“Yo di todo por mi país y México no me respaldó…”
Hace poco más de cuatro décadas un peleador salió de la Arena México cargado sobre los hombros de cientos de aficionados. Esa noche de octubre ganó una presea de oro en peso pluma; sin embargo hoy, muy a su pesar, se siente olvidado.
México • Antonio Roldán tiene 64 años de edad y una presea de oro resguardada en el banco. Me ha pedido platicar mientras caminamos por uno de los arbolados camellones de la Prado Vallejo, en cuya colonia situada en el DF vive desde hace más de cuatro décadas. Aquí, a unas cuadras de donde se realiza la charla, él tiene la casa que por ser medallista le regaló el presidente Gustavo Díaz Ordaz.
Luce en el dedo anular de la mano izquierda un anillo de oro con la letra R formada por pequeñas incrustaciones de brillantes. La noche del 12 de octubre de 1968, este hombre salió de la Arena México cargado en hombros de cientos de aficionados. Apenas unos minutos después de que el réferi le alzara la mano en su quinta y última pelea frente a un negro nacido en los Estados Unidos llamado Albert Robinson, decenas de enloquecidos fanáticos comenzaron a turnarse para pasearlo por las calles del centro de la ciudad. Rodeado de una multitud que no se cansaba de venerarlo, llegó con Jacobo Zabludovsky, quien lo entrevistaría en los estudios de Televisa Chapultepec.
Confiesa que jamás aprendió a nadar. Ese terror que le tiene al agua, le viene desde que a bordo del cañonero Potosí, un barco de guerra, viajó rumbo a los Juegos Panamericanos de San Juan, Puerto Rico, en 1965. Un huracán sorprendió en el mar al equipo mexicano de boxeo. “Las olas eran tan latas que pensamos que nos íbamos a morir. Por poco y México se queda sin tres medallas, porque en ese barco viajábamos tres peleadores que ganamos preseas en las Olimpiadas del 68…”.
Sólo él y Ricardo Delgado han logrado ganar oro para el boxeo mexicano en unos Juegos Olímpicos. Por eso mismo, alguna vez, Antonio Roldán se sintió con la confianza de solicitar al gobierno becas de estudio para sus hijos y una plaza de trabajo donde él pudiera impartir sus conocimientos en el área deportiva. Entonces me dice: “Yo di todo por mi país y México no me respaldó. Uno recibe cualquier limosna…”.
Los medallistas de oro tienen una beca vitalicia, reciben mensualmente 13 mil pesos mensuales ¿Acaso no son buenos?
Eso me lo gasto en 15 días. Si yo sólo viviera de eso, pa’ su mecha. No me alcanzaría. A los medallistas nos tienen en un lugar que no merecemos. Nada más se acuerdan de nosotros en esta época, como ahora, para hacernos entrevistas.
Saliste de la Arena México cargado en hombros…
¡Ah…! ¡Cómo no! En la calle la gente quería estrechar mi mano y hasta la camisa me querían arrancar. Conocí la fama. Pero lo más triste es haber sido un ídolo y que después la gente no te pele. Nada más es el momento.
¿Qué hiciste inmediatamente después de que te entrevistara Jacobo?
Me fui a echar unos tacos, no sé si de suadero, porque hasta me enfermé del estómago. Estaba comiendo y toda la gente detrás de mí. De pronto me cargaban y yo sólo cuidando mi medalla para que no me la fueran a robar.
¿La guardas en el banco porque tienes miedo de que te la roben?
Simplemente la cuido. Si los deportistas que han ganado medallas de exhibición lo hacen, por qué no voy a cuidar la mía. ¿Acaso vale menos? Y mira que las medallas son aleaciones. Porque la verdad… ¿Cuánto puede valer una presea? Pon tu 50 mil pesos. ¿Para qué sirven hoy 50 mil? Lo que vale es lo que cuesta ganarla.
Alfonso Zamora ha dicho que vendería su medalla de plata en medio millón de pesos…
Pues que se la compren rápido. A mí me llegaron a ofrecer 100 mil…
¿100 mil pesos…?
¡Dólares…! Yo quería que me dieran 300 mil de los verdes. Pero ahora ya no quiero nada. Había gente que me hablaba por teléfono y me decía: “Te doy un millón de pesos por tu medalla”. ¡Están locos! Si a los atletas negros que venden sus preseas en los Estados Unidos les ofrecen 250 mil dólares. Nada más imagínate lo que yo haría si me traigo esa lana para acá.
¿Qué habrías hecho?
Una casa hogar para indigentes. Hay tanta gente que necesita un espacio para vivir. Y habría puesto un buen gimnasio de boxeo, pero no como los de ahora, que cobran las perlas de la virgen por entrenar 2 veces a la semana.
¿No deseabas vender tu medalla para sobrevivir?
Yo vivo bien. No estoy ni rico ni pobre. Tengo mis carros y mi jubilación. Ahí me la llevo.
¿Hay ocasiones especiales en que vas por tu medalla al banco?
Cada 12 de octubre, me la cuelgo. La saco del banco pero no para andarla luciendo. La traigo debajo de la camisa como si se tratara de una medallita con la imagen de la virgen.
¿Qué te costó ganar esa medalla?
Han pasado 42 años y no ha surgido otro boxeador que gane una presea de oro. Soy el único medallista en mi peso. Peleadores como yo no salen cada ratito. Me voy a morir y no podré ver otro. Hasta Díaz Ordaz me invitó a comer al Castillo de Chapultepec. ¡Y claro! Llegué con toda mi familia, pues qué esperaba.








