El sexódromo: El deseo
Para la sexología, el concepto mismo de deseo sexual se refiere a un impulso de carácter instintivo y/o psicológico que incita a la persona hacia la conducta sexual.
México • ¿Qué es el deseo? Y en particular, ¿qué es el deseo sexual? Mucho se ha escrito al respecto, por lo regular de manera subjetiva porque mi deseo nunca será igual al tuyo ni al de la vecina, el jefe, el poeta, el empresario, el matemático, el casado, el soltero, el infiel… Además, puede ir variando a lo largo de nuestra vida: a veces se experimenta de una manera sosegada y otras tantas con delirio, dependiendo de nuestra edad, la compañía, el lugar.
Para la sexología, el concepto mismo de deseo sexual se refiere a un impulso de carácter instintivo y/o psicológico que incita a la persona hacia la conducta sexual. El deseo sexual está determinado por una serie de factores de carácter biológico, psicológico y social. Biológicamente está estrictamente relacionado con el equilibrio hormonal: andrógenos en el hombre y estrógenos en la mujer.
La psicoanalista argentina Norma Alberro afirma que, para hablar del deseo freudiano, “es necesario referirse a la palabra alemana Wunsch, que en español significa deseo, anhelo, pero también aspiración, voto. Cualquiera que sea el significado de esta palabra, el deseo remite a una acción, es decir, aquello que es opuesto al reposo (…) Para Freud no hay esencia original del deseo, para desear es necesario tener la impresión de reencontrar algo, un objeto, que reanime una satisfacción (una memoria en acto) ligada a una necesidad”.
Freud —que a nivel de teoría sexual creo yo que está rebasadísimo— afirma que el otro es indispensable para desencadenar la máquina deseante, de esta manera se pone a funcionar una corriente de transmisión entre sí mismo y el otro.
Un punto muy importante: no debe confundirse el deseo sexual con la realización de prácticas sexuales: el tener conductas sexuales puede ser un indicador de presencia de deseo sexual, pero no siempre.
Si nos dirigimos a lo establecido por los pensadores griegos, para Aristóteles el deseo podría ser un acto premeditado, que tiene como objeto algo sobre lo que se ha de decidir. En cambio, para Platón hay deseos necesarios y deseos innecesarios, e incluso considera la posibilidad de que el deseo pertenezca exclusivamente a la naturaleza del alma.
Me gusta la teoría de Descartes, quien lo veía como una agitación del alma producida por los espíritus, de manera que no solo se desea lo que no se tiene, sino que se desea también conservarlo. El deseo que tiende al bien va acompañado de amor, de esperanza y alegría, mientras el deseo que tiende al mal va acompañado de odio, temor y tristeza.
Científicos de todo el mundo han tratado de definirlo haciendo estudios y más estudios. Entre ellos se encuentra el que realizaron investigadores de diferentes universidades, como la de Concordia (en Montreal, Canadá) y la de Ginebra (en Suiza), con el propósito de ofrecer un meta análisis de todos los estudios de imagen funcional por resonancia sobre el deseo sexual y el amor “para comprender mejor las diferentes activaciones cerebrales y las vías comunes que comparten”.
Comprobaron que, al comparar el amor con el deseo sexual, la actividad en el estriado ventral, hipotálamo, amígdala, corteza somatosensorial y lóbulo parietal infernal, se redujo. Esto quiere decir que el deseo sexual es percibido como un estado del ánimo con un objetivo muy específico, mientras que el amor podría ser considerado como un comportamiento con un objetivo más abstracto, flexible y complejo, menos dependiente que el deseo de la presencia física de otra persona. El amor se localizaría en una determinada área del estriado asociada con la adicción a las drogas.
Decía el escritor Milan Kundera que “el amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien, sino en el deseo de dormir junto a alguien”. Para Federico García Lorca, deseo era una enorme luz que fuera luciérnaga de otra, en un campo de miradas rotas. Para mí, el deseo es un impulso que a ratos me permite hacer tangible mi existencia. ¿Y para ustedes?
