“La ligereza literaria no es defecto”
Enrique Serna entrega en su más reciente novela, La sangre erguida, una tragicomedia sobre tres hombres y sus respectivos penes.
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Guadalajara.- Un actor porno que busca el amor, un mexicano enamorado de una joven bailarina dominicana y un catalán que ha arrastrado cuatro decenios de impotencia sexual entran en momentos de crisis en sus relaciones con sus respectivos penes, en una historia que sirve como argumento al escritor mexicano Enrique Serna (Ciudad de México, 1959) para su más reciente novela: La sangre erguida, recién publicada por Seix Barral.
Narrador, cuentista, ensayista y guionista, Serna habló en entrevista telefónica del nuevo libro, escrito durante una estancia de dos años en Barcelona, ciudad en donde ocurre la historia.
¿Por qué escribir una novela acerca de la relación de los hombres con el pene?
La autonomía del pene con respecto a la voluntad encierra un misterio muy importante para conocer la naturaleza humana y sobre todo para conocer los misterios profundos del amor. Durante mucho tiempo había hecho conjeturas sobre esto, pero, en lugar de escribir un árido tratado sobre la materia, decidí escribir una tragicomedia erótica.
Los tres personajes de la novela ocultan problemas de los que no pueden hablar con otras personas. ¿Retratan, en ese sentido, problemas masculinos reales?
Ése es el caso sobre todo de Ferrán, el catalán impotente que, por haber tenido una mala experiencia en su iniciación sexual, rehúye a las mujeres y pasa la mayor parte de su madurez acumulando odio y resentimiento contra el sexo femenino. Es una víctima de esta prohibición que existe en los círculos machistas, de que el hombre no puede hablar de sus problemas sexuales porque significa una deshonra.
¿Estaría usted de acuerdo con que, comparadas con los hombres, las mujeres parecen ahora más liberadas?
Yo creo que las ventajas de las mujeres es que son más francas para hablar de su intimidad, y eso puede alivianarlas de muchos conflictos sin necesidad de ir a un psiquiatra o a un terapeuta. En cambio, los hombres siempre estamos hablando como ante un tribunal machista, que nos puede revelar si mostramos nuestras flaquezas. Esto produce casos que podrían ser muy fáciles de superar, pero que a veces se convierten en traumas que duran toda la vida.
¿En qué sentido ayuda o complica a la redacción de una novela el hecho de enfrentarse a un tema tabú?
Eso es lo que yo creo que deberían hacer todos los novelistas: vencer el miedo al ridículo, que es muy paralizante, no sólo en la vida sino en la literatura, y ocuparse de temas como éstos, de los que poca gente quiere hablar.
También hay un esfuerzo por hacer “ligeros” a los tres personajes.
Para mí, la ligereza en la literatura no es un defecto: hay novelas ligeras, en el buen sentido de la palabra, y son ésas en que el escritor se toma la enorme dificultad de escribir en un lenguaje transparente y preciso, para que la lectura sea un acto placentero. Eso sí he tratado de hacerlo y no creo que signifique escribir literatura barata. En esta novela tuve, por ejemplo, el reto de las escenas eróticas, que siempre implican el peligro de caer en los extremos: el exceso de metaforización del lenguaje sublime que falsea el placer, o caer en la obscenidad excesiva.
Buena parte de la novela está sostenida por el contraste entre las voces de los tres personajes y la narradora, que tiene un estilo más elaborado. ¿Era ésa su intención al escribir?
A mí me encantan los coloquialismos: conocerlos nos ayuda a enriquecer el español que hablamos y, entonces, quise mostrarlos en esta novela porque me servían para caracterizar a los personajes. Claro que hay transiciones en esta novela quizá entre el lenguaje obsceno y el más poético, etcétera; para eso, me inspiré por ejemplo en Henry Miller, que puede pasar de una escena a una escena pornográfica a una disertación filosófica con toda facilidad.
Iván González Vega









