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La de Puebla, una historia de daño a sus recursos hídricos

El Atoyaque o Atoyac no era la única corriente: pese a no ser de “agua dulce”, la Ciudad de los Ángeles aprovechó el Alomoloya, después llamado río de San Francisco, para llevar agua a sus molinos: cuatro años después de la fundación de abril de 1531
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Ríos eran los que circundaban a la actual capital de Puebla; por ello se eligió el valle de Cuetlaxcoapan para fundar la Ciudad de los Ángeles en 1531. Para 1960 aproximadamente, cuando se hizo “una vista panorámica del valle de Puebla, mostrando su hidrografía”, se ve claramente el río que dividió a la Angelópolis de Cholula. Hay documentos que prueban que los españoles “tomaron” de los cholultecas el lado oriente del Atoyaque para la fundación de la urbe.

La vista fue realizada por “el sistema de obras de defensa y embovedamiento del Río San Francisco y Arroyo de Xonaca”, firmado por Salvador Ortega pero sin fecha.

Pero el Atoyaque o Atoyac no era la única corriente: pese a no ser de “agua dulce”, es decir, de líquido para consumo humano y de animales, la Ciudad de los Ángeles aprovechó el Alomoloya, después llamado río de San Francisco para llevar agua a sus molinos: cuatro años después de la fundación de abril de 1531, ya estaba establecido el molino “de pan moler” de San Francisco.

Pero la urbe angélica también aprovechó otras corrientes que, como el Alomoloya venían de la Matlalcuéyetl, hoy conocida como La Malinche: las que bajaban por el hoy Bulevar del Santuario y por el conocido como “Arroyo de Xonaca”, y se surtía de agua dulce de las “cieneguillas” del norte para el centro de la ciudad que cumplirá 500 años de fundada en el 2031, es decir en trece años.

Otras aguas “derivaciones del río que afloraban en forma de ‘ojos de agua’” que abundaron en este altiplano rodeado de cerros como tecajete bocabajo, fueron las sulfurosas que, si bien no eran utilizadas para la industria harinera, textil o de curtidos como el San Francisco y el Atoyac, sí lo fue para aprovechar sus aguas medicinales.

Sin embargo, en este 2018 se cumplen 51 años de la conclusión del entubamiento de las corrientes del Alomoloya, del Arroyo de Xonaca, de las aguas que bajaban por el Santuario, y las obras de la línea 3 de la Ruta, irónicamente, están destruyendo lo que quedaba del monumento que daba fe de ese hecho, inaugurado por el de triste memoria, Gustavo Díaz Ordaz.

Le quedan a la ciudad de Puebla el hoy desperdiciado y casi desaparecido Alseseca (o río de aguas frías), y el Atoyac, el atoyaque, palabra náhuatl que simplemente quiere decir río. Aunque éste está tan contaminado, tan dañado, tan malherido, que no sería una sorpresa que dentro de 51 años se “celebrara” el aniversario del entubamiento o la desaparición del río “para bien de la ciudad” como se dijo cuando se desapareció el San Francisco, “contra natura”.

Hoy que las altas temperaturas hacen añorar las arboledas que nos protegían de ellas, el Atoyac sufre de estertores que podían llevarlo a la muerte.

Desagüe y desperdicio

…El río Atoyac, donde es perceptible el caudal que fue empleado desde el siglo XVI como fuerza motriz de molinos y después de 1835 se empleó además como desagüe de fábricas textiles, nos recuerda la investigadora de la UAP Rosalva Loreto en su libro “Una vista de ojos a una ciudad novohispana. La Puebla… del siglo XVIII” al presentar una fotografía de la corriente de agua fechada cerca de 1930.

Y del Almoloya, anota en el texto: “A lo largo de cuatro kilómetros… desplazó consigo y de manera cotidiana los desperdicios orgánicos y basura y gracias a su capacidad de depuración residual el San Francisco comenzó a convertirse en la gran cloaca urbana”, como ahora está sucediendo con el Atoyac, sólo que con éste el fenómeno es de mayores dimensiones y los residuos que recibe son principalmente desechos industriales y de construcción, amén de todo tipo de basura.

Uno de los antecedentes por los que el río de San Francisco fue convertido en vertedero de inmundicias, lo fue el que, pese a las quejas y denuncias, las autoridades no atendieron y, finalmente, hace 51 años terminaron por embovedarlo, con materiales tan estrechos y precarios que aún hoy la ciudad llega a padecer desbordamientos en sus calles cercanas al antiguo lecho del río, hoy Bulevar Héroes del 5 de Mayo, si hay un aguacero.

Ejemplo de lo anterior es el informe que el procesador general de la ciudad rindió en 1803: “…las basuras que sacan los carros y demás, las van echando en el río de San Francisco, detrás de la capilla de Nuestra Señora de los Dolores, inmediata al puente (de San Francisco, posteriormente 5 de Mayo) y se ha formado un montón de competente altura”.

