La salsa hizo gozar al Cenart

Con la presentación de la Spanish Harlem Orchestra cerraron los festejos del 20 aniversario del Centro Nacional de las Artes.

Ciudad de México

El 30 de noviembre el Centro Nacional de las Artes (Cenart) llegaba a su 20 aniversario, por lo cual preparó un vasto programa que incluía desde actividades para niños hasta la transmisión de una ópera desde Italia. Pero tenía que cerrar con un espectáculo fuerte y atractivo, artístico pero popular, de gran calidad pero también para el barrio. La solución fue una: la Spanish Harlem Orchestra, banda que ha demostrado desde hace más de una década que la salsa dura también puede ser refinada.

La agrupación neoyorquina (porque en la Urbe de Hierro se reunieron los músicos que la componen: en ella militan desde originarios del Bronx hasta de Costa Rica, Ecuador y Puerto Rico) fue formada en 2002 con la intención de preservar los grandes ritmos latinos que han sacudido las pistas y las calles de aquella ciudad (Viva la tradición se llama su cuarto y magnífico álbum). Varios de sus miembros, como Óscar Hernández, su líder y pianista, el cantante Ray de la Paz (que en esta ocasión no pudo venir a México) y el trombonista Reinaldo Jorge han sido integrantes, cada uno por su lado, de bandas legendarias como las de Tito Puente, Fania All Stars, Louie Ramírez, Ray Barreto, Celia Cruz, Rubén Blades, Willie Colón y un tan prolongado como prestigioso etcétera.

Para aprovechar que la orquesta se encuentra promoviendo su quinto disco (“no hay quinto malo”, dice el lugar común), el Cenart ha aprovechado el envión que eso significa para traerla y vestirse de gala para su celebración. La Hispánica del Barrio no desaprovecharía la ocasión para ratificar su excelencia musical.

Un par de semanas antes ya circulaba en redes sociales la invitación para la presentación estelar y gratuita de la Spanish Harlem Orchestra en el Cenart, lo que hizo que salseros consumados y melómanos de buen gusto apartaran con anticipación el 30 de noviembre para celebrar un gozoso ritual rumbero.


Tempraneros

Ante la respuesta que la invitación del Cenart y de la Hispánica del Barrio había tenido en redes sociales, lo mejor era llegar temprano a la Plaza de la Música —el concierto estaba anunciado a las siete de la noche—. Había que apurar el paso.

Llegada al Cenart por Tlalpan: las rejas del centro, tapizadas con carteles de protesta por los desaparecidos de Ayotzinapa y los detenidos de la manifestación del 20 de noviembre: 43+11. Sin embargo, no hay paro en las actividades de este domingo, lo cual se agradece (en muchas de las actividades realizadas se manifestará solidaridad con esas luchas).

Apenas las seis de la tarde, pero ya un tercio de la plaza está ocupado por un público ávido de salsa mayor. Mientras la Spanish Harlem hace pruebas de sonido, resulta una hazaña atravesar la masa tempranera para llegar a la zona de prensa frente al escenario. Pero más tarde tal esfuerzo sería bien recompensado (entre los que pasaron por el intransitable pasillo estuvo el pianista mexicano Irving Lara, quien después se dio el gusto del clásico palomazo).

Tras una espera durante la cual la Plaza de la Música acabó por padecer los estragos de la explosión demográfica, y justo a las siete de la noche, la Spanish Harlem Orchestra aparece para colmar el escenario. Desde los primeros acordes de su introducción (una pieza en la mejor tradición del jazz latino) y de la presentación de la banda impone su ley: “Lo que le brindamos al mundo/ melodía y sentimiento./ Es ese ritmo y tumbao/ lo que le traemos al pueblo/ con mucha fe y alegría/ con conciencia y corazón./ Latinos unidos,/ vamos a celebrar/ nuestra música./ Oye este ritmo sabroso/ que a ti te pone a gozar./ Se lo digo, caballero/ como esta orquesta no hay igual”.

La segunda canción es la contundencia misma: “La salsa dura”, una de las piezas clave de la Spanish Harlem Orchestra, una auténtica declaración de principios: la enorme potencia de la banda (especialmente de los metales, acompañados por una sección de percusiones de la que dice Óscar Hernández que es la mejor, y no en tono de broma) se amalgama con la bravura de la letra y la fina voz de sus cantantes (Carlos Cascante, Marco Bermúdez y Willy Torres, quien vino en sustitución del formidable Ray de la Paz, y que apenas nos hizo extrañarlo): “Ya la fiesta comenzó/ con sabrosura,/ ya la gente comienza a llegar/ es un ritmo con sabor/ a salsa dura/ agradable para el paladar”.


Llegó (y se fue) la banda

Para exhibir su maestría en los ritmos afroantillanos y rendir homenaje a una de las fuentes de la tradición de la cual se reclama, la Hispánica del Barrio interpreta “Escucha mi son”, una delicia para el bailador. Al término de la interpretación, su líder, Óscar Hernández, nos regresa a nuestra realidad: dice que la música que la banda toca esta noche está dedicada a los 43 normalistas de Ayotzinapa que están desaparecidos, lo que da pie al inicio del conteo que termina con un grito: “¡Justicia!”. A continuación Bermúdez también recuerda a Chespirito.

De su disco más reciente viene a continuación su versión de “Canción”: Pablo Milanés nunca había sonado tan bien (excepción hecha de la versión que la Sonora Ponceña le hizo hace algunos años). Entonces acaece la desgracia: a mitad de la celebración salsera el sonido no aguanta el poderío de la orquesta y se apaga por un rato. Durante varios minutos la orquesta hace un unplugged, pero decide tomarse un receso ante la notoria incompetencia de los técnicos de audio.

Tras la deleznable interrupción, la Hispánica de Barrio regresa para concluir el tema de Milanés y retomar la magistral cátedra de ritmos afroantillanos: desgrana más salsa propia (“Caribe soy”), y aborda el bolero (“Espérame en el cielo”, con un gran juego vocal), el chachachá (“Cómo baila mi mulata”, si no me equivoco”) y el jazz latino instrumental (“Rumba urbana”). Para culminar la fiesta se deja ir con un mambo (“This is mambo”, portentosa actualización de una vieja canción que en los años cincuenta interpretaba el legendario Tito Rodríguez).

Entre la euforia, la Spanish se retira lentamente y de manera no muy decidida del escenario; pero su pueblo latino quiere más, y se lo pide. Ya metida en los clásicos, la orquesta no podía dejar de tocar uno de la más pura salsa brava que incluyó en su primer disco, canción de los grandes años del dúo Willie Colón/Héctor Lavoe: “Llegó la banda”. Reza así: “Llegó la banda/ tocando salsa/ para que entren/ en la bachata./ Todo el mundo está contento/ porque les viene a tocar/ un grupo de bandiditos/ de la escuela musical./ Ahora tú ves/ cómo todo el mundo/ contento se ha puesto ya/ tiren paso, bailadores/ porque vamos a gozar”. Y, efectivamente, en la Plaza de la Música se disfruta la sabrosura de la salsa de verdad.

Allí termina la gozadera. Felicidades, Cenart: muchos cumpleaños de estos.