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Indigencia y drogas en Colombia. Seiscientos tamales para los 'ñeros'

El Ángel Exterminador •

En La L, ese mercado abierto 24 horas que ocupa tres calles de Bogotá, se unen los 'Desechables' con los 'Ñeros', los 'Sayayines' con los 'Jíbaros' y con la policía, en un carnaval donde abundan las drogas, la pobreza, la violencia y el hip-hop.

Bogotá • Bogotá está ubicada a dos mil 600 metros sobre el nivel del mar, lo que la hace una ciudad muy fría. Durante las escasas horas de sol, los indigentes madrugan y le ganan al camión recolector los materiales reciclables de la basura, los venden y así pueden pagar una habitación de cinco mil pesos colombianos (algo así como tres dólares). Por hacer una analogía entre los indigentes y el desperdicio que recolectan, los habitantes de la calle son conocidos como Desechables.

Cuando empieza a arreciar el frío, los Desechables buscan refugio en La L, un mercado abierto las 24 horas que abarca tres calles. En los cerca de 100 puestos que componen el mercado, se pesa, se corta, pica, rebaja, condimenta, se da a probar, se regatea y se sirve “para aquí o para llevar”. Lo que se vende es marihuana, cocaína, metanfetamina y bazuco (un tipo de crack).

El bazuco más popular es el “Homero”. Se vende en una grapa de papel que tiene impreso la cara del padre de familia Simpson, que es la marca que distingue a la banda que la distribuye y, a decir de los Desechables, son los que controlan el área que más que una zona de tolerancia es un baluarte del poder de las bandas que exigen respeto a las autoridades. Hace unos meses un policía infiltrado que se caracterizó de indigente fue asesinado de varios disparos cuando ya había reunido la cantidad suficiente de pruebas para que un fiscal ordenara el allanamiento de dos expendios de drogas. También tiene gran popularidad el perico (cocaína) de los Transformers.

El olor predominante en el mercado es el del polvo blanco que hace braza en las pipas y es rebajado con polvo de ladrillo para que rinda más: así se consume el bazuco; sin embargo, también sobresale el olor de la comida que se vende en una de las calles aledañas, el “combinado” es una mezcla de sobras de carne de pollo y pan que ya están en descomposición; la lluvia acentúa el olor a excremento de las calles de tierra, todo eso en un ambiente festivo donde se escucha hip-hop a todas horas del día porque es la música que les gusta a los adolescentes de clase baja y hasta media, que también entran a La L a comprar sus dosis personales. Aunque la mayoría sale de inmediato, otros se quedan a consumir al lado de indigentes jóvenes o ancianos durante dos o tres días en las llamadas “ollas”, galeras vacías que sirven de quemaderos y dormitorios donde el único requisito para permanecer es consumir.

Durante uno de varios operativos en el sitio se encontró una tonelada de estupefacientes, 17 pistolas, 11 revólveres, un fusil, una subametralladora, dos escopetas, cuatro granadas, dos mil cartuchos, 30 proveedores, tres silenciadores, un bebé y 16 menores.

Quienes están a cargo de la seguridad en la zona son conocidos como Sayayines y los hay nivel 1, 2, 3, 4 y 5. Los de más alta jerarquía son sólo tres, pero muy pocas personas pueden dar cuenta de ello; una de ellas es Chocolate Parra, filósofo y politólogo que durante casi dos décadas se dedicó a hacer trabajo social y brindar Amistad (así se llama un programa de la alcaldía) a los indigentes con adicciones.

“Cuando empecé a trabajar en La L vi cosas que nunca me imaginé”, me cuenta. “¿Como cuáles?”, le cuestiono, y responde que vio cómo una niña de 13 años le hacía sexo oral a cuatro Jíbaros (vendedores de droga) a cambio de una papeleta de bazuco. Solo cuando los dealers se aburrieron de ella fue cuando él se pudo acercar para intentar llevarla a un albergue, y es que ahí mandan los Sayayines, no la policía.

Los Ñeros, otra forma de llamar a los sintecho, “son incomprendidos”, me dice Gerardo, un indigente que trabaja haciendo retratos a lápiz muy cerca de la entrada de La L. Él explica que aquí vienen muchos trabajadores sociales, antropólogos, damas de la caridad y estudiantes que trabajan en sus tesis. Ellos preguntan: “¿Sufre usted mucho? ¿Quiere dejar la droga?”, los Ñeros responden que sí, que por favor los ayuden con una moneda. Gerardo dice que ellos no entienden que la sociedad Ñera funciona con parámetros éticos distintos al resto de la ciudad. Aquí se usa el engaño como forma de adaptación al medio ambiente hostil y que por eso lo que un trabajador social, un antropólogo o un periodista pueda decir acerca de los Ñeros será no más que una lejana aproximación. Le creo.

Cerca de nosotros hay una organización altruista que ha traído 600 tamales, agupanela y ropa para repartir a los habitantes de La L. La comida se acaba y hay que salir de inmediato porque los indigentes exigen más. Los Desechables forcejean para quedarse con la ropa donada, se dan a puño limpio, es entonces cuando llega la policía y golpea con toletes a todos los involucrados en el pleito hasta que caen sometidos sobre el piso.

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De los nueve mil indigentes censados de Bogotá, dos mil permanecen en la L, según las autoridades de la alcaldía. La semana pasada, la zona fue desalojada por la policía, tras un enfrentamiento entre un grupo numeroso de Desechables. El servicio de limpia recogió con ayuda de 30 volteos, tres retroexcavadoras y 90 hombres, las 60 toneladas de basura acumulada durante varios años en el sitio. Hasta ahora, los refugios para indigentes permanecen llenos, y en La L, dentro del cerco policíaco, hay espectáculos deportivos y culturales, mientras el alcalde responde a través de su Facebook las amenazas de muerte contra los servidores públicos.

Hay 100 millones de personas sin hogar alrededor del mundo según la ONU. Dicha cifra significaría casi el total de la población de un país del tamaño de México. En Colombia, la indigencia y el consumo de drogas están íntimamente relacionado y pese a que existen diferentes asociaciones que buscan mitigar los padecimientos de los indigentes, el narcomenudeo en esta ciudad genera ingresos por casi 17 millones de dólares anuales, aunque las dosis de bazuco se pueden conseguir por un dólar.

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