[Multimedia] Odiada memoria

Adolf Hitler y su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, gozaban con su poder de seducción.
Historia del poder del führer.
Historia del poder del führer. (Especial)

Cudad de México

Solo había que escucharlos hablar para caer bajo su embrujo. La manera como miraban a la audiencia, como se movían en la tribuna era tan elocuente como sus palabras. Ante el pueblo que escuchaba sus promesas de gloria, Adolf Hitler y su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, gozaban con su poder de seducción. Hitler exigía disciplina, humildad, patriotismo. Goebbels ofrecía una patria tan grande como el mundo entero. Y toda Alemania reaccionaba con euforia, con furia, con esperanza. Eran los tiempos en que la moneda alemana valía lo que pesaba como papel y el desempleo asfixiaba a cada hogar germano.

El nazismo disputaba al comunismo cada palmo de terreno en la vida política y social del país y las mayorías encantadas, seducidas, fascinadas veían en Hitler y en Goebbels la luz al final del oscuro túnel.

En La maravillosa horrible vida de Leni Riefenstahl, el documental que realizó Ray Müller al inicio de los noventa para una serie de películas biográficas sobre los artistas que cayeron seducidos por la elocuencia de Hitler, el cineasta cuestiona a la responsable del proyecto fílmico del nazismo: "¿Era usted amante de Hitler, de Goebbels?". Riefenstahl responde furiosa, sarcástica: "Sí, sí, sí, de todos". Luego Müller ya no pregunta, afirma: "Usted era amante de Goebbels". Ella lo niega: "Dígame qué pruebas tiene". Müller le muestra una edición de los Diarios de Goebbels y comienza a leer en voz alta párrafos que la acusan.

En sus Memorias, la realizadora de El triunfo de la voluntad cuenta cómo cayó hipnotizada por las palabras de Hitler en el curso de un acto público. Vierte también en sus páginas el odio que sentía hacia Goebbels y relata incluso cómo el jefe de la propaganda nazi trató de abusar de ella. Por si alguien no le creyera sus enojos escribió luego otro volumen de memorias.

Albert Speer, el arquitecto de Hitler y más tarde su ministro de Armamento, redactó en prisión un par de libros con sus recuerdos personales. Rudolf Höss, el siniestro comandante de Auschwitz, también se dio tiempo para escribir sus memorias, como otras figuras destacadas de la maquinaria de exterminio nazi. Ninguno se arrepiente en sus páginas de lo que hizo.

Y no solo eso. Muchos de los herederos de la jerarquía hitleriana viven holgadamente de las andanzas biográficas de sus odiados familiares. Pelean cada que pueden hasta el último de los centavos que dejan sus ensangrentados recuerdos. Se protegen entre ellos, con Cordula Schacht a la cabeza.

Cordula es la hija de Hjalmar Schacht, quien fuera ministro de Economía de Hitler. Trae las finanzas y los negocios en las venas. Acaba de demandar a la editorial alemana Siedler por publicar la biografía de Goebbels que preparó en 2010 Peter Longherich, un reconocido experto alemán en el tema del nazismo, empleando algunas citas de sus Diarios sin pagar la cuota correspondiente. La historia es su parcela, asumen con la mayor tranquilidad.