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Roberto Sosa. Entre Juan Orol y Díaz Ordaz

El Ángel Exterminador •

El actor protagoniza la ya multipremiada cinta 'El fantástico mundo de Juan Orol', la cual se estrenará el 14 de septiembre en los cines del país. Aquí, una charla y una reseña al respecto.

México

Juan Orol es un personaje muy interesante, muy lleno de matices.

Algo que es muy valioso y se rescata de la película, es que Sebastián del Amo, el director, hace, de alguna manera, una cronología de la cinematografía mexicana a partir de la vida de este cineasta, un cineasta muy incomprendido, con un cine muy popular, que cuando todavía había salas de mil 500 personas las llenaba. Hizo más de 50 películas, se casó con cinco de sus actrices, era un “hombre orquesta”, producía, dirigía, editaba, fotografiaba, escribía…

Y tenía el humor involuntario que nadie más poseía.

Con el tiempo, sus películas han ido cobrando valor, y también siento que el hecho de que salga esta película va a ayudar a muchos chavos que no conocen el cine de Orol a acercarse a él. Creo que no podemos entender nuestra cinematografía sin el cine de Orol.

Hay que revalorarlo, es nuestro Ed Wood, el creador de películas tan malas que eran buenas.

Pues de él viene esta famosa anécdota de filmar patitos, porque él filmaba patos emplumados para pegar una escena con otra, aunque no tuvieran nada qué ver, entonces a partir de ahí se acuñó el término y la gente de cine dice: “Vamos a filmar patitos”.

Además, tenía grandes momentos: entraba a un elevador con un traje blanco y salía del quinto piso con un traje negro.

Le rendimos homenaje y hacemos escenas en donde de pronto, voluntariamente, estoy con un traje negro, salgo por la puerta y ya traigo un traje blanco. Claro, para él no era voluntario y así ocurría.

Ahora estás con dos personajes: Juan Orol y Díaz Ordaz.

Alguien me preguntaba: “¿Por qué haces un personaje tan malquerido?”. Le dije: “En la política, en el cine y en la realidad alguien tiene que hacer el trabajo sucio”. Fue interesante hacer ese personaje, filmar, por ejemplo, la inauguración de las Olimpiadas en el Estadio de CU caracterizado; me veían los extras, el staff, y era de “ay qué miedo”.

La historia lo ha señalado, lo ha juzgado a final de cuentas, pero recuperarlo, ¡qué difícil!

Y, además, en una historia muy bonita, es un Romeo y Julieta, la imposibilidad de dos adolescentes por amarse porque pertenecen a dos ideologías distintas, una es de corriente de izquierda y la familia de él es de corriente más conservadora.

¿Y tú qué es lo que quieres?

Quiero seguir trabajando y seguir hablando de las cosas que veo. Procuro que los personajes hablen de esto; por ejemplo, Juan Orol habla de una decadencia dentro de la cinematografía mexicana. Orol es como el papá del cine de ficheras, como el papá de los videohomes. Entonces, entender el cine mexicano actual es difícil sin ver el cine de Juan Orol.





El fantástico Surrealismo del Rey del churro
(Rafael Molina)

La técnica casera cinematográfica de Juan Orol originó su mito gracias al clisé, la trivialidad y la cursilería, a tal grado que Trino acuñó la frase “la vida es peor que una película de Juan Orol”. Además de haberse ganado la inmortalidad como Rey del churro, también se le rinden tributos como productor, director, guionista y actor de 56 películas, porque no cualquiera las produce, las escribe, las dirige o las actúa con barroquismo churrigueresco.

Y es que el director de Charros contra gángsters mostró múltiples habilidades como boxeador, beisbolista, torero… dando la impresión que le quedaba tiempo para ir por el pan, evidenciando su mitomanía, pero sus virtudes de don Juan fueron irrefutables en este flaco suertudote.

Creó fama pero no se echó a dormir y mitologizó a dos de sus cuatro esposas: María Antonieta Pons y Rosa Carmina, actrices y bailarinas cubanas y divas tan emblemáticas como su imagen gangsteril. Charros contra gángsters lo colocó como el rey de la metralleta de pacotilla, pero su hazaña se extiende al género de rumberas, del cual fue creador.

La cubanía es uno de los universos más profusos a partir de Siboney (1940), en la que debutó María Antonieta Pons. El thriller trillado de un hacendado (o millonario) que libera a la esclava y la convierte en artista y en su amante, fue guión de la vida real de Orol, que sedujo con el cine a María Antonieta Pons y a Rosa Carmina —su tercera esposa— en Cuba.

Su bella salvaje por excelencia; su Rarotonga de cabaret y selváticos ritmos en Tania, la bella salvaje (1948), pero además el propio Orol interpretó el papel del gángster o millonario seductor de las cubanas con caderas demoledoras. Aquí radica la genialidad para encarnar sus delirios de grandeza que se tomaba muy en serio, portando pistola (en la vida real) creyendo reencarnar a Al Capone. Rumberas envueltas en fuego erótico, exuberantes plumajes y rítmica conguera; mafiosos que paralizan de miedo a la risa, sintetizan el desbordante mundo oroliano.

El cabaret en su acepción original —no como refugio de vouyers de ficheras— cobró esplendor con sus coreografías lujuriosas reproducidas del Tropicana cubano, desde nuestra particular hipótesis. Como emigrante de España a Cuba, Orol absorbió la cultura habanera antes de instalarse en México, desatando plasmaciones escenográficas con Rosa Carmina (su epicentro sensual) en Sandra, la mujer de fuego (1953) por ejemplo, en que esta pin-up cubana de La Habana se unta un vestido negro, entre abierto, sobre la piel.

Realmente el ángulo kitsch de Johnny Orol se desprende del género de gángsters y, en ese sentido, el maestro García Riera narra (en su seminario) una anécdota que se ha reproducido de múltiples maneras. El crítico de cine la plasmó en el prólogo del libro de Eduardo de la Vega Alfaro, el máximo oroliano:

“A propósito de ya no me acuerdo cuál de sus películas, le pregunté hace tiempo a Orol: ‘Don Juan, ¿cómo es posible que en una escena usted ametralle a todos sus enemigos, que están sentados ante una mesa y de espaldas a un amplio ventanal, y no se rompa un solo vidrio por el impacto de las balas?’. Se me quedó mirando el cineasta y respondió: “¿Y qué? ¿Me iba usted a pagar los vidrios rotos? Y, además, ¿cree usted que el público va a ver vidrios rotos al cine?”.

La técnica cinematográfica del gran “surrealista involuntario” era cursi, amateur e inverosímil, pero con más de 50 películas y el ‘Johnny Carmenta’ de Gángsters contra charros (1948), es insuperable. Por su ficticia ciudad de Chicago con un letrero de un camión “Línea Peralvillo-Cozumel” o su “selva amazónica”, que lo delata por el monumento a Bolívar en Chapultepec.

Orol es un inventor de géneros desde la frontera en Cruel destino (Allá en la frontera) y Los misterios del hampa —mucho antes de los Almada— hasta El fantástico mundo de los hippies (1972).