Edición:

Bob Dylan, un septuagenario tempestuoso

El Ángel Exterminador •

A sus 71 años y a medio siglo de haber grabado su primer álbum, el viejo y corrioso Robert Zimmerman regresa con un plato que continúa la saga discográfica iniciada en 1997 con el grandioso ‘Time Out of Mind’.

México • Según el diccionario de la Real Academia Española, las palabras trilogía y tetralogía son perfectamente correctas si uno quiere llamar así a un conjunto de tres o de cuatro obras. Sin embargo, si dichas obras son cinco, no hay manera de llamarlas, no de manera autorizada por la RAE. Con la bendición del añorado e irreverente Nikito Nipongo, me saltaré a la Madre Academia para decir que con Tempest (2012), el más reciente álbum de Bob Dylan, se completa la pentalogía iniciada en 1997 con el álbum Time Out of Mind y continuada con Love and Theft (2001), Modern Times (2007) y Together Through Life (2009).

Se trata de cinco trabajos grabados a lo largo de quince años y cuyo denominador común es la música de raíces, la roots music estadunidense que es decir el blues, el soul, el country, el folk, el swing, el rockabilly. Se trata de lo que Dylan escuchaba de niño, de adolescente, de joven. La música con la cual creció y con la que se fue creando un gusto. Hoy, en su temprana vejez, la recrea, la toma para dar estructura a sus letras, letras que hablan de amor y desamor, de mujeres y hombres, de trenes y carreteras, de vida y muerte.

Se dice con insistencia que Tempest será el último disco de Bob Dylan. Que no habrá más. Que con él se cierra un círculo de cincuenta años, de medio siglo de álbumes a partir del homónimo Bob Dylan de 1962, con el que a sus 21 años debutó este hombre de origen judío, nacido en Duluth, Minnesotta, el 24 de mayo de 1941, bajo el nombre de Robert Allen Zimmerman.

De ser cierto que estamos ante la obra terminal del creador de “All Along the Watchtower” y “Desolation Row” (podría ser un simple ardid publicitario), podemos decir que fue un final feliz, aunque por supuesto no se trata de su mejor trabajo. Imposible compararlo con maravillas como The Freewheelin’ Bob Dylan, Another Side of Bob Dylan, Bringing It All Back Home, Highway 61 Revisited, Blonde on Blonde, Nashville Skyline, Blood on the Tracks, Infidels o incluso algunos discos de la reciente pentalogía como los fantásticos Love and Theft y Modern Times (y un poco sin querer acabo de mencionar los que a mi modo de ver son los diez álbumes fundamentales de Dylan).

Pero vayamos a Tempest, el trigésimo quinto disco en estudio de este trovador montado entre dos siglos. Se trata de una grabación más sombría que luminosa. Al igual que los más recientes álbumes de contemporáneos suyos como Tom Waits (Bad As Me, 2011) y Leonard Cohen (Old Ideas, 2012), aquí Bob Dylan hace varias referencias a la muerte y al sentimiento de pérdida. Su voz se siente a la vez cansada y entusiasta, en algunos momentos decepcionada y en otros esperanzada. Hay ira e indignación, pero también alegría y una visión irónica de la existencia (aspectos que resaltan asimismo en los referidos platos de Waits y Cohen).

Son diez las composiciones que conforman a Tempest y abarcan diferentes géneros. El inicial “Duquesne Whistle”, por ejemplo, comienza con una introducción instrumental que parece sacada de un viejo acetato de 78 revoluciones de los años treinta, para transformarse en seguida en un divertido rockabilly que marcha con ritmo ferroviario, mientras que la preciosa “Soon After Midnight” es una nostálgica balada campirana cuya engañosa ternura esconde una sarcástica letra de venganza, sangre y crimen.

El tercer corte, “Narrow Way” es un sensacional country blues que parece salido del Highway 61 Revisited, aunque también remite a temas como “Maggie’s Farm”. Una larga letanía de más de siete minutos que da paso a “Long and Wasted Years”, otra bella balada de amor y desamor.

“Pay in Blood”, por su parte, es una gran canción, fuerte y desafiante (“Pagaré con sangre, pero no con la mía”), con una buena carga de crítica sociopolítica, como grande y crítico (y sardónico) resulta también ese estupendo blues que es “Early Roman Kings” y su sonido a la Muddy Waters, con David Hidalgo (Los Lobos) en el persistente acordeón.

“Scarlet Town” y “Tin Angel” son dos piezas excelentes, aunque quizá demasiado largas, pero ninguna se excede como la homónima “Tempest”: ¡cerca de catorce minutos para narrar la historia del hundimiento del Titanic a ritmo de danza irlandesa!

El álbum cierra con “Roll on John”, curioso y sentido homenaje a John Lennon y tal vez la última pieza que grabe el poeta de Duluth en su vida. ¿Será?

Tempest es un buen disco, muy recomendable, pero para cerrar la carrera discográfica de Bob Dylan se necesita algo más exultante, algo que se quede marcado, y creo que todavía está en condiciones de darse ese lujo.