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Línea 12: del asfalto a la milpa que agoniza

Cd. de México •

La también llamada “línea dorada”, que llega hasta la colonia El Triángulo, delegación Tláhuac, y Mixcoac, en el otro extremo, transita por zonas verdes que sobreviven al pavimento. Los pasajeros pueden apreciar plantíos de flores amarillas.

México • El tren emerge y enseguida aparece el paisaje grisáceo. Los pasajeros escudriñan azoteas y láminas de naves industriales. Y a la vera resaltará el ejido depredado, pueblos, torres y fachadas de iglesias, terrenos baldíos, escasas milpas, plantíos de cempasúchil, un panteón de renombre, la ruta corta a un reclusorio, una conocida funeraria, un hospital federal y una estación con nombre de antro: Olivos.

Es la Línea 12 del Metro. De Mixcoac a Tláhuac. O al revés. Pero habrá que empezar el periplo en esta última estación, bautizada con el nombre de una de las siete delegaciones por las que cruza esta línea, bordeada por colonias, donde los vecinos marcan en el calendario las fechas de sus ferias y fiestas de santos patronos; y en los jardines o parcelas, como reminiscencia, atesoran antiguas propiedades.

Y para recordar lo que hasta hace poco floreció en estos campos, donde ya se abre paso la modernidad encarnada en tren, Eduardo Martínez, uno de los 300 ejidatarios de La Ciénega, dice que aquí muy pocos siembran maíz, pues bajó demasiado el nivel de humedad, y con la entrada del Metro, cualquier esperanza se vino abajo y, en cambio, un runrún recorre veredas de pueblos y colonias.

— ¿Y qué se dice?

—Algunos vecinos —relata el ejidatario— tienen planeado vender propiedades; por lo pronto ya lo hizo un ganadero que remató cien cabezas de ganado y sus borregos, porque escuchó decir, según dijo, que iban a presionar para que vendiéramos.

Pero Martínez, empleado de una distribuidora de gas y dueño de una granja con setenta cerdos y cincuenta borregos, no se traga ese rumor, según relata, en el sentido de que los ejidatarios serán obligados a vender sus propiedades para construir centros comerciales y otros negocios.

—¿El ejido se vende?

—Y no te pueden obligar —responde.

Lo dice mientras observa hacia los colindantes cerros de Tlaltenco y de Tulyehualco, para luego contar la anécdota de un vecino de San Fernando Tlaltenco, quien vendió su centenar de vacas, que producían 800 litros de leche diarios. Y todo, según le dijo, por aquel rumor.

“Vendió todo”, repite Eduardo.

***

Y habrá que transitar por ese tramo rumbo a la estación Tlaltenco y otras, todavía con matorrales en sus alrededores, dos cerros y un matiz grisáceo, que se alza entre industrias que aumentan mientras el tren avanza, como puede distinguirse en Nopalera, de sobrevivientes manchas verdes; y esos trozos de milpas, no para comercializar el producto, sino para consumo familiar.

Del lado izquierdo florecen plantíos de cempasúchil, aunque en porciones aisladas y a veces descuidados; y por allá hay otro cerro, llamado Las Minas, en cuyos derredores, ahora poblado, hubo ciénegas. En la colonia Nopalera, también con nombre de estación, no hay nopales, sino fábricas, y en Los Olivos…

—¿Qué hay en Los Olivos?

—El bar Los Olivos —dice un sonriente joven, quien se asoma a la avenida y señala un antro en cuya fachada ya relampaguean las luces de neón— y que en ocasiones se convierte en un téibol. Ah, y también está el Wallmart.

—¿Y en Zapotilán?

—Las ferias de febrero y julio.

Y Tezonco, otra estación, casi desemboca en uno de los cementerios más grandes del Distrito Federal, el San Lorenzo, mientras que Periférico Oriente acorta el camino hacia el reclusorio del mismo nombre, a decir del trabajador de una empresa dedicada a meter cableado en trechos de esta línea del Metro, que tiene tramos en obra negra y en otras sus techos simulan cavernas con estalactitas.

Y desde Calle 11, que no 13, se divisa el cúmulo de fábricas que a la vista parecen circular a la velocidad del tren, mientras en Lomas Estrella subsisten vestigios verdes, como ese trozo en el interior de un corral, donde pastan tres vacas y un caballo, aunque más bien parecen mascotas; luego, San Andrés Tomatlán, de camellones estrechos, que anteceden a Culhuacán y Atlalilco, con sus iglesias de pueblo y ese sabor a barrio, donde los vecinos defienden su patrimonio.

Y de vuelta al subterráneo.

***

Y así, hasta sumar 20 estaciones de esta nueva línea, con una extensión de poco más de 25 kilómetros.

Y atrás quedará la milpa y otros cultivos que mueren, como el de esa flor amarilla, que usan para adornar tumbas y altares en Día de Muertos.

El tren ingresa lento por el túnel y se detiene en cada estación, cuyas salidas, ya en tierra firme, tienen peculiares significados.

El Parque de los Venados, por ejemplo, hace honor a su nombre y desemboca en la explanada de la delegación Benito Juárez.

Y más adelante, en Zapata, cuyo entorno durante muchos meses provocó anarquía en el tránsito vehicular y peatonal, hay opciones de salidas, dos de las cuales, sobre Félix Cuevas, están a media cuadra de la funeraria Gayosso.

Y en la próxima, Hospital 20 de Noviembre, una de sus puertas queda exactamente en el acceso principal de ese nosocomio del ISSSTE.

Hasta finalizar en Mixcoac, donde hay transbordo hacia El Rosario o Barranca del Muerto. O viceversa. Y así.

Totalmente asfalto.

Y modernidad.