¿Acaso quieres ser Bruce Wayne?
Y cada vuelta de tuerca, o cada nudo que se ata o desata hacia el final de la película, es un dardo al corazón.
Ilustración: Antonio Ledezma Nostragamus
México • El fan, el crítico, el reseñista, el cinéfilo, el cronista, el hombre, se revuelve en su butaca por enésima ocasión. Ya lo hizo hacia la izquierda, a la derecha y vuelta a la izquierda. Ya reclinó el mentón sobre el puño, la oreja sobre el puño y vuelta el mentón sobre ambos puños.
No se halla. No sabe cómo disimular el fastidio, el azoro, el coraje. Ya se rascó la cabeza, se mordió los labios, se pellizcó el cachete, y todos los tics que le aparecen cuando algo no le gusta y se siente incómodo.
Han transcurrido más de dos horas, en realidad 140 minutos, de la tercera y última película de Batman y este fan, crítico, reseñista, cinéfilo, cronista, hombre, no sabe cómo lidiar con el fiasco que está viendo en la pantalla. Se pregunta además cómo es que la crítica del mundo mundial ha aclamado unívocamente este filme, y se cuestiona si no es que él se ha convertido en el niño de aquel cuento sobre el traje nuevo del emperador, que es el único que ve al rey desnudo y se atreve a proclamarlo a voz en cuello.
Porque en estas poco más de dos horas, siente que el ritmo de la película es lento, a pesar de la espectacular secuencia inicial del secuestro aéreo de un científico, de las dos o tres persecuciones que han transcurrido, de una ruidosa balacera, y de la primera pelea entre el héroe y el villano central, la cosa como que no acaba de arrancar. Es un continuo coitus interruptus. Apenas comienza a emocionarte y pronto la escena se traba, se cae, no da más de si.
Pero deja tú lo lenta. Andrei Tarkosvky era lento, pero nunca aburrido. Y esta película es aburrida. Aburrida y confusa, porque no sabes a dónde va. Qué relación guarda una escena con la que le precede o con la que le antecede o con otra que aparece media hora después. Persecución no es igual a emoción. Piensas que hasta el Thor de Kenneth Branagh era más trepidante comparado con el plomo que está desfilando ante tus ojos. Para abonar a la confusión, no entiendes por qué Batman desaparece de la escena pública durante un largo periodo, el mismo en que tampoco Bruce Wayne aparece en sociedad y nadie se da cuenta que uno es el otro y viceversa; tampoco cómo es que pierde su fortuna y una mujer se queda a cargo de todas sus empresas. Menos para qué querían secuestrar al científico nuclear del inicio si más adelante no les va a servir de mucho.
Pero deja tú lo lenta y aburrida. Carlos Reygadas es lento y aburrido, pero no inverosímil. Y esta cinta es completamente in-creíble. Es decir, no creíble. ¿Cómo creer la escena de la destrucción del campo de futbol americano? ¿Por qué Bane —el villano central— anuncia su malévolo plan en ese insignificante lugar, pudiéndolo hacer en una cadena nacional si sus secuaces bloquearan y tomaran las instalaciones de Televisa, perdón, quise decir de una televisora de alcance global? ¿Cómo es que en un espacio geográfico tan pequeño los malosos no pueden encontrar al Comisionado Gordon para matarlo? ¿Por qué la población de Nueva York/Ciudad Gótica desaparece como por arte de magia y la amenaza de destrucción solo pende sobre la cabeza de un grupo de escolapios que caben en un bus escolar? ¿Cómo puede Bane —el villano de villanos— amenazar a Ciudad Gótica con una bomba nuclear ante la indiferencia de un gobierno central? ¿Cómo es que sobreviven cientos de policías en el subsuelo durante semanas sin que nadie los advierta?... Y así, las preguntas se van acumulando ante la sarta de insensateces que desfilan ante tus ojos.
Lenta, confusa y aburrida hasta el minuto 140. ¿Será capaz el fan, el crítico, el reseñista, el cinéfilo, el cronista y el hombre de hacer como que la Virgen le habla y sumarse al corifeo que ensalza al director británico, Christopher Nolan, como un genio tras la cámara? En la oscuridad de la sala, nota que la incertidumbre que impera entre la prensa “especializada” se puede cortar con una navaja, de tan espesa. Una vez más, se revuelve nervioso sobre su butaca.
Entonces ocurre el milagro: un personaje resulta no ser quien parecía que era y la película da un giro sobre sí misma. Como si se tratara del cubo mágico de Rubik, las seis caras de distinto color se van acomodando y los últimos 24 minutos se convierten en una montaña rusa de emociones que impactan de distinta forma al fan, al crítico, al reseñista, al cinéfilo, al cronista y al hombre. Todo cobra sentido: lo que parecía error de guión o de continuidad, se revela como metáfora, como elipsis, como una sinécdoque. Lo que parecía confuso traza vasos comunicantes con otros momentos que provienen de la primera o segunda película de la trilogía. Lo que parecía lento, solo estaba prefigurando la catapulta que precipitará el desenlace a mil kilómetros por hora.
Y cada vuelta de tuerca, o cada nudo que se ata o desata hacia el final de la película, es un dardo al corazón de quien ha (hemos) vivido cultivando la mitología del Hombre Murciélago, ese superhéroe atormentado que nació la noche en que un asaltante asesinó a sus padres ante su atónita e impotente mirada. Es la misma historia leída o vista una, cien, un millón de ocasiones. Pero, como el río de Heráclito, la leyenda de Batman nunca se cuenta de la misma forma dos veces.
Por eso, a pesar del reciclaje, Nolan vuelve a emocionar —como lo hicieron antes Bob Kane, Jim Aparo, Neal Adams, Dennis O´Neil, Alex Ross o Brian Azarello, Paul Dini, Grant Morrison o Frank Miller, Tim Burton, Christopher Nolan o Sandy Collora (y perdón por todos los que dejé fuera)— con el heroísmo de Gordon, la lealtad a prueba de balas de Alfred, la contenida cachondez de Selina Kyle, el drama de Bane, y esa fotografía final que muestra el nacimiento de un personaje que acaso pensábamos perdido o que no cabía en esta revisión adulta de nuestro héroe enmascarado.
Es la mano del genio detrás de la cámara. ¡Y claro!, cómo no haberlo
advertido antes: se trata de la misma receta aplicada en Amnesia, ese recorrido a trompicones por los recovecos de la mente vacía de un tipo sin memoria; o el viaje a través del laberinto de la mente confusa y alterada por la falta de sueño del detective interpretado por Al Pacino en Insomnia; o el descenso —literal— por los meandros del subconciente de las personas a quienes les roban o les implantan sus sueños en Inception; o los atisbos por las mentes superdotadas de los ilusionistas en duelo a muerte de The Prestige. En toda la breve pero intensa obra de este cineasta, desarrollada en poco más de una década, el sello de la casa es la complejidad del entramado, la falta de concesiones a la hora de articular la psicología de sus personajes, el rigor de la puesta en escena. La mano de autor, pues.
Tras enjugarse una furtiva lágrima que resbala sobre su mejilla, el fan, el crítico, el reseñista, el cinéfilo, el cronista y el hombre se arrellana sobre su butaca y se niega a abandonar la protectora oscuridad de la sala, donde sabe que nada malo puede pasar porque Batman siempre estará a su lado.








