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"El dueño del barrio" y otros malandrines

Cd. de México •

Hay zonas del Distrito Federal donde extorsionadores aseguran pertenecer a grupos del crimen organizado; unos más, en cambio, maniobran como pandillas vernáculas que parecieran imitar a delincuentes de series de televisión.

Ciudad de México • Hay zonas del DF, sobre todo en límites con municipios mexiquenses, donde extorsionadores aseguran pertenecer a grupos del crimen organizado, cuyos centros de operación más bien están en otras entidades; unos más, en cambio, maniobran como pandillas vernáculas que parecieran imitar a delincuentes de series televisivas. En una colonia de la Gustavo A. Madero, sin embargo, el jefe no se llamaba Tony, como el capo de Los Sopranos, sino El dueño del barrio.

Éste exigía 500 pesos diarios a patrones de negocios. Entre éstos había una pollería. En caso de que se negaran, ordenaba golpear a empleados o amenazaban con saquear; pero ellos preferían ejercer presión para realizar lo que en el argot delincuencial denominan “cobro de piso”. El encargado de una joyería tuvo que renunciar, pues sufrió golpizas por parte de los enviados del cabecilla, quien tenía su radio de acción en la colonia Progreso Nacional.

Pero uno de los comerciantes se armó de valor y denunció a sus verdugos. Entonces Jorge y Blanca, que recaudaban el producto de las extorsiones, fueron atrapados por la policía. Pero El dueño del barrio, como jefe que era, logró escapar y solo pudieron pescar a sus mandaderos. De acuerdo con los hechos asentados en el expediente, según el reporte de la Procuraduría General de Justicia del DF, “la tarde del sábado pasado la víctima atendía el negocio cuando se presentaron los probables responsables, acompañados por otro sujeto, exigiéndole el pago de una cantidad de dinero para brindarle seguridad porque le dijeron que estaba ‘puesto’ para robarlo”.

El fiscal especial de Investigación para Secuestros, Óscar Montes de Oca Rosales, relató que al día siguiente “acudieron nuevamente y un individuo no identificado le señaló al afectado que él iba ‘a ser el bueno para un cambio’ y que el dinero exigido diariamente no era voluntario, sino forzoso, para que no le causaran daño a su persona o al establecimiento”.

Pero no son muchos, por lo que se ha visto, los delincuentes que se organizan para ofrecer “protección” forzada en la Ciudad de México; lo más común es que hablen por teléfono e intimiden a sus víctimas —mil 126 de las cuales hicieron denuncias el año pasado—, como sucedió el 10 de abril, cuando el extorsionado, propietario de varios negocios, recibió la primera llamada proveniente de un teléfono “privado”.
Tenían santo y seña de él.
Y de sus propiedades.
Y de su familia.

***
Escuchó el timbre de su teléfono y miró la pantalla, para saber quién hablaba, pero no apareció ningún número y se llevó al oído el aparato. Primero escuchó su nombre y luego el de quien supuestamente le hablaba.

—Soy Tito Ruiz —dijo el otro— y necesito verte, me urge hablar contigo; te espero en la joyería.

—Estoy lejos de ahí.

—Sé que tienes otro negocio, conozco a tus hermanos, a tus padres, sé que vives en Morelos, tienes un carro —y el delincuente siguió mencionando una serie de propiedades y datos verdaderos.

El hombre cortó la llamada y apagó el teléfono. Un día después, por la mañana, encendió su aparato y de nueva cuenta recibió varias llamadas, sin decidirse a responder, pues en el identificador de llamadas aparecía la palabra “privado”.

Y decidió escuchar:

—Soy Tito Ruiz, de La Familia Michoacana, quiero 200 mil pesos, si no vamos a hacerle daño a tu familia. Esto es en serio…

Y luego mencionó más datos y propiedades de otros parientes cercanos a la víctima, quien dijo al delincuente que no tenía el dinero que pedía, pues apenas alcanzaba para pagar a sus empleados, la renta y a proveedores, pero aquel insistió:

—Vende tu carro…

Y le dijo la marca. La víctima decidió denunciar el acoso; y ya en las oficinas de la procuraduría, mientras explicaba su tragedia, volvió a recibir otra llamada, una de tantas, del mismo teléfono “privado”, y la misma voz.

El tal Tito, también autollamado “sicario”, mencionó el nombre de la escuela a donde van los hijos, la hora que los recoge su esposa, la marca y placas del carro —“muévete y véndelo”—, y le dijo que a la mañana siguiente le hablaría para “ver dónde me entregas el dinero”.

El hombre, temeroso de que algo malo le sucediera a él, a su familia, a su patrimonio, solicitó ayuda, misma que agentes de Investigación le brindaron y le sugirieron que no volviera a contestar el teléfono.

Pero el hombre estaba preocupado por la llamada que le harían, y temeroso de lo que le pudiera suceder a su familia, por lo que solicitó permiso para seguir con la negociación. Los custodios estuvieron de acuerdo.

Los policías, incluso, fueron testigos de que le volvieron a llamar y de cómo el delincuente le describió cómo había salido vestido de su casa, el vehículo que manejaba, y también le dijo que había cerrado sus negocios.

Y entonces el hombre tomó la decisión de juntar 30 mil pesos, que metió en una bolsa de plástico negro, como indicó el delincuente, y fue al punto señalado en la colonia San Juan de Aragón.

***

Era el día 12 del mes que corre, a eso de las 14:20, y el hombre seguía recibiendo llamadas telefónicas. En todas le restregaban quién era, sus propiedades, a su familia, y también lo amenazaron de muerte.

La misma voz le dijo la ruta que debería seguir en la colonia San Juan de Aragón, donde fue interceptado por un joven —de 14 años, después se sabría—, quien le señaló con las manos por dónde caminar, sobre la acera sur, con dirección oriente-poniente, contrario al flujo vehicular.

El hombre obedeció, acompañado del muchacho, y enseguida encontraron a dos mujeres, La Concha y La Sandy —de 43 y 34 años—. La primera le dijo:

—Dáselo.

—Dámelo —pidió la otra.

Y estiró la mano derecha.

El hombre le dio la bolsa con los 30 mil del águila, en billetes de 500, 100 y 200 pesos, y La Sandy atenazó el plástico, haciéndolo suyo, sin percatarse que en ese momento cuatro agentes de la Policía de Investigación —dos mujeres entre ellos— observaban la escena. Estaban encubiertos.

Los agentes se apersonaron como tales, pero las presuntas intentaron agredirlos físicamente, al mismo tiempo que proferían toda clase de amenazas, sin que esa circunstancia frenara la misión de apresarlas, por lo que se vieron en la necesidad de utilizar, como ellos dicen, “la fuerza mínima necesaria que se requería…”

También detuvieron al joven. Hijo de La Sandy.