Adiós a los padres

El contenido de esta nueva novela de Aguilar Camín es un largo viaje por los laberintos —públicos y privados— de una familia mexicana en específico.
Héctor Aguilar Camín, "Adiós a los padres", Random House, México, 2014, 344 pp.
Héctor Aguilar Camín, "Adiós a los padres", Random House, México, 2014, 344 pp. (Especial)

México

Ay, la familia.

Padres, hijos, hermanos, tíos, sobrinos y demás recipiendarios de las alianzas que —consanguíneas o no— nos ligan unos con otros. Entramado de lazos que se atan y se desatan, como madeja de estambre que entretiene a un gato, desde donde despuntan o se desvanecen sus integrantes. Nítido espejo, igual oxidado, que proyecta también a todos.

Mediante un notable ejercicio de memoria, Héctor Aguilar Camín (Chetumal, 1946) ha escrito la novela de su familia, Adiós a los padres, donde la cercanía de los personajes con el autor no puede ser más estrecha.

Prolongación de lo antes hecho en El resplandor de la madera (2000), el contenido de esta nueva novela de Aguilar Camín es un largo viaje por los laberintos —públicos y privados— de una familia mexicana en específico y que bien representa la vida del país de los últimos cien años.

La familia, con sus antes y después, identificada en la unión de los padres, Emma y Héctor, a la que se le irán sumando las descripciones inmediatas que habrán de conforman una nueva versión de los hechos. La verosimilitud literaria. En este caso proveniente de la vida de la estirpe.

Originaria de un Chetumal casi edénico, la familia Aguilar-Camín —como tantas más— habría de emigrar a una Ciudad de México en expansión. Esa que levantaba nuevos asentamientos por el rumbo del Río de La Piedad, y la que el gran novelista José Revueltas definió bien: de un lado, la clase media; del otro, la pobreza.

Adiós a los padres es una gran ventana a ese país de “oportunidades”, no exento de fatalidades (tras sobrevivir a los estragos del ciclón Janet en 52, la familia soportará también las sacudidas del temblor del 57, ya en la capital de la República).

También aquí la familia crecerá y se desarrollará, y terminará por fracturarse. Lo que el novelista reconstruirá mediante una pulsada memoria, puesto que “los hechos son los hechos, pero las emociones tienen sus propios fueron de conocimiento, empiezan y terminan donde quieren, crean sentido, establecen momentos fundadores”.

Cierro con la descripción que el Aguilar Camín hace de los padres:

“Hay una paradoja en el hecho de que los padres puedan ser a la vez los seres más próximos y los más enigmáticos, cubiertos como están por el velo de su centralidad inalcanzable. No podemos penetrar en ellos, son nuestros dioses cotidianos, gigantescos en la primera edad, rutinarios en la intermedia, nuevamente esenciales al final de la vida”.

La familia, ay.