Diario espiral

Colocado en un universo cerrado, “el país entero es un disco rayado”, y el personaje central de 33 revoluciones enfrentará un dilema conocido al hacer suya la sentencia del “esto ya no da para más”.
Canek Sánchez Guevara, '33 revoluciones', Alfaguara, España, 2016,
Canek Sánchez Guevara, '33 revoluciones', Alfaguara, España, 2016, (Especial)

México

No sé muy bien dónde ubicar los haberes narrativos de Canek Sánchez Guevara.

Nacido en La Habana, Cuba, en 1974, salió casi de inmediato de la isla para radicarse en México, donde murió tras un padecimiento cardiaco en 2015. A los 12 años regresó a tierras cubanas para confrontar su condición de “nieto del Che” con las dificultades de un país bloqueado y en crisis, como muchos otros de la geografía tercermundista.

Músico y diseñador gráfico también, en México fue donde ejerció la crónica (Milenio Semanal), si bien su poesía se publicó antes en Barcelona y París. Ahora la multinacional Alfaguara pone en librerías 33 revoluciones. Que a diferencia de lo que se promociona como una novela, es un conjunto de narraciones (9) de temas juveniles y desencantados encabezados por el que da nombre al libro, y que de acuerdo a lo signado por el propio autor fue pergeñado a lo largo de siete años.

33 revoluciones es una crónica panorámica de la Cuba contemporánea al autor. Un diario espiral que pretende hablarnos de una épica: la de la “dignidad pobre pero coherente, del sacrificio como modus vivendi y la resistencia como superación”.

Son los días que un artista, ciudadano de a pie, transita en un ambiente desfavorable y hermético. La inobjetable realidad de “la repetición”, por ello la sugerencia a las 33 revoluciones, ritmo al que giraban los desaparecidos discos de vinilo.

Colocado en un universo cerrado, “el país entero es un disco rayado”, y el personaje central de 33 revoluciones enfrentará un dilema conocido al hacer suya la sentencia del “esto ya no da para más”.

Sentencia que alude a la diáspora cubana, también recreada literariamente (especialmente desde la novela) por una decena de autores, sin importar si a la fecha viven dentro o fuera de la isla, publican o no en ella. La gran novela que entre todos (Padura, Guerra, Gutiérrez, Dovalpage y más) escriben desde hace unos treinta años.

De vuelta en el escenario cubano, Sánchez Guevara nos remite a su estirpe. No gratuitamente sino para —“memoria selectiva” mostrar los días que a muchos le tocaron en suerte.

A esos estudiantes que “exigían el derecho a tener el pelo largo, y argumentaban que la revolución la hicieron unos peludos que no se bañaban (alguien llegó a afirmar que el Che era friki), y que en última instancia, el pelo no era impedimento alguno para el aprendizaje”.

Retratos de un tiempo.

Habría que desempolvar estas crónicas de cierto morbo hereditario y leerlas desde la humanidad de sus personajes (y de su autor), siempre en busca de nuevos espacios para la felicidad, aun sujetos de la obligación y la moda.

“Cuando me dieron el machete y me dijeron: Arrasa, fui el hombre más feliz del planeta”.

Felicidad (y búsqueda) a las que invitan las crónicas de Sánchez Guevara.