Edición:

El fantástico mundo de Juan Cirerol

El Ángel Exterminador •

El cantautor de Mexicali lleva tres de cinco presentaciones en Colombia. Vino a "hacer leña" y aunque sus corridos los canta en jerga del norte de México, el rockeño se da a entender con su voz caguamera.

Bogotá • Dice que no necesita a “esos pinches hipsters” de la Condesa y la Roma, que no los extraña y la risa se le desborda porque la verdad es que los lleva en su corazón taquicárdico. Ex dirigente de una banda punk, se define como un intérprete del personaje que es él mismo y que es bien recibido por el público bogotano asiduo al centro cultural Gilberto Alzate, sede del Festival Centro que organiza la alcaldía. Desde las butacas, unas doscientas personas lo miran a él y a sus botas con ojos antropológicos, pero poco a poco se dejan enamorar por las doce cuerdas de este sujeto ajeno al conflicto moral surgido de los asesinatos, secuestros y coches bomba perpetrados por los cárteles de Medellín, Cali, la guerrilla y los paramilitares. El canta a sus anchas: “en esta vida el dinero es el que cuenta, y aquí en Chicali (Mexicali) nosotros vamos a rifar y de paso me pasas un perico, porque no quiero quedarme sin pistear”.

Aquí se dice que los ricos se creen ingleses; la clase media, gringos y los pobres quieren ser mexicanos. Precisamente la música de Cirerol representa ese cliché del mexicano que aunque nació desgraciado, es feliz con sus vicios que lo atan a la tragedia y a su guitarra, un cantante regional. A eso hay que agregarle unas letras sesudas, pero de un romanticismo raso al mismo tiempo y que combinadas con su personalidad bonachona y alburera ya dieron como resultado un par de discos (Ofrenda al Mictlán y Haciendo leña), que si bien nadie se atreve a decir que son imprescindibles para la música mexicana, lo cierto es que vinieron a decirle “Juan te llamas” a esa tendencia aburrida de la música independiente chilanga que intenta ser cosmopolita y lo logra solo medianamente.

En la capital mexicana, el target de Cirerol es esa generación que considera cool el mezcal, porque es artesanal y porque se vende en bares donde despacha un “mezcalier”. Cirerol es un vaquero de boutique ahora, antes tuvo historias de decadencia en cantinas y taquerías de su tierra natal; sin embargo, tiene el beneficio de hablar derecho. “Quédense con sus aplausos, yo me quedo con su dinero”, gritó al finalizar “El corrido de Roberto” en Bogotá, donde solo un grupo de siete personas, estudiantes de letras todos, se sabían sus canciones.

Aun así, el final de su recital fue colmado de aplausos, su público reconoció cierta genialidad en la música común de este mejicano con pinta de mexicano. “¿Qué piensas de que los medios te hayan bautizado como la reencarnación de Chalino Sánchez”, le pregunto en su camerino. “Nada”, responde, y esta es la única vez durante la entrevista en la que adopta un semblante serio. “Has podido satisfacer todos tus vicios aquí”, prosigo. “Pues mira, yo tengo muchos vicios, como la comida y el Montain Dew”, vuelve su histrionismo. Hombre sabio, como parece que son todos los cantantes de corridos, rehúsa hablar en privado de lo que grita en el escenario: que le gusta el perico, la mota y la metanfetamina. Sobre su tocador hay una botella de ese refresco que no se vende en México. “¿Ya escuchaste música regional de Colombia”. “Sí, la música carrilera es muy buena”, se entusiasma.

He aquí un músico que busca posicionarse como drugstar en un país que ha estado luchando las últimas décadas por sacudirse el terror del tráfico de cocaína. ¿Cómo le va?, bien. A un personaje como Cirerol, con 25 años y dispuesto a ser el Johnny Cash hispano o el Ramón Ayala de Mexicali, “siempre que haya una lana de por medio”, como él mismo dice, no le puede ir sino chévere, porque hay un mercado de jóvenes aburridos del travestismo político y cultural. Para este compatriota, la sinceridad es moneda de cambio.

Juan sabe que sus fans sienten curiosidad por saber cómo y qué se metió para estimularse el alma y las neuronas antes y después de cada concierto, sin embargo él pide discreción. Pero si el lector tiene interrogantes del tipo ¿en verdad es fácil conseguir coca en Colombia?, ¿es tan buena como dicen? La respuesta es sí, es fácil de conseguir. En cuanto a que si es buena, solo repetiré la anécdota cruel con la que los bogotanos ilustran al turista engolosinado: “parcero, acuérdate que antes de quedar en coma, Cerati estuvo de gira por Colombia”.

Juan Antonio Cirerol Romero pertenece a esos talentos que usaron YouTube y sus propios recursos para despuntar su carrera y lo lograron. Él dio el salto mediático con esa forma suya de actuar su vida de estrella consagrada por la contracultura defeña, con seguridad responde a cada pregunta de la prensa con ideas prefabricadas, pero dignas representantes de su generación. “No me importa el mundo en el que vivo, por eso tengo el mío”, dijo a una televisora cultural como quien conoce el egoísmo disimulado con activismo de toda una camada de nihilistas en edad universitaria, de ahí que no sienta el mínimo interés en las protestas sociales.

Ya estuvo el año pasado en ciudades como Medellín, Panamá, Porto Alegre, Montevideo, Buenos Aires y Santiago de Chile. A esta nueva gira le toca nuevamente esos rumbos que incluyen un show en vivo con Café Tacuba.

“¿Te vas a morir a los 27 años?”, finalizo. “No, voy a llegar a los 85, ya me tiraron las barajas”, contesta intentando convencerse a sí mismo.

twitter.com/perezpablo212