Adiós a Guillermina Bravo

Considerada como la artista más destacada de la danza mexicana contemporánea, Guillermina falleció el pasado miércoles.
Guillermina Bravo
Guillermina Bravo (Especial)

Ciudad de México

Si uno tenía la suerte de acudir a los entrenamientos del Ballet Nacional de México de Guillermina Bravo en su legendaria sede de la calle del 57 antes de que se mudaran a Querétaro, se asistía a un espectáculo fenomenal. En una sola clase de danza contemporánea coincidían los mejores bailarines del país: Antonia Quiroz, Miguel Angel Añorve, Victoria Camero, Jaime Blanc, Orlando Scheker, Eva Pardavé, Miguel Ángel Zermeño, Jesús Romero, Lorena Glinz, entre otros.

La emoción de ver una clase de mucha exigencia y de alto rendimiento era igual de impactante que verlos en función. Este punto es clave para entender la trascendencia de Bravo en el arte mexicano, porque Guillermina fue quien profesionalizó la enseñanza de la danza contemporánea en México y logró, por primera vez, impulsar una compañía de ese perfil fuera en el país, hacia la primera fuerza internacional con un éxito que al día de hoy es poco recordado.

Responsable de la introducción de la técnica Graham en México, Bravo, fallecida el 6 de noviembre en Quéretaro, fue desde sus inicios una bailarina fuerte y decidida en hacer avanzar el conocimiento de la vanguardia internacional.

Considerada como la coreógrafa más importante del Siglo XX y su obra El llamado la pieza más significativa de ese mismo siglo en México, según una encuesta publicada hace algunos años, Bravo fue una creadora de gran aliento que vislumbraba a través de sus conocimientos de música –estudió piano en el conservatorio—, teatro, pintura y literatura, la creación a partir de los cuerpos de sus bailarines.

Adelantada a su tiempo, Bravo marcó el final de la danza moderna para iniciar la danza contemporánea. Su obra era crítica, feroz y en muchas ocasiones fue considerada como radical en su posición política de izquierda.

Su enorme capacidad de enseñanza y lo laborioso de su proceso creativo fue detonador para que decenas de bailarines y coreógrafos como Claudia Lavista, Jorge Domínguez, Agustín Martínez, Lidya Romero, Rosa Romero y Alejandro Chávez, entre otros, decidieran consagrar su vida a la danza.

En cuanto a su obra, fue prolífica y trabajó tanto con piezas cortas como con montajes de gran formato. Investigadores y estudiosos han divido su labor en diferentes etapas, según la manera de abordar el foro. Pero a ella no le interesaba atesorar sus obras. Las construía y, en su visión, vivían lo que tenían que vivir y nada más.

Enemiga de reponer obras de su repertorio, buscaba estímulos afanosamente, para hacer nuevas piezas y dejar el resto atrás. Le interesaba el contexto del momento y no la preservación de su valiosísima obra. "Mira Rosario —me dijo en una ocasión con su voz grave, desgastada por el cigarro—, quién vio mis obras en su momento está bien, no necesito conservarlas en un museo para que se conozcan. Eran efímeras, duraron lo que debían y desaparecieron".

Cuando hace muchos años le pregunté por qué no reponía montajes como El llamado, Epicentro y Homenaje a Cervantes, fue categórica: "No tengo ya a los bailarines para hacerlo, yo creaba para mis bailarines, para esos cuerpos que se movían de cierta manera, no tengo al llamador que era Miguel Ángel Añorve. Ya no está Victoria y Antonia está cansada".

Bravo no tuvo miramientos para nadie. Era estricta en sus ideas pero aflojaba el paso con gran humor, cuando había que pasarla bien. En las reuniones de la primera edición del programa México en Escena del Fonca, solía reírse y hacer bromas sobre los nombres de los grupos: "A ver, explícame que es esto de Quiatora Monorriel", y después reía encantada: "quiero conocerlos".

Con su gran carácter, fue de las primeras en alzar la voz cuando se construyó el Centro Nacional de las Artes, y criticó ferozmente que no se enseñara la técnica Graham dentro de los programas del INBA. Rafael Tovar y de Teresa —en aquel tiempo, como ahora, presidente de Conaculta— no sabía qué hacer para convencerla de lo importante del proyecto. Jamás la convenció.

Ese mismo carácter indócil, juvenil e implacable la hizo considerar, en 1996, que su compañía fundada en 1948 debía desaparecer. Cansada, no encontraba motivación alguna para crear. Sintió entonces que el grupo ya no cumplía con las necesidades de la época y lo cerró a pesar de las críticas de quienes habían sido sus principales enaltecedores como Raquel Tibol y Alberto Dallal.

Lo que sí decidió continuar fue su proyecto educativo, pero se encontró con una pared de hierro: "Quién iba a pensar que a esta edad iba a estar como al principio, pidiendo limosna para el Colegio Nacional de Danza Contemporánea. No entienden que hay que pagarle a los maestros y que el proyecto debe de seguir. Mira nada más lo que le hicieron a Descombey. De solo imaginar que él mismo tuvo que desmontar el teatro que con tanto esfuerzo armó, me parté el corazón".

Para su nonagésimo cumpleaños en 2011, Ignacio Toscano le había organizado un proyecto con doce coreógrafos y doce compositores, bailarines y músicos que harían e interpretarían obras para homenajearla. El proyecto no logró consolidarse por la "enorme crisis por la que pasa el país", dijeron las autoridades a un frustrado Toscano.

Con graves problemas de salud, Guillermina Bravo decidió pasar los últimos días de su vida en Querétaro —"me encanta su cielo", decía—. Leía religiosamente el diario todos los días, escuchaba música, leía a los premios Nobel —"ya no tengo tiempo para leer otra cosa" —, fumaba y tomaba café.

Ya no quería ver a nadie, vanidosa y coqueta, sentía que llegar a los noventa le quitaba mucho de su gran belleza. Estaba equivocada.