Adiós a Raúl Zermeño

Hombre profundamente crítico, irreverente, a veces amargo y majadero, de humor intenso, el nombre de Raúl Zermeño resulta fundamental para varias generaciones de teatristas.
Crítico e irreverente, de humor intenso.
Crítico e irreverente, de humor intenso. (Especial)

México

El viernes pasado murió el maestro Raúl Zermeño después de algunos años de deterioro de su salud. Fundó y dirigió en 1975 la carrera de Teatro de la Universidad Veracruzana y dirigió su emblemática compañía en uno de sus “varios” mejores momentos. Fue director del Centro Universitario de Teatro de la UNAM a principios de los años noventa del siglo pasado y posee un largo historial como profesor en distintas instituciones educativas, entre las que destacan también la Escuela Nacional de Arte Teatral del INBA, el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM y la licenciatura de Artes Teatrales de la UAEM. Se formó en el INBA con maestros como Ignacio López Tarso, Clementina Otero, Luisa Josefina Hernández, Sergio Magaña, Emilio Carballido, Fernando Wagner, Lola Bravo, Dagoberto Guillaumin y, entre otros, Alejandro Jodorowsky. También estudió en la Escuela Superior Estatal de Cine, Televisión y Teatro León Schiller en Lodz, Polonia, país en el que dirigió varias películas como Concurso, Mea Culpa, Sin réquiem y Media vuelta; y teatro con obras de Arrabal,
Aristófanes y Brecht. De este último dirigió La ópera de los tres centavos, que se sostuvo en cartelera durante diez años en el Teatro Nowy de Poznan.

En una entrevista publicada en el homenaje que le rindió Paso de Gato en el número 57 de este año, Raúl contaba a Janet Pinela: “Nosotros fuimos sus primeros alumnos (se refiere a Jodorowsky), nos viene a descubrir el mundo. Alejandro fue una apertura de lo más impresionante en mi vida, porque era otra manera de hacer teatro, otra manera de actuar, otro lenguaje, otras audacias, otro pensamiento. Alejandro era fascinante. Mamón y farsante, pero fascinante”.

Hombre profundamente crítico, irreverente, a veces amargo y majadero, de humor intenso, el nombre de Raúl Zermeño resulta fundamental para varias generaciones de teatristas. Para bien o para mal, todos aquellos que pasaron en las aulas o en los escenarios bajo su mano lo habrán de recordar. Mi primera experiencia como espectador de Zermeño fue con Marta la piadosa, de Tirso de Molina en 1986, y desde entonces me pareció un gran director. Pocos años después me invitaría a dar la materia de Historia del teatro mexicano en el CUT. Además, cosa rara en su generación, se interesó en dramaturgos mexicanos como Jesús González Dávila, Víctor Hugo Rascón Banda, Luis Eduardo Reyes, Emilio Carballido, Jorge Ibargüengoitia y Luisa Josefina Hernández. De hecho desde su período en Polonia adaptó Los albañiles, de Vicente Leñero, para la televisión. Descanse en paz, maestro.