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EL BUZÓN DE VERÓTIKA
La columna de la semana pasada, en donde di mi opinión sobre Cincuenta sombras de Grey, el primer libro de la trilogía de E. L. James, tuvo bastante eco en las redes sociales y mi correo electrónico. La mayoría de los lectores coincidieron conmigo en varios puntos; algunas mujeres me dijeron que, aunque no dudaban de lo escrito por mí, querían leerlo para formarse una opinión propia.
De entre todos los mails, mensajes escritos en el portal de MILENIO y tweets que recibí, comparto con ustedes un par. Gracias, de corazón, por participar; sus comentarios enriquecen este espacio.
Tienes que tomar en cuenta que Cincuenta sombras de Grey es un producto que checa bien en un mercado que no es el de los lectores de literatura erótica, pero que también se calienta. De hecho la mayor parte de ese público no son lectores y el nivel de escritura que consumen es el de una novela Harlequín (novela romántica publicada en España por la editorial Harlequín Ibérica) con sexo sado, que es una practica no muy llevada a cabo —o eso creo— por un sector de la población de clase media, casada y con hijos. Es un libro de fantasías Buen Hogar, pues aunque el Grey es sado, es un sado tierno, con golpes que no van más allá del dolor y con una actitud de novio de secundaria (le presenta a los padres, le hace primero el amor para que se acostumbre, le compra regalos, se preocupa por ella). Así como Harry Potter no hizo lectores para el género fantástico,
Cincuenta sombras no hará lectores para el erótico. Historia de O no es para que cualquiera se excite, su prosa tremendamente minimalista está hecha para un grupo que ya conoce del tema y que se puede calentar con un simple “le mordió el pezón y le azotó las pantorrillas”, y La Venus de las pieles es básicamente una novela romántica donde el elemento erótico se centra más en la humillación que disfruta el personaje principal a mano de su chica que de las descripciones pornográficas de sus encuentros (que de hecho de pornográficas tienen muy poco).
Cincuenta sombras de Grey molesta a los que nos gusta leer porque, efectivamente, se nos hace básico —que no sencillo, porque no es lo mismo— lleno de clichés, declaradamente cursi y, hasta cierto punto, moralista. Pero como diría el doctor loco de El show de terror de Rocky sobre su creación, un Frankenstein con tendencias gay: “No lo hice para ti”.
Gabriel
Todo lo citado por Gabriel es cierto, pero hay más cosas: la primera, a mi juicio, que una cosa es la trilogía (ya lo sabemos: mala de solemnidad, mal escrita, mal concebida, mal informada, etcétera) y otra el fenómeno que ha provocado. Recuerdo cuando leí —aún escrita en un ultravulgar inglés de supermercado— el PDF con los primeros trazos de la, llamémosla así, novela, y pensé: “Vale, otra obrita de una aficionada al vampirismo que lo describe en clave supuestamente BDSM”. Y meses más tarde me costaba salir del asombro que me provocó la fama literaria de “la obrita”.
Pero el éxito alcanzado por esta novela, especialmente entre las mujeres no-practicantes de esa sexología alternativa, fuera de la responsabilidad de una avispada (sin ser nada del otro mundo) campaña de marketing, nos debería hacer reflexionar sobre la existencia de un espacio de necesidades eróticas insospechado incluso para los que nos adornábamos, quizás con excesiva frivolidad, con ropajes de pseudointelectuales del BDSM.
Siempre he repetido que si existe una regla en el mundo del BDSM, esa es la ausencia de reglamentos. Quizá la soberbia nacida de un supuesto y vasto conocimiento de técnicas y teorías nos ha llevado a olvidar lo que en último caso son los cimientos del BDSM: vivir mundos de fantasía erótica alternativa. Para mí, esa (mala) novela representa una necesaria cura de humildad: hay más vida fuera de los límites celosamente guardados por los ortodoxos del BDSM. Mea Culpa.
Ikara








