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Martes , 25.09.2018 / 06:36 Hoy

65 años de La Capilla /II

La explosión demográfica de teatristas en la capital no lograría paliarse si no existiesen espacios como éste.

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Luego de que Jesusa Rodríguez tuviera el buen tino de “enganchar” a Boris Shoemann para encargarse de La Capilla, el espacio se convirtió en uno de los foros más palpitantes del DF (todavía no nos cagaba Mancerita con su CdMx). En días pasados, el teatro cumplió 65 años de vida en el barrio de Coyoacán, sumándose a algunos más como el Santa Catarina, el Hugo Argüelles y el Enrique Lizalde. Los 17 años que Boris lleva al frente se han distinguido por dar impulso a la dramaturgia contemporánea mexicana y mundial. Muchísimas plumas han visto la luz en él.

Boris nos cuenta cómo dio con el teatro: “En 1999 llegué a la Ciudad de México para dar un taller de lecturas dramatizadas en el Centro Universitario de Teatro (CUT) de la UNAM, y una de las lecturas de un texto de Michel Marc Bouchard que acababa de traducir se convirtió en puesta en escena. En 2000 estábamos a punto de estrenar la obra en el foro del CUT cuando estalló la huelga de la UNAM. Su entonces director, José Ramón Enríquez, me propuso que buscara un teatro que la UNAM pudiera rentar para que hubiera una temporada de tres meses de la obra Los endebles. Enseguida pensé en La Capilla”.

La explosión demográfica de teatristas en la capital no lograría paliarse si no existiesen espacios como éste. El lujo de que funcione toda la semana y que Boris, en la locura, haya inaugurado una pequeña sala que bautizó como Salvador Novo, viene a multiplicar las ya muchas tareas que este hombre de teatro se ha echado encima. Talleres, lecturas dramatizadas, ediciones: realmente imparable. “Es un lujo ser director de un teatro porque tienes la libertad de llevar a cabo tu trabajo e invitar a otros artistas a presentar el suyo. Es maravilloso tener un recinto: es un privilegio… y una esclavitud a la vez. Tras 28 años viviendo en México, me doy cuenta de que 17 los he pasado dirigiendo La Capilla.

“Desde su creación ha sido un espacio en el que se da preferencia a la palabra y la dramaturgia contemporánea. Aunque no conocí a Novo, siento su presencia. Él ha asistido, en la sombra, desde el palco a la derecha, a algunos de nuestros ensayos… y no soy el único que lo dice: él ha saludado y, a veces, asustado a muchos actores desde su balcón. Espero le haya gustado lo que ha visto y escuchado. Sin pertenecer a la misma época, tenemos en común el amor a la palabra, al teatro contemporáneo, a todo aquel que aporte algo y renueve la escritura teatral y la escena nacional”.

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