza el ritual sagrado de raspar el pulque. Hombres como él conocen la vida, la muerte, la noche y sus esquinas indomables, sabe que la incisión que le provocó la muerte al magueyal  servirá para dar vida, el pulque no ha de permitir que la muerte arrase, su espesura embriaga y conecta con un mundo sabio. La granizada destruyó el mercado de la colonia Río Blanco, cercano al Metro Consulado, llamado así en honor al río que corría en lo que hoy conocemos como Congreso de la Unión, ese río desembocaba en una ciénega. La colonia Emiliano Zapata se difumina en el umbral de Norte 58. Dos colonias con historia, una lleva el nombre de uno de los hombres que hicieron la Revolución, la otra, llamada así por los mártires caídos tras la huelga en Río Blanco, Veracruz.

La luna se eleva, Florencio sube al camión que lo llevará de regreso a casa. Nunca estuve tan cerca de una persona real, pienso en los superficiales que lloriquean porque se cancela el Hay Festival, una pasarela que no está hecha para el pueblo veracruzano, con cinco emisiones podrían hacer bailongo, pulque, deliciosa comida, buenos sones, el pueblo no tiene para comer, menos para comprar libros. Con el estómago vacío es muy difícil pensar y leer. Bajo en la estación Morelos, camino por la calle de Hortelanos, la pulquería La Línea de Fuego está cerrada, llevo bajo el brazo un poco de aguamiel, un litro de curado de fresa, voy a beberlo en la azotea de mi cuarto mientras escucho corridos revolucionarios. Imagino los documentos que Florencio guarda, los documentos que constatan que su padre fue revolucionario, pienso en los imbéciles que hacen la revolución por Twitter y Facebook. Caminando me encuentro a un ciego que agita una botella de aguardiente, me pide una moneda, le doy los últimos diez pesos que tengo, un trago al pulque, le doy el aguamiel, sonriendo se aleja con su botín, un perrito amarillo, callejero, flaco, lo sigue. Todos ven a un borracho ciego, veo a Orfeo buscando a Eurídice en compañía de un perro hermoso. Ese perro, ese hombre de ojos brillantes y traje de harapos, conocen la noche.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets)