¿Por qué le fue tan bien a la extrema derecha francesa?
Los “nuevos pobres” votaron por el Frente Nacional y no por la izquierda que arma hablar en su nombre.
Marine Le Pen.
París • Hay dos maneras de considerar los resultados de la primera ronda de las elecciones presidenciales francesas. Es obvio que los votantes escogieron establecer una contienda izquierda-derecha al elegir que el candidato socialista François Hollande y el presidente saliente Nicolas Sarkozy pasen a la segunda ronda, el 6 de mayo.
Pero eso no es todo. El mayor golpe no provino, como se esperaba, de Jean-Luc Mélechon, el disidente socialista en coalición con el resto de los comunistas, sino del Frente Nacional de extrema derecha de Marine Le Pen.
Le Pen, obtuvo 18 por ciento de los votos —superior a 16.5 por ciento que recibió su padre, Jean-Marie Le Pen, en 2002. Fue el resultado más alto obtenido por un candidato de extrema derecha en las elecciones presidenciales de la Quinta República de Francia.
Después de probar el error de las encuestas de opinión y predicciones expertas —otro claro ejemplo de la distancia entre los comentaristas y la realidad en el área—, Le Pen proclamó que se había convertido en la líder de la derecha en Francia, y prometió un gran desempeño de su partido en el futuro político del país.
Así, este resultado —el desempeño de un partido que es abiertamente xenófobo, y que hizo campaña con una plataforma antiinmigrante, antiislam, a pesar de haber reemplazado la apariencia amenazadora de su padre con la rubia y sonriente de la hija— es el centro de todos los debates.
Con uno de cada cinco ciudadanos dispuestos a votar por un partido que es, en última instancia, racista, ¿es Francia sencillamente un país discriminatorio? Esta es una visión simplista del surgimiento de Le Pen; la fuerza que impulsa el éxito del Frente Nacional es socioeconómica y cultural.
Marine, como la llaman sus partidarios, se las ingenió para atraer a grupos de votantes diferentes y contradictorios que aborrecen cualquier cosa “extranjera” -inmigrantes que obtienen empleos y beneficios sociales, globalización, fronteras abiertas y el euro que lleva el empleo a países lejanos, sin beneficio aparente para el ciudadano común. Votar por Le Pen es un acto de protesta contra los partidos populares que no han ofrecido soluciones convincentes a los problemas de Francia, mientras disfrutan de los beneficios del poder.
Los pobres franceses —los marginados, “invisibles”, como describe Le Pen a aquellos que han sido excluidos del sistema económico por la crisis— han elegido votar, en grandes cantidades, por la extrema derecha y no por aquellos en la izquierda que tradicionalmente afirman hablar en su nombre.
Mélechon se esforzó por convencer a esos votantes de escoger una alternativa de izquierda, pero no logró igualar el atractivo más amplio de Le Pen. Triunfó parcialmente con la clase trabajadora y los estudiantes jóvenes, pero no con los “nuevos pobres” de la crisis actual, que se unieron al Frente Nacional. Pero el éxito de Le Pen también es, como sugirió Hollande en su primer discurso del domingo por la noche, responsabilidad de Nicolas Sarkozy, que jugó con fuego en sus intentos por recuperar a
los votantes del Frente Nacional.
Invadió desvergonzadamente su terreno, animando los miedos a la inmigración y el islam. Uno de sus principales colaboradores —Claude Guéant, ministro del Interior— hasta sugirió en un discurso que no todas las civilizaciones eran iguales.
Sarkozy corrió el riesgo de legitimar lo que debería haber permanecido como ideas y temas marginales y extremos, reforzando así la credibilidad de Le Pen.
La tragedia de Sarkozy es que para ganar el 6 de mayo tiene que usar el mismo lenguaje, y aún más fuerte, mezclado con llamados al patriotismo y tácticas de temor ante una victoria de la izquierda —aun si significa sacrificar principios y aumentar el atractivo de Le Pen (aunque declare cualquier tipo de distancia con ella).
Una mayoría francesa todavía podría decidir acabar con la era Sarkozy el 6 de mayo. Pero este no será el fi n de la historia: Sarkozy se habrá ido, pero Le Pen estará allí, esperando, más fortalecida que nunca, en un país atribulado.








