“Una cancha de 'fut' no quita lo malo... al malo”
Aunque el gobierno asegura que ha quitado espacios al 'narco', vecinos de esas zonas recomiendan seguir alertas.
La cancha de futbol en el Parque Heroico Ejército Mexicano.
San Nicolás de los Garza • El anuncio de televisión del gobierno federal se repite constantemente. Se trata de un spot sobre los espacios recuperados al narco. Las imágenes se pasean por un parque con juegos infantiles y una cancha de futbol rápido. Una voz en off dice:
“La estrategia de seguridad del Presidente de la República, además de combatir al crimen, recupera y fortalece tu comunidad… Como en el Parque Heroico Ejército Mexicano, en San Nicolás de los Garza, Nuevo León…”
¿Ese espacio ha servido para combatir la delincuencia, las adicciones?
El Parque Heroico Ejército Mexicano, uno de los 24 espacios recuperados al crimen organizado en el municipio de San Nicolás de los Garza, fue construido en una cañada de 8 mil 500 metros cuadrados en una colonia con “problemas sociales”, como “drogadicción, riñas, y alteración del orden público”, según el gobierno local: la colonia popular El Mirador, ubicada al pie del Cerro Topo Chico. Zona que atemoriza no solo a varios taxistas que rehúsan entrar…
Dicen un par de policías locales que se trata de un área en la cual, si pueden evitar ingresar, lo hacen. “Una cancha no le quita lo malo… al malo”, comenta uno de los oficiales. La zona, afirman, ha sido refugio de narcomenudistas, asaltantes y violadores.
—¿Sicarios? Puede ser. Si va a entrar ahí, fíjese en las caras, en el aspecto, en cómo hablan… —dice uno de ellos.
Las autoridades colocaron luminarias y ocho cámaras de seguridad en el parque. Como elocuente símbolo de la índole brava del lugar, los postes de las cámaras de vigilancia son protegidos… por filosos alambres, como los de un reclusorio.
Afuera de una casita, justo frente al inicio de la cañada donde está el parque, seis chavos que no pasan de los 24 años (el mayor) se sientan en la acera y observan al reportero que recorre la zona acompañado por un osado taxista que pagará su atrevimiento: en cuanto el conductor se descuida unos minutos para internarse en el paseo… alguien le roba el tapón de una de las llantas de su vehículo. No le robaron los tres restantes porque estaban sujetos con seguros reforzados. Los chavos, que tenían el coche a la vista, a unos 30 metros, sonríen socarronamente.
—Aquí estaba cabrón antes de que pusieran el parque. Había mucha gente malosa. Nadie entraba aquí… —frasea otro, que lleva un par de aretes, está rapado con figuras pandilleras en la nuca y la sien, y pone semblante mustio.
De cuando en cuando algunas señoras y sus pequeños cruzan el parque. Todas dicen avalar la existencia del lugar. Todas. Salvo una que llama la atención: al lado del campo todavía existe una gran porción de la cañada que no fue utilizada y está llena de maleza…
—Yo me pregunto de qué sirve este parquecito si al lado está ese monte donde se esconde cualquier roedor. Los morros que ya no van a cambiar: los que siguen en lo que andaban…
Desde el balcón de una casa cuyos muros están llenos de grafitis, como tantos otros ahí, un joven le sube el volumen a su aparato de música que escupe una y otra vez una rola rapera: “Soydelopeor, soydelopeor…”
Un poco más tarde, pasan dos camionetas con policías, dos pick ups con elementos armados de fusiles. Circulan por dos calles. Buscan a alguien. En minutos lo encuentran. Es un hombre barbón, rechoncho, quizá de 35 años. No opone resistencia: se lo llevan. Los jóvenes se ponen nerviosos, algunas señoras salen de sus casas con rostros angustiados. El chavo que parece lidercillo de sus cuates comenta sobre la identidad del detenido:
—Es Papaguá… ¿Qué habrá hecho? Sabe… —responde incómodo.
Se hace un largo silencio. Caras serias. Es hora de retirarse del barrio que tiene un espacio recuperado, pero cuya vida cotidiana se parece… a la de antes. A la de siempre…








