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Guillermo Echevarría: La medalla que no fue

El Ángel Exterminador •

Alguna vez hubo un ídolo al que gente le mentó la madre por no ganar una presea olímpica. Eso ocurrió en un pletórico gimnasio Juan de la Barrera, donde cientos de aficionados daban por hecho que un mexicano tendría el máximo honor del oro.

México • Dice Guillermo Echevarría que con el paso de los años él podrá olvidar cualquier cosa, incluso su fecha de nacimiento, pero jamás el tiempo que estableció para imponer ese récord mundial de los mil 500 metros libres en Santa Clara, California, a solo unas semanas de la inauguración de los Juegos Olímpicos del 68.

La histórica marca, que hasta el día de hoy permanece grabada en su memoria —16 minutos, 28 segundos y 01 centésima—, lo situó como la máxima promesa de medalla de oro para México.

Para dar una idea de su hazaña, sería conveniente recordar que en los últimos 42 años, ningún otro mexicano ha logrado imponer un récord mundial en la alberca. Lo hizo este hombre que viste pantalón de mezclilla y camisa a cuadros, de albos cabellos, que me mira fijamente a los ojos y repite con orgullo: “Yo alguna vez fui el mejor del mundo…”.

No miente Guillermo Echevarría. Entre otras anécdotas, hay una que expresa la popularidad y simpatía que despertaba por aquella época en que era un joven enérgico y casi invencible en el agua. Una actriz de cine llegó a decir públicamente que deseaba casarse con ese ídolo que no se cansaba de imponer marcas en la piscina.

Memito, como le llaman ahora sus amigos, era el Chicharito Hernández de la natación. Por eso, millones de mexicanos depositaban sus esperanzas e ilusiones en las poderosas brazadas de este nadador de fondo. Ni quiera Felipe El Tibio Muñoz, quien se colgó la medalla de oro en la prueba de los 200 metros nado de pecho, tenía el dominio y la autoridad de Guillermo en la alberca.

Solo seis atletas, a lo largo de la historia del deporte mexicano, pueden presumir de haber roto un récord mundial: Radamés Treviño, en ciclismo; Olegario Vázquez Raña, en tiro; Ernesto Canto, Raúl González y Bernardo Segura, en marcha; y el otro, es un hombre de 64 años, que como bien dice, podría olvidar su fecha nacimiento pero nunca el tiempo que impuso en los mil 500 libres y que ya quedó para la historia.

Su hazaña en la alberca de Santa Clara, California, lo hizo aparecer a toda página en la portada de Swimming World, la revista estadunidense más importante en el mundo de la natación.

Eran los meses en que estaba acostumbrado a firmar autógrafos y ver su rostro juvenil reproducido en las páginas deportivas. “El tritón azteca”, titulaban los diarios a ocho columnas. De ahí que colgarse una presea olímpica parecía tan sólo un mero trámite.

Pero nadie puede asegurar lo que el destino tiene escrito para cada deportista. Aquel 25 de octubre de 1968, la gente reñía por comprar un boleto a las puertas del gimnasio Juan de la Barrera. Todos querían verlo competir y escuchar con él el himno mexicano.

Hasta el presidente Gustavo Díaz Ordaz, que se encontraba ansioso en las tribunas, minutos previos a la competencia, le envió a Memo una tarjeta que decía: “Nos vemos en el podium”.

En medio de ese público que rugía y ondeaba las banderas nacionales, Memo se encaminó en traje de baño hasta la orilla de la alberca. “Era como un circo romano”, recuerda Echevarría, ahora que lo platica en su oficina del Comité Olímpico Mexicano (COM), donde actualmente trabaja.

La máxima esperanza mexicana de medalla respiró hondo y trató de restarle importancia al dolor en el pecho que sentía por los nervios. Escuchó el pistoletazo de salida y se lanzó decidido al agua. Braceó como siempre lo había hecho y sin dejar de tener presente su récord mundial impuesto unas semanas antes.

Pero nadie mejor que él para relatar lo que pasó: “Yo hacía hoyos en la alberca. Sentía que no avanzaba. Algo estaba mal. No tenía ni una pizca de confianza en mí…”.

Se rezagó en el carril siete mientras sus rivales nadaban como poderosos torpedos. Finalizó en sexto lugar, a más de un minuto de su histórica marca. Esa tarde, Memito escuchó más mentadas de madre que las que suele oír un árbitro en un partido de los Pumas.

Los cientos de fanáticos que horas antes habían reñido por un boleto, le reprochaban a su ídolo que en la competencia más importante de su vida, se hubiera dedicado a excavar hoyos en el agua. Él apretó los labios y salió del agua cabizbajo, sin levantar la vista, como si buscara en algún punto del piso una respuesta a lo sucedido.

Sentado detrás de su escritorio, junto a unas ventanas por las que resbala la lluvia, Echevarría alza la voz para decir: “A Memito la gente le mentó la madre por ese deshonroso sexto lugar. Querían verme ganar. Tardé muchos meses en comprender su enojo y sus groserías: “¡Maricón! ¡Hijo de puta! ¡Guevón! ¡Traidor!”.

Todavía se aprecia en su rostro un sentimiento de tristeza y frustración por lo que le tocó vivir. “No gané en las Olimpiadas, pero con orgullo te digo: ‘No somos más de seis mexicanos los que hemos impuesto un récord mundial”.

Durante los Juegos Centroamericanos y del Caribe celebrados en 1966 en San Juan, Puerto Rico, Guillermo Echevarría ganó diez medallas, ocho de ellas de oro, que cuelgan enmarcadas en una de las paredes de su oficina.

En los mil 500 metros más decisivos de su trayectoria deportiva, el cuerpo se cansó y sus músculos se mostraron fatigados. “¡Imagínate! Tenía tanta presión, que al despertar cada mañana, mi almohada estaba húmeda por el sudor y los nervios. Ni siquiera podía dormir. De eso la gente nunca se enteró. Y ni modo de echarme para atrás y decir: ‘¿Qué creen? Ya no compito’.

Sin embargo, su mejor medalla es aquella que se colgó cuando venció a la muerte. Durante la entrevista no puede evitar quejarse de los fuertes dolores de la columna, producto de un accidente automovilístico que lo tuvo dos meses y medio en un coma profundo.

Resucitar de aquel choque en carretera, mientras viajaba de Puebla a Orizaba, justo once años después de las Olimpiadas del 68, ha sido la carrera más larga y dura por combatir. “Salí del hospital con treinta y tantos kilos menos. Ni siquiera podía caminar. Pasé largas temporadas en una clínica de rehabilitación. Me enamoré de mi terapista, hoy la madre de mis hijos, quien me impulsó finalmente a salir adelante”.

Estuvo tan cerca de morir, que los médicos que le atendían pidieron a sus familiares llamar a un sacerdote. Para los doctores representaba algo inexplicable, casi un milagro, cómo un atleta de 33 años, que volvía a ser noticia en la prensa luego de un dramático percance, siguiera con vida.

Es el mismo que ya me enseña fotografías de sus mejores momentos deportivos, que posa frente a la lente de la cámara digital y que reconoce, a poco más de cuatro décadas de su récord: “¡Imagínate! Aquel octubre de 1968, México estaba en su fiesta. Pero tenían un ídolo de barro, como hemos sido muchos”.