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Harvard privilegia el debate de estudiantes con Calderón

Política •

Tras las protestas, se esperaba que el escenario en la universidad fuera hostil, como sucedió cuando el ex mandatario de Colombia Álvaro Uribe pasó una muy mala tarde; sin embargo, el arribo del mexicano fue mucho más terso.

Massachussets • Ya había un antecedente que apuntaba a que el retiro en Harvard puede no ser todo lo dorado que se espera. Y que a veces las puertas de la universidad más famosa del mundo no están abiertas de par en par. No para algunos líderes de Latinoamérica.

Cuando el ex presidente Álvaro Uribe, de Colombia, visitó su alma máter en noviembre de 2010, pasó una muy mala tarde. Su presencia en Harvard y en la escuela de Gobierno John F. Kennedy terminó desatando una fuerte polémica: fue recibido duramente por una veintena de manifestantes críticos a su política de seguridad democrática. En particular, la mano dura emprendida en el combate al narcotráfico y la guerrilla.

En su presentación, Uribe fue abucheado por un bloque de estudiantes harvardianos. Hubo activistas que, apostados a las puertas de la universidad, le increparon a gritos y blandieron pancartas acusándole de asesino y paramilitar. En medio del escándalo, medio centenar de profesores y alumnos enviaron una carta a la rectora, Drew Gilpin Faust, denunciando que la invitación al ex mandatario como orador a un acto violentaba los valores de respeto a los derechos humanos profesados por una institución como Harvard.

¿El escenario suena similar? Lo es. Tanto que la escuela respondió casi en molde y con las mismas palabras que ha utilizado tres años después para encarar una polémica muy parecida, la de la llegada de Felipe Calderón como becario. “Uno de los valores principales de la escuela Kennedy y todas las universidades americanas es el libre intercambio de ideas”, argumentó en su momento la vocería de la escuela de Gobierno JFK, al defender a Uribe. Un comunicado que fue prácticamente calcado más tarde para el caso del ex presidente mexicano.

Desde entonces, Uribe no ha vuelto a Cambridge, probablemente ante el riesgo de enfrentar otro desastre (la polémica le persiguió hasta la universidad de Georgetown en Washington, en la que su beca fue rescindida solo después de un año, debido a las constantes protestas que causaba). El escenario, pues, parecía listo para un esfuerzo muy similar respecto al ex presidente Calderón, que ayer entró a su segundo día en su beca de Liderazgo Global, en el inicio de esta, la etapa pospresidencial de su vida.

Con cajas rotuladas: “34 mil le dicen no a Calderón en Harvard”, un par de activistas mexicanos y estadunidenses buscaron llamar la atención de transeúntes, estudiantes y profesores en la entrada principal de la universidad a la injusticia que, consideran, es la llegada del ex mandatario a Cambridge, en especial después de los resultados de la guerra declarada por su gobierno contra el crimen organizado.

Pero la realidad es que las similitudes con el caso Uribe acaban ahí. La llegada de Calderón terminó siendo mucho más tersa. No hubo muchedumbres denunciándole y en el segundo día de clases después de las vacaciones de invierno, pocos repararon en la presencia de las cajas —repletas de miles de firmas de mexicanos— entre los montículos de nieve. Y menos en su mensaje, con el que la organización Change y los activistas Joseph Randolph y Eduardo Cortés trataron de marcar el rumbo del estreno del ex presidente como académico.

“Calderón está manchado de sangre y es una vergüenza que esta universidad haya decidido contratarlo”, aseguró Randolph por la mañana. Desde noviembre pasado, el ex agente de la Patrulla Fronteriza encabezó el proyecto de recolectar miles de firmas de rechazo al otorgamiento de la beca Angelopoulos de Liderazgo Global al ex presidente. Viajó desde Colorado para entregar su pliego petitorio.

“Una universidad es una institución encargada de brindar conocimiento y sabiduría con ética. Como Harvard es una institución que forma a líderes mundiales, me parece un insulto que hayan contratado a alguien como Felipe Calderón y que lo premiaran con una beca y una estancia que le permitirían limpiar su nombre”, sostuvo Cortés, un empresario poblano que se unió al proyecto de Randolph e hizo lo propio en territorio mexicano.

Pero la universidad respondió sin moverse un milímetro: se empecinó en mantener el tema de Calderón en medio de un espeso hermetismo. Prohibió cualquier grabación al interior de la escuela John F. Kennedy para no invadir la privacidad del ex mandatario, dio prácticamente por cerrada la polémica por su beca y dejó en claro que, pese a las firmas enviadas por miles de personas, el apoyo del que goza se mantendrá incólume.

Cortés y Randolph entregaron la mañana de ayer el manifiesto que contenía las 34 mil firmas recopiladas en internet a Melody Jackson, funcionaria de tercer rango del Departamento de Comunicación de Harvard. La misma que, incidentalmente, redactó el comunicado relacionado con Uribe en 2011.

“Estoy un poco desilusionado con la rapidez. Esperaba que nos dieran tiempo para discutir el tema”, dijo Cortés a la salida del encuentro que duró no más de 5 minutos y al que no se permitió el acceso a los medios. El Departamento de Comunicación de la escuela JFK emitió poco después un comunicado.

“Uno de los principales valores de la escuela John F. Kennedy es el libre intercambio de ideas”, insistió la escuela, que usó ad verbatim las mismas palabras que en el caso de Uribe. Pero esta vez imprimió una variación: “la oportunidad de encarar en una discusión directa con un ex jefe de Estado es una que muchos estudiantes consideran valiosa, aún si están en desacuerdo con las posiciones políticas de ese líder”.

Y remató: “Confiamos en que la beca de un año del señor Calderón ayudará crear numerosas oportunidades para discusiones rigurosas y de debate activo”.

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A los 75 años, John Womack dice estar enfocado de lleno en escribir todos los libros que pueda antes de que el tiempo se le acabe. “No es lo mismo tener 75 que 50. O que 65”, admite el historiador, probablemente la voz más respetada sobre México en todo Harvard, quien hoy dice vivir casi una vida monástica en la biblioteca de Harvard. La llegada de Calderón le ha tomado ya lejos, distanciado del activismo de antaño.

¿La llegada de Calderón a Harvard es un movimiento estratégico por parte de la universidad?

Su llegada no es un asunto improvisado. Es algo calculado. Se les ocurrió que podían presentarse como una escuela que tiene su propio experto en el tema del narcotráfico. Y presentarlo en sus debates. Eso, al final, le puede generar dinero a la escuela.

Womack no oculta su sorpresa por lo terso que ha sido el ingreso de Calderón a Harvard, pero admite que, probablemente, el paso del tiempo ha mellado la tradicional pulla harvardiana, dejando la vía abierta a que el ex presidente no enfrente el mismo tratamiento que Uribe y otros líderes polémicos, como en su momento el Sha de Irán y el secretario de Estado, Henry Kissinger, objeto todos de protestas.

“Imagínese que hubieran venido Luis Echeverría o Gustavo Díaz Ordaz a la universidad. Hubiera habido protestas. Hubiera sido imposible. Impensable Habría habido verguenza.”, dijo el autor de Rebelión en Chiapas: una mirada histórica.

“Pero esta es otra universidad a la de antes. Es un nuevo mundo feliz de gente que no tiene ningún compromiso comunitario”, consideró. “Cuestiones que antes preocupaban a los profesores y los estudiantes generan indiferencia. Es como una variación de la vieja canción argentina que decía ‘solo le pido a dios que no me deje ser indiferente…’”.