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El estorbo está en el aire (crónica)

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Nunca estuvo tan cerca Andy Murray de probarse capaz de ganar un torneo mayor. Eso si el vendaval no decide otra cosa…

México • "Súper Sábado", llaman los organizadores del US Open al exceso de oferta que aglomera en un día las semifinales masculinas y la final femenina, a menudo a costillas de los finalistas (forzados a jugar dos días al hilo). Es no obstante el quinto año que el mal clima interfiere y el torneo termina por resolverse en lunes: para cuando Andy Murray y Tomas Berdych arriban a la cancha, el pronóstico advierte que hace falta un milagro para que cuando menos alcancen a jugarse dos partidos antes de que el chubasco imponga su ley.

"Jugar", no obstante, es mucho decir. Hay una ventolera infumable sacudiendo la cancha del estadio Arthur Ashe, y es contra ese enemigo que deberán medirse Murray y Berdych a lo largo de un duelo que se anuncia tortuoso por necesidad. De un lado, el checo Berdych intenta consumar su segunda proeza consecutiva: una vez derrotado el primer sinodal en la persona de Roger Federer, aún le queda vencer al escocés, y después a un tercer sinodal, probablemente Djokovic, antes de proclamarse campeón; todo lo cual parece más remoto con semejante vendaval encima. Del otro lado, hay un segundo checo: es hora de que Murray muestre lo que ha aprendido de Iván Lendl, tras ocho meses de trabajar juntos. ¿Dónde, sino en el US Open, se hizo Lendl con sus mejores mañas?

Por injusto que pueda parecer, el reglamento desestima casos en los que el viento lleva y trae la pelota a su antojo, por no hablar de papeles, tierra y hasta las mismas sillas de los jugadores que de pronto se dejan arrastrar por él hasta echar las mochilas a la cancha, de forma que en momentos no hay más protagonista que el azar: ocurre lo que al viento se le antoja.

Es apenas el cuarto juego de la primera manga, Murray ya le hizo un quiebre a su contrincante y al fin de una jugada decisiva su gorra lo abandona: “estorbo no intencional”, el punto se repite y Berdych le devuelve el rompimiento. Por su reacción de rabia y el descontrol que sigue, se diría que las vicisitudes del vendaval afectan más al escocés que al checo.

Una vez que se embolsa el primer set, a Berdych se le acaba la paciencia. O será que esta clase de ventarrones se ensañan comúnmente con el menos plantado. Que es el caso del checo, no bien el escocés recobra compostura y agresividad, al tiempo que los vientos arrasan con la cancha y hacen de este partido una prueba mayor de supervivencia. En tales condiciones, la tarde entera es un estorbo no intencional.

Mucho se habla de Lendl y sus estrategias para hacerse con el US Open. Ocho veces finalista, tres de ellas campeón, Iván era famoso por tener en su casa de Connecticut una réplica exacta de la cancha del estadio Louis Armstrong y entrenarse con copias de las raquetas de sus contrincantes para identificar probables lados flacos. Visto como una máquina por sus contemporáneos, Lendl le ha dado a Murray no sólo una mayor variedad de herramientas y armas, también una dureza que ya se hace notar frente a la adversidad. Desde que rompe el servicio de Berdych, en el principio del segundo set, el escocés se lanza hacia adelante y consigue borrarlo de la cancha.

A juzgar por su mero lenguaje corporal, el verdugo de Federer está cargando a solas con el huracán. El pupilo de Lendl quiebra, vuelve a quebrar y asiste desde lejos, diríase tranquilo, al carnaval de errores del checo errático cuyo tenis se arrastra por los suelos hasta el principio del cuarto set, cuando el ventarrón cede y la pelota vuelve a obedecerle. Con dos sets ya perdidos y un servicio roto, Tomas Berdych se lanza al contraataque y eventualmente iguala el marcador del cuarto set. Falta ver hasta dónde lo dejará llegar el escocés, que hasta hace unos minutos podía ver la línea de meta.

A cuatro horas de haber empezado a pelear contra el viento, los nervios y el contrario, Berdych y Murray saben que el ganador llegará a la final con un día de descanso, a diferencia de su contrincante. Se hace tarde en la cancha del Arthur Ashe, el cielo se encapota y no va a haber manera de que David Ferrer y Novak Djokovic terminen de jugar el segundo partido. Berdych, por lo demás, resucitó completo y ya toma ventaja en la muerte súbita. Es de dudarse incluso que la lluvia permita un quinto set...

Andy Murray nunca ha ganado un torneo mayor, pero al menos ya tiene un oro olímpico y es hora de que dé el salto cualitativo. Berdych podrá volver de sus cenizas y ambicionar la gloria en el desempate, pero Murray resiste mejor la presión: seña de que está listo para cambiar su suerte y salir vencedor hacia a la regadera, tras haber resistido un punto para set e imponerse al segundo punto para partido.

El segundo partido empieza mal para el campeón de 2011. Con el servicio roto desde temprano y las nubes ganando negrura, Novak Djokovic se deja arrasar por un David Ferrer resuelto a capitalizar cada instante ganado al chubasco inminente. Una vez que éste llega, el primer set está casi en sus manos y Nole acusa signos tardíos de recuperación. Es con este sabor ambiguo y relativo que acaba el Super Sábado y se anuncia de nuevo la final para el lunes. Condiciones adversas, estorbos indecibles, nervios de punta, miedo: nadie que no consiga derrotar a esos monstruos será jamás campeón del Abierto de Flushing.