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En el tono de Tona: "High Heels"

El Ángel Exterminador •

Mis favoritas son las piernas flacas y largas (durante años tuve en mi recámara un poster de las Sailor Moon, cual quinceañera). Me parecen tan tiernas (sobre todo si son negras o extremadamente pálidas) y siento morbosos impulsos por quebrarlas como palitos de pan.

MéxicoA sus pies

La palabra Dios es un costal donde cualquiera puede echar el concepto que se le antoje: fuente de vida, arquetipo de los arquetipos, esencia que anima el universo, el culpable de la suerte, es Todo, es matemáticas, quien premia o castiga las conductas, etc.

Mi concepto de Dios parte de la Cábala: una mente que se va autodiseñando conforme se actualiza en su obra (o sea, nosotros), proyectándose a sí misma en forma de energía-materia mutante infinita caótica e impredecible, pues lo que le hace avanzar es el azar.

Lo usual es identificarlo como un huevón de la tercera edad, retirado en el cielo; Aristóteles lo imaginó como el Primer Motor de la Energía (hoy también materia, por el mismo precio); yo lo percibo como una gran Fábrica (con su Primer Motor, en el cuarto de máquinas), creando constantemente cosas abstractas y concretas.

La Fábrica es, por supuesto, una metáfora para dar a entender algo que, por ser simultáneamente Primer Motor/Fábrica/capital/mercancía/consumidor/capitalista/proletariado, no puede comprenderse humanamente (pero por si sirve de consolación, les diré que yo, quien lo comprendo cabalmente, les garantizo que su comprensión no resuelve los problemas cotidianos de la vida, ni alarga el pene, ni genera un centavo).

El mejor producto de la Fábrica son las piernas femeninas (basta contemplarlas para justificar la propia existencia de Dios: si solo hubiera creado las aguas superiores, fractales, iPhones, más hubiera valido que siguiera en su apacible estado de potencia cero).

Mis favoritas son las piernas flacas y largas (durante años tuve en mi recámara un poster de las Sailor Moon, cual quinceañera). Me parecen tan tiernas (sobre todo si son negras o extremadamente pálidas) y siento morbosos impulsos por quebrarlas como palitos de pan.

La Fábrica no produce cosas a lo pendejo. La atractiva forma de las piernas femeninas obedece a un diseño funcional, pues las piernas fueron el medio de transporte primigenio que Adán y Eva tuvieron a la mano (o más precisamente “al pie”).

Si lo propio de la vida es el movimiento, es lógico que las piernas hayan sido uno de los mejores diseños geométricos divinos al servicio de algo que sirva y luzca. En las graciosas y conmovedoras piernas de las mujeres no solo vemos que el ejercicio premia con un plus atractivo a los músculos, sino que surge la belleza de El movimiento en movimiento. No sé si intentó lo mismo con las piernas de los hombres, o con las de las ardillas, pero con las mujeres funcionó.

Las mujeres, con vocación natural hacia el pragmatismo, con los (bellos) pies sobre la tierra, incluyen a la vanidad como parte integral de su Ser. Sócrates se lo decía a los atenienses cuando se los topaba en la calle: “Ocúpense de sí mismos”. Conocerse a sí mismo forzosamente conlleva a actuar sobre su propia persona, mejorándose en aras de la felicidad. Pero el desarrollo no solo es cuestión de pedagogía, sino de pedicure.

Las mujeres sí cuidan sus piernas (que en algunos casos también son herramienta de trabajo). En su irrefrenable labor perfeccionista, las damas llegan a cruzar aquella Franja de Gaza para los varones: los tobillos.

Los hombres somos unos huevones y nos vemos razón alguna para agacharnos y atender aquella zona alejadísima de nuestro habitual campo de acción (salvo los travestis, más papistas que el Papa, quienes llegan a tener mejores piernas femeninas masculinas que algunas piernas femeninas masculinas).

En realidad, este texto es una apología de la piedofilia (nada qué ver con el vicio de los demonios del Edén que andaban sueltos y ahora ya se reagruparon pa’ echarle montón a Lydia Cacho; no señores, esto es un asunto de patas).

Mis pies femeninos predilectos son enormes, esbeltos y alargados (quienes quieran mayor precisión buscar por Internet a la estrella porno Puma Swede y ver sus lindos piecesillos. Gracias).

Algunas personas poco familiarizadas con mi fetichismo pueden suponer que todos los pies son iguales (como los chinos, los negros, los ingenieros en sistemas y todos aquellos que pertenecen al conjunto de entes esterotipados cuya individuación no es reconocible a primera vista para los demás, pero sí para ellos mismos). ¡No, qué estupidez! Cada pie tiene, por así decirlo, su propio rostro, cuya primera manifestación de belleza está en su diseño formal: El hueso del tobillo, la pronunciación del empeine, las cualidades de los dedos y las uñas; cuya segunda manifestación es la impresión personal que la dueña de los pies imprime a sus gestos: con la firmeza del paso, la manera de andar, la forma de doblar o estirar los dedos, cómo se tuerce el tobillo, si sostiene todo el peso del cuerpo sobre un dedo, si los músculos se tensan o relajan (sobre todo en plena actividad erótica); y la tercera manifestación consta en los aditamentos elegidos según el estilo personal de la fémina (destaca, por supuesto, el tipo de zapatos y medias, pero es inagotable fuente de imaginación en cuanto a la elección de colores de esmalte y el uso de accesorios como anillos y pulseras).

En la película Boomerang, Eddie Murphy interpreta a un individuo con una fijación por los pies femeninos, y su gran trauma es que todas sus chavas son hermosas, salvo por sus horrendos pies. Yo padecí de algo semejante. En los tiempos que tenía novias (ahora solo vivo para Puma Swede) nunca tuve una novia que usara zapatos bonitos, descubiertos, enseñando los deditos.

La mayoría de mis novias tuvieron esa manía por los toscos mocasines unisex (de preferencia de colores y texturas deprimentes). Despreciaron los huarachitos y las sandalias que ennoblecen el paso natural de una hembra sobre la tierra (desmintiendo ese lugar común cumbiachero: “con zapatos de tacón, las chicas se ven mejor, que con zapatos de piso”), y si vamos a hablar de tacones, ámonos al extremo: High heels; stilletos de cinco centímetros, que provocan el contoneo de la Diosa del Desequilibrio a punto de darse en su madre; zapatos curvilíneos de formas aerodinámicas, en descarados colores plásticos (gracias a la infinita bondad del Primer Motor, desapareció la moda de los zapatos puntiagudos y ahora pululan los de plataforma chatos, o con un recorte en la punta para que se asome una coqueta uña roja.)

Los zapatos femeninos, más que una utilitaria prenda de calzado, son una prótesis a la belleza propia de los pies femeninos, que no les basta la contención ante una piel proporcionada por un Dios avaro, y sienten que les hace falta materia para completar su elegancia.

Afortunadamente yo he besado, chupado y lamido unos zapatos y unos pies que, a mi juicio, son perfectos. Gracias al Primer Motor, tengo un fetiche accesible (si fuera necrófilo sería un súper pedo conseguir legalmente un cadáver).

Los dejo, pues me voy de pedicure. Ciao.