Los siete libros del año
Durante 12 meses, el área de novedades en las librerías se desparramó con una oferta oceánica que amenazó la cordura y el bolsillo del lector. Elegimos siete libros que llegaron a los escaparates en 2012 y son una buena opción para la biblioteca personal en esta temporada.
México • Gótico carpintero, William Gaddis.
Sexto piso.
A William Gaddis se le atribuye la paternidad literaria de escritores como William Gass, John Barth y Thomas Pynchon, tal vez porque sus novelas hurgaban hasta el fondo del espíritu estadunidense, pero un espíritu fincado en el éxito financiero, la avaricia, la mezquindad y el egoísmo. La obra de Gaddis es como un aparador donde los personajes se muestran a través de sus palabras, una suerte de monólogos opacos, difusos, de donde emergen sus más oscuros sentimientos: en Gótico carpintero, cuyo título proviene del estilo arquitectónico más popular y decadente de los suburbios americanos, habitan un puñado de criaturas que serían el festín de cualquier sicoanalista: un ama de casa que intenta defraudar a su compañía de seguros, el marido de ésta que planea ganar una fortuna promocionando a un reverendo que mató a un niño al bautizarlo, y el casero, el enigmático señor McCandless, cuyo pasado lo hace una especie de fantasma truculento. La persecución de la felicidad a través de la riqueza, el perjurio y la miseria humana, son los ejes en que gravita este estupendo libro de William Gaddis.
Extrañando a Kissinger, Etgar Keret.
Sexto Piso.
Los 49 cuentos de Etgar Keret son de una ironía magnífica. Keret escribe sobre ángeles perezosos, sobre niños crueles, sobre estudiantes de magia fracasados, sobre desengaños amorosos donde los damnificados deciden ya no volver a enamorarse y mejor comprar un perro. En Extrañando a Kissinger también pululan otro tipo de criaturas y destinos: peluqueros tiránicos y generosos como los reyes, alcancías que conjuran su aciaga condición de objeto para reclamar su valor afectivo pero sin poder postergar el día que sus dueños van a romperlas o mujeres arrogantes que abusan de sus novios hasta convertirlos, prácticamente, en sofás vivientes. Cuentos breves, de aliento acompasado, cada historia es una microrradiografía de los instantes en la pluma de este hábil autor israelí que ya se había anotado dos buenos éxitos entre el público lector: Pizzería kamikaze y otros relatos y Un hombre sin cabeza.
Blonde, Joyce Carol Oates.
Alfaguara.
Las 933 páginas de la escritora neoyorquina Joyce Carol Oates no conforman una biografía de Marilyn Monroe, sino un espléndido retrato de la mujer más bella e inquietante que haya caído en esta tierra. Para su libro, que puede leerse como novela por las múltiples invenciones que se permite el texto, la Oates exploró los diarios íntimos de Marilyn Monroe, leyó y releyó sus poemas, recabó una buena cantidad de testimonios con el único propósito de mostrarla en cuerpo y alma, y revisó exhaustivamente todas las biografías disponibles de la estrella. El resultado es una ficción con múltiples guiños literarios donde Joyce Carol Oates incluye fragmentos de otras obras, sean El origen de las especies, de Darwin, los versos de Emily Dickinson o las tesis de Schopenhauer y de Sigmund Freud, a manera de paráfrasis sobre las peripecias existenciales de la única Diosa que visitó el mundo de los mortales.
Éramos unos niños, Patti Smith.
Lumen.
Si alguien tuvo (y tiene) una vida novelesca es la maestra Patti Smith. En su íntimo homenaje al personaje más importante de su vida, el fotógrafo Robert Mapplethorpe, la Smith recrea una juventud ávida de experiencias y delirios, y evoca una estremecedora educación sentimental blindada contra la desilusión y la tristeza, porque Patti y Robert fueron una pareja excepcional: el vínculo más poderoso entre ellos no solo era el amor incondicional, sino la ambición por hacer algo de sus vidas en ese Nueva York de los 70 que, como un personaje más de sus recuerdos, respira, se mueve y se irrita como un ogro caprichoso. En Éramos unos niños, los sitios emblemáticos de sus años de pobreza ensamblan una cartografía para corazones insumisos, en el que van apareciendo insólitas figuras de reparto: del Village al Hotel Chelsea o de Times Square al Bowery o de Max’s Kansas City al CBGB, surgen Andy Warhol, Edie Sedwick, Allen Ginsberg, Bob Dylan, Janis Joplin, Sam Shepard, Hilly Cristal y otros célebres miembros de una pandilla cósmica que quiso devorar al mundo de un solo bocado. Vida y muerte, poesía y redención, marcan el hilo conductor de esta fantástica travesía memoriosa de la Smith.
Las correcciones, Jonathan Franzen.
Salamandra.
El relanzamiento en español de la tercera novela de Jonathan Franzen (Ciudad veintisiete fue la primera, Movimiento fuerte la segunda), ofrece a los lectores otra oportunidad para explorar los vaivenes de la familia Lambert, una típica tribu estadunidense acosada por la cultura del éxito a toda costa, el capitalismo salvaje, la enfermedad y sus metáforas, y el desencanto social. Aclamada por maestros como Don DeLillo, Thomas Pynchon y el extinto David Foster Wallace, Las correcciones consolidó a Franzen en el Olimpo de la literatura contemporánea (obtuvo el National Book Award y el Premio James Tait Black Memorial), porque esta novela no es únicamente la hagiografía de un puñado de burgueses, sino una mirada aguda sobre las torceduras emocionales de la época en que vivimos, tiempos nublados que desdibujan la esencia de ser y estar en el mundo.
Cheever: una vida, Blake Bailey.
Duomo.
Aunque su nombre no sea del todo familiar para algunos lectores, es indudable que John Cheever desmanteló las convenciones narrativas mucho antes que John Bart y Donald Barthelme, solo basta con revisar Crónica de los Wapshot, Escándalo de los Wapshot, Falconer o Esto parece el paraíso, donde Cheever mostró un talento casi sobrenatural para la ironía y las odiseas extremas. Encajonado como articulista de magazines y al mismo tiempo un escritor ultrarradical, Cheever tuvo una vida tempestuosa, marcada por el alcoholismo y la bisexualidad, pero particularmente fértil y brillante, como Blake Bailey documenta en esta exhaustiva biografía donde también ocupan sitios centrales figuras como Truman Capote, Raymond Carver, John Updike y Saul Bellow, compañeros de viaje de aquel hombre que recurrió al lenguaje con elegancia e indolencia para desentrañar la condición humana.
Joseph Anton. Memorias, Salman Rushdie.
Mondadori.
Sobre la fatwa, la condena de muerte que el Ayatolah Jomeini le lanzó tras la publicación de Los versos satánicos, y la vida normal, Rushdie escribe: “No existía nada que pudiera llamarse ‘vida normal’. Siempre le había gustado la idea de los surrealistas de que nuestra capacidad para experimentar al mundo como algo extraordinario se veía empañada por el hábito. Nos acostumbrábamos a las cosas tal como eran, a la cotidianidad de la vida, y entonces una especie de polvo o película nublaba nuestra visión, y la verdadera y milagrosa naturaleza de la vida en la tierra se nos escapaba. Correspondía al artista eliminar esa capa cegadora y renovar nuestra capacidad de asombro”. Joseph Anton, el seudónimo de Rushdie en sus años a la sombra (Conrad y Chéjov), es un alter ego que transcribe la precariedad de un mundo asfixiado por la ignorancia, el odio, el fanatismo. Crónica de vida y, al mismo tiempo, de experiencia.








