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Puerta a la cultura rusa

Dominical •

Un panteón en la campiña francesa sirve de sorpresiva puerta hacia la cultura rusa: aquí yacen algunos de sus artistas junto a personajes memorables de su historia.


Para David Toscana

Mis amigos Aurelio y Benedicte residen en París hace cerca de 40 años. Por circunstancias de la vida habíamos perdido contacto desde hace más de 30, lazo que recuperamos por una compleja trama urdida en internet. Por fin nos volvimos a ver hace pocos meses y nos hospedaron (con mi hija y mi mujer) en su hospitalaria casa en el poblado de Saintry-sur-Seine, al sureste de París. Durante los primeros días, por fortuna, no visitamos los trillados lugares turísticos parisinos: ni la torre Eiffel, ni los Campos Elíseos, ni el Louvre, ni Notre Dame, ni el Barrio Latino. Nos dedicamos más bien a explorar la campiña y los pueblos en la periferia meridional de la ciudad de las luces. Fue una experiencia singular. Yo hice de copiloto de Aurelio, quien junto con Benedicte nos explicaban con detalle cada lugar que nos llamaba la atención y por donde, sin duda, ellos habían transitado centenares de veces.

Un día de viento arribamos al Molino Villeneuve, en Saint-Amoult-en-Yvelines, el “pedazo de tierra francesa” que el poeta Louis Aragon regaló a su musa, la escritora rusa Elsa Triolet. A la casa del Molino se entra por una cocina de azulejos, se continúa por un salón biblioteca con una sorprendente rueda de molino que todavía gira y ruge, y un piano solitario que la escritora tocaba en tardes sin término. Luego se pasa por el estudio de Aragon, repleto de objetos y libros y por un corredor se llega al baño y las habitaciones, donde la Triolet guardaba sus libros más queridos. Ahí, en un rincón, avisté una verdadera joya: una antología de la poesía rusa que la escritora compiló y tradujo al francés. La hojeé de inmediato y en un descuido del simpático guía que contaba al grupo amenas anécdotas sobre los escritores que habitaron la casa, estuve tentado, por un impulso feroz e incomprensible, a echarle mano a ese libro, pero me quedé tieso y no me atreví. A los pocos minutos salimos al huerto que Elsa ideó, regó y cultivó al frente de la casa. El mismo huerto en que fue enterrada un día de junio de 1970, y en el que el violonchelista Mstislav Rostropovich, inspirado y conmovido, interpretó ese día una serenata de Bach en homenaje a la escritora.

Otro día rumbo al palacio de Fontainebleau, donde habitó y despachó algunos años Napoleón, divisamos un cementerio en los bordes del poblado Sainte-Geneviève-des-Bois. Aurelio me comentó que se trataba de un cementerio ruso que ellos nunca habían visitado. Al instante le pedí que se detuviera y saltamos todos del auto para acercarnos a la entrada del panteón. Tamaña sorpresa nos llevamos cuando descubrimos, al pasar el umbral, la primera tumba perteneciente al primer bailarín Rudolf Noureev, cubierta por un colorido kilim pétreo decorado con motivos geométricos y una zapatillas rosas que, en el borde del sepulcro, parecían esperar al danzante que nunca volverá. Unos metros más adelante yacían los escritores Víctor Nekrásov (autor de la novela Las trincheras de Stalingrado) y el legendario y fecundo Alexéi Remizov, autor de más de cien libros, algunos de los cuales, como Lamento por la ruina de la tierra rusa y Cuento acerca de Iván Seminovich de Stratilatov, ejercieron decisiva influencia en autores como Bieli, Zamiatin y Pilniak. Entonces me pareció que esa incursión era como una festiva celebración, donde los difuntos tenían aún la capacidad de conmover mi sensibilidad y mis recuerdos. A unos pasos encontramos a la narradora satírica Nadezhda Teffi, compañera de batallas de Arkadi Averchenko en las páginas de la revista El Satiricón en la segunda década del pasado siglo. Unos metros más allá reposan la poetisa del siglo de plata Zinaida Gippius, amiga de Blok y Ajmátova, y su esposo el reconocido crítico Dimitri Merezhkovski, a quien Evtushenko caracterizó como “disidente de nuevo tipo, que cayó en desgracia ante quienes se consideraban guardianes de la moral y el orden”.

A Aurelio y a mí nos sorprendió encontrar allí al poeta trovador y cantante Alexander Galich (tan conocido en nuestra época de estudiantes en Rusia junto a otro trovador disidente y contestatario, Vladímir Vysotsky). Pero más nos emocionó pasar a un costado de la lápida de Iván Bunin, Nobel de Literatura de 1933, quien murió fuera de casa como el personaje que describió en El señor de San Francisco. El momento más sobrecogedor y fascinante fue cuando descubrimos la tumba de Andréi Tarkovski. Nos sentamos de inmediato a su alrededor. El silencio apenas era interrumpido por el suave ulular del viento y las hojas que caían con imperceptible vacilación… Con Aurelio recordamos las dos películas de Tarkovski que vimos en Moscú a comienzos de 1973: Andréi Rubliov y Solaris. Recreamos cada momento de esos recuerdos para Benedicte, mi mujer y mi hija, y nos quedamos sentados, ahí, entre silencios. Todavía nos quedaba encontrarnos, antes de salir, con el príncipe Félix Yussúpov, asesino del monje loco Gregori Rasputín, en 1916; con el extraño escritor de la emigración blanca Gaito Gazdánov, autor de la desconcertante novela Una noche con Claire aparecida el año pasado en español en la editorial Nevsky Prospekt y una princesa rusa: Vera Obolienski, que luchó en la resistencia francesa y que apresada por los nazis, fue luego guillotinada en Berlín. Salí de ese cementerio ruso con la convicción de saber quiénes habían sido esos seres, al menos algunos que habían despertado mi admiración en algún momento de la vida y que de alguna manera seguían vivos en mi imaginación. En fin, un cementerio ruso enclavado en la campiña francesa que bien vale una novela.