Llega arte abstracto de EU al Museo Rufino Tamayo

La exposición exhibe obras de artistas como Rauschenberg, André, Kelly, Stella McCraken y Smithson, entre otros.
"Red Blue Green" de Ellsworth Kelly.
"Red Blue Green" de Ellsworth Kelly. (Museo Rufino Tamayo)

Ciudad de México

Heredero de una corriente pictórica de gran prosapia durante el siglo XX, el arte abstracto estadunidense presentado en la exposición más reciente del Museo Rufino Tamayo puede considerarse como un producto tardío dentro de la amplia gama de propuestas visuales que durante el siglo pasado se opusieron al figurativismo como centro del quehacer pictórico. De Kandinski a Pollock, el abstraccionismo en las artes visuales fue una elección creativa que marcó indudablemente el periodo de transición de la pintura moderna, signada por las vanguardias, al arte contemporáneo, marcado por la plurivocidad ideológica y la desrregulación estilística.

No obstante esta consideración, la breve pero contundente muestra de arte abstracto estadunidense Doble negativo: de la pintura a la escultura, inaugurada la noche del jueves pasado, conformada por piezas residentes en el Museo de Arte Contemporáneo de San Diego, revela un cariz propio, propositivo y tecnologizado. Asimismo, conforma una propuesta global alejada de las sospechas ideológicas que pesaron sobre el expresionismo abstracto de la posguerra para erigirse en un movimiento que reta las convenciones asociadas con el arte contemplativo y los paradigmas clásicos de lo que cuenta como belleza artística.

Así, la exposición abre con uno de los momentos más contestatarios de Robert Rauschenberg: Tela zurcida y listones, de 1976. Retoma de materiales artesanales que evocan una de las bellas artes canceladas durante el Renacimiento: el trabajo sobre telas, principalmente con el bordado. La tela del también exponente del pop-art, modifica la prolijidad artesanal del bordado antiguo para presentar una tela inequívocamente industrializada, en gran formato y sutilmente detallada para pender como una improbable muestra de arte sin más.

Enseguida, la propuesta de Carl André, con su Magnesium-Zinc Plain, de 1969, auténtico tapete de tonalidades grisáceas elaborado con los materiales que lo nombran. Una vez más, emula otra de las bellas artes canceladas en la Antigüedad: la ardua elaboración de tapetes, sobre todo en el Medio Oriente de hace un milenio, llenos de colorido, tejidos imbricados y escenas narrativas. El tapete metálico de André, en cambio, proporciona una belleza rotunda, fría, armoniosa en la dualidad de grises, reminiscencia de cielos borrascosos y juegos de azar.

También tenemos la presencia del estallido de colores con base geométrica que caracterizó mucho del arte (tanto abstracto como pop y psicodélico) de las década de los sesenta y principios de los setenta, con obras como Red Blue Green, de 1963, a cargo de Ellsworth Kelly, y Sabra III, de Frank Stella, de 1967. Todo ello en gran formato y con una omnipresente base de trazos en simetría: apelación a los paradigmas cognoscitivos de la mente humana al momento de abstraer del entorno patrones lineales y planos de colores.

Una pieza emblemática de la abstracción pictórica la observamos en el óleo sin título, 1966, de Joe Baer. Sobre el rectángulo del espacio creativo tenemos un delgado encuadre bicolor verde y negro que delinea la totalidad del lienzo pintado en óleo blanco, simulando así al propio lienzo virgen. Simulacro pictórico que, además de reflejar una apacible belleza visual, subraya un problema recurrente en el arte pictórico contemporáneo: si el solo espacio del marco es suficiente para hacer rendir su interior como obra de arte.

Por su parte, Larry Bell exaspera los límites de la teoría del arte con una variación translúcida de las cajas de detergente de Warhol (Brillo Box, de 1964), por medio de su magnífico cubo de vidrio reforzado y marco cromado, sin título, de 1980. Algo hay allí, una belleza que excede tanto las armonías contrapuestas de la artesanía y la mercancía industrializada, lo mismo que la mera provocación artística, que hacen de este cubo semitransparente un verdadero monumento a las posibilidades de la belleza estética en la era posmoderna.

En este sentido, el arte abstracto, sin duda, pasa también por el manejo y el acabado de los materiales, como en el tablón negro al alto brillo de John McCraken, Nine Planks IV, de 1974, hecho de resina poliéster, fibra de vidrio y madera. O la armoniosa barra de unos dos metros de longitud con montajes cúbicos más pequeños, sin título, de 1972, a cargo de Donald Judd, hecha de aluminio anodizado y hierro galvanizado.

Y el cierre contundente de la colección, obra seminal de todo arte contemporáneo posterior, amalgama de materiales, técnicas y acabados: Mono Lake Non-Site, (1968), de Robert Smithson, trágicamente fallecido en plenitud de facultades a principios de los años setenta. Obra instalada en correspondencia de dos cuadrados, uno enmarcado y otro objetual, conformada (en la parte de abajo) por un recipiente de acero pintado que contiene en su perímetro pedrería volcánica pulverizada, y pendiendo en un marco metálico un mapa fotocopiado intervenido en su centro por una grande cuadrícula blanca. Juego de espejos en diferentes acabados. Mixtura material y polisemia inferida que ya no abandonará más al arte contemporáneo, de entonces a nuestros días.

La exposición puede admirarse en el Museo Rufino Tamayo, Reforma y Gandhi, primera sección del Bosque de Chapultepec, hasta el próximo julio.