Hasta el año 2000 había un puente sobre el río Atoyac, a la altura del actual Bulevar Atlixco, que fue construido “de mampostería” y se conocía simplemente como “Puente Atoyac” y, cuando fue destruido “Puente de las Ánimas” por estar cercano a la garita de “Las Ánimas” es decir, donde se cobraba peaje que se destinaba a rezos y misas por las almas del purgatorio.

Ese puente fue destruido (subrepticiamente, de noche, una noche) “porque su capacidad de caudal provocaba que se depositara material que arrastraba el río en época de lluvias inundando las calles contiguas y las calles existentes” de acuerdo con el libro “Los puentes antiguos de Puebla. Breve monografía”, de Pablo Durán Guzmán y Marco Antonio Silva Rosete, sin fecha de publicación pero presentado en el año 2003.

Ciertamente el puente fue destruido, pero ello no impidió que, incluso hoy día, cuando han pasado un par de semanas sin llover, se acumulen desperdicios de los más variados, entre los que destacan llantas y muebles e, incluso animales muertos.

Ese era conocido como el Puente de Cholula y, muy joven la ciudad, con apenas seis años de la fundación “oficial” que conocemos del 16 de abril de 1531, ya existía. Era de vigas hasta 1610 y fue arruinado “desde 1634 a 1676”, cuando el obispo Fernández de Santa Cruz ordenó se hiciera uno nuevo, el cual quedó concluido en 1702 “debido al empeño del alcalde mayor, Juan José de Veytia Linaje el mismo que reedificó el Puente de México y el palacio municipal”; Bermúdez de Castro asegura que el puente se construyó durante el virreinato de Alburquerque “el viejo (1653-1660)” más pequeño que el de la antigua salida a México, según citan Durán y Silva.

Los autores del texto publicado por el desaparecido Consejo del Centro Histórico de la Ciudad de Puebla, concluyen: “…en la medida que estudiemos detenidamente el cause de los ríos, riachuelos, manantiales (ojos), avenidas de agua que tuvo en su momento la ciudad, podremos conocer y entender el desarrollo de ésta…”

Y más: “…de aquí la recomendación de la limpieza de nuestros ríos, en especial en el sitio donde están los puentes, para evitar que el río con los objetos que pudiera arrastrar, como basura, escombro o la misma arena que arrastra el río, obstruya alguno de los ojos o claros, desarrollando mayor velocidad en el sitio donde circula el agua, favoreciendo la excavación, con el aumento de corriente, por debajo de alguno de sus soportes o pilares.”.

Y citan: “Como lo observamos en el Puente de Amalucan (colonia Ignacio Zaragoza) y Puente de México, en los cuales la falta de mantenimiento provoca la circulación forzada por alguno de sus ojos, observándose el deterioro en los pilares del puente”.

Agua sin rapidez

Río de la madre, Río de Los Remedios, Arroyo de Xonaca era una corriente de agua que, en náhuatl era conocida como “Tlaminca” que en español tiene dos acepciones: “Lugar de flecheros” o “correr el agua con rapidez”, pues el verbo “tlamina” también significa eso, además de “tirar las flechas” citan Durán y Silva al hablar de la corriente de agua que fluía en los barrios de El Alto y la Acocota, donde de ello no queda sino una tienda de telas llamada “El puentecito” en recuerdo al puente que hubo ahí para evitar la corriente.

El agua que ahí pasaba fue desperdiciada, y hoy cuando llueve va hacia las alcantarillas.

Hoy el Atoyac y el Alseseca son las corrientes de agua que nos quedan. Pero su alta contaminación hace temer por sus vidas.

Pero esa contaminación viene de siglos, aunque hoy la depredación es más agresiva y siempre sin pensar en el futuro; Rosalva Loreto cita cómo se dañó al río San Francisco por el abundante consumo de carne de puerco:

“Estos conjuntos productivos (de ganado porcino y los procesos para hacer tocinos y jabones) resultaron contaminantes si se considera por un lado los efectos de la polución atmosférica causados por la quema continua de leña y carbón y por el otro a las escorrentías que diseñadas aprovechando el desnivel del suelo transportaban hasta el río las excretas de los puercos ricas en nitratos y otros productos de origen agroganadero, dependiendo su gradiente de descomposición de la temporada del año y la cantidad de residuos arrastrados, contribuyendo a obtener niveles variables de contaminación orgánica”.

A lo cual se agrega: “La depuración asignada al afluente se alteraba por las actividades procedentes del lavado, batanado y entintado de los textiles de lana en los obrajes y como parte del proceso de limpieza de las pieles de las tenerías. Se puede afirmar que estos últimos tipos de producción fueron altamente contaminantes en determinadas secciones del río en torno a las cuales habitar representaba un riesgo para la población que en este caso resultaba altamente vulnerable”.

Hoy, el Atoyac está peor. Ojalá por lo menos estuviera en las mismas.

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