Festividad burbujeante en Mazatlán
Plumas, lentejuelas, bellezas estatuarias y hasta su rey feo embellecen el festival mazatleco, donde no hay golpes de pecho, sino de tambores, cuerpos y alegría.
Mazatlán • En Mazatlán no hay días de guardar (acotaría el gran Monsi), porque la religiosidad y el golpe de pecho no vencieron el espíritu pisteador de los guerreros cerveceros en la Perla del Pacífico. “En Mazatlán no pasó la práctica de la flagelación y el azote del autocastigo… aquí la fiesta sigue”, corrobora el novelista Juan José Rodríguez.
Y la fiesta sigue en grande, porque a diferencia del resto del país, con procesiones solemnes, el Viernes Santo mazatleco es sagrado para chelear a ritmo de banda.
“Los alemanes llegaron aquí y trajeron su industria cervecera, heredaron la tradición en barrilitos y el clima lo permite, aunque la cerveza te deshidrata, por su nivel la cebada te permite mantenerte estable; somos burbujeantes y el ritmo del bebedor de cerveza es distinto al bebedor de trago o bebida combinada”, suelta el autor del libro Sangre de familia (llevada a la pantalla cinematográfica).
En la fenomenología del espíritu mazatleco que Juan José Rodríguez nos desentraña, el escritor y colaborador en medios nacionales indaga en las tribus Totoname (que aun no tenían orígenes pisteadores), pero celebraban rituales de la festividad de primavera.
“Algunos festejos de origen prehispánico han encontrado una eclosión y un eco en la semana santa… Esa festividad que nos llegó a México vía España está marcada por la impronta árabe y africana de los Pirineos para abajo. Aquí en Mazatlán no hubo religiosidad extrema como en el centro del país. Quizá por el clima, por el calor que hace que la mentalidad de la gente sea más abierta, inclusive la vestimenta más ligera.”
Así lo personifica la estatua del Zeus (semi desnudo) involuntariamente chelero, porque lo esculpieron un poco pasado de peso, pero es el centinela (no confundirlo como un barman mitológico) que anualmente dice “¡salud!” con su mirada, a ríos de jóvenes que se desplazan hacia la Zona Dorada.
Turistas del norte de México y sinaloenses que acuden al rito anual de efusividad camaronera, en peregrinación que contagia a lo largo del malecón y en su corto paseo de las garnachas y souvenirs kitsch o recuerdo para el amorcito corazón, a la Pedro Infante, quien aquí tiene su casa-museo en el Centro Histórico, donde se exhibe la chamarra que usó en A toda máquina.
Hay que gozar que la vida es un carnaval y en Mazatlán nadie se hace del rogar con la máxima de Celia Cruz, sobre todo en las calles de la Zona Dorada, donde confluyen públicos de extracción popular para solicitar canciones a ritmo de banda sinaloense.
Mujeres entaconadas hacia el malecón, mujeres despreocupadas por su look playero en sandalias, hordas de jóvenes locos de contento con su cargamento de six packs, convierten la avenida Rafael Buelna en la pasarela más grande del mundo de tacones nada lejanos, y fauna y flora del regocijo sinaloense peculiarmente mazatleco.
Y que me toquen el torito pa’ que vean cómo me pinto, y aquí la tuba es cómplice de caminatas desfilando por largas calles, cobijadas por tumultuosas congregaciones durante cuatro días nada santos, hasta las cinco de la mañana.
Estallidos de cuetes repentinamente parecen alarmarnos: ¡todos al piso! pero sólo se trata de cuetones hacia el cielo y cuetotes de a pie que se han despojado de botas y sombreros, para deslizarse en sandalias o tenis sobre la acera muy arrempujaditos, pegaditos a su morra encerando el piso suavecito a ritmo de “El sinaloense” o “Flor de capomo” (“tú mi chiquitita te ando vacilando/te ando enamorando con grande fervor”).
Con la Banda El Recodo de los pobres y los Cruz Lizárraga de banqueta hasta los sospechosamente narcos se apaciguan en sus trocas, gozando a las morras bailando sobre las camionetas, meneándose con el heavy metal sinaloense (nomás hay que cargar la tuba), aunque los trompeteos sean desincronizados y roncos. A la Zona Dorada sólo vienen a “tirar barra” (exhibirse).
Fiesta de plebes y morras del barrio entre trocas, banda y bocinas a reventar. Hasta que el cuerpo aguante y los oídos también, a dos de tres caídas sin límite de chelas, pero apacibles: mi gusto es —y quién me lo quitará— ir en los Tacos Ta’ loco (la locura del sabor) o el glamour playero del Valentinos o Sambawua Beach Club (para todos los son of a beach).
Pero en Mazatlán todos agarran una pulmonía (así se llaman los taxis con toldo al aire libre) porque coexisten todos los gustos y presupuestos en la cultura portuaria del Centro Histórico, exquisita, asombrosa en su arquitectura y con oleajes de saxofón jazzístico que se desatan en el Pedro & Lola Restaurant Bar Bistró.
Refugio de veteranos estadunidenses y canadienses invitados por Alfredo Gómez Rubio a blusear y cantar (también a músicos mexicanos) reencarnando a Peter, Paul & Mary con su folk blues. Mazatlán es algo más que un carnaval.








