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Miguel Calero: “A mí la portería no me llamaba la atención”

El Ángel Exterminador •

Admirador del jonronero Sammy Sosa, coleccionista de guantes de portero (al grado de juntar hasta mil pares), el guardameta colombiano era de esos futbolistas que se crecían y motivaban con la gente en contra. Vayan estas líneas en recuerdo de este enorme cancerbero.

México • Durante su niñez, en la población colombiana de Ginebra Valle, a Miguel Calero nunca le interesó la portería. Pasaba buena parte del tiempo atrapando la pelota como segunda base con un equipo de la región, incluso combinó la posición de pitcher con la de alero en una escuadra de baloncesto. Pero todo cambió el día en que Luis Miguel Calero, obrero en un ingenio de azúcar, le dijo con voz profética: “Hijo, ¡tienes madera y buena talla para atajar!”.

El chamaco se tomó muy en serio las palabras de su padre, y decidió entonces cambiar sus dos grandes pasiones, el beisbol y el baloncesto, por los vuelos acrobáticos debajo del travesaño. “También me llenó de ilusión ver a mi hermano Milton, un famoso portero del Deportivo Cali y Once Caldas, al que le sacaban cantidad de fotos y pedían autógrafos. Me di cuenta de que quería ser como él”.

El aprendiz de portero empezó cargándole la maleta a su hermano en numerosos entrenamientos, después comenzó a lanzarse por el balón sobre la hierba, hasta que finalmente aquello de que tenía madera y buena talla para atajar se hizo realidad.

Debutó profesionalmente con el Sporting el 18 de abril de 1990, y jugó con la selección olímpica de su país en Barcelona 1992, año en que se integró al Deportivo Cali, escuadra con la que ganó un campeonato en el futbol colombiano. Pasaría después al Atlético Nacional, con el que conquistó otro título.

En 1999, Miguel Calero escuchó por primera vez la propuesta del Pachuca para venir a México. Aceptó, y lo único que pidió es que lo esperaran por un tiempo. Durante ese lapso, curiosamente, el portero colombiano enfrentó a ese inolvidable Atlas de La Volpe en el estadio Jalisco —un 22 de marzo de 2000—, en juego de la primera fase de la Copa Libertadores.

“Me acuerdo que El Vasco Aguirre —técnico de los Tuzos— en ese entonces mandó a su auxiliar a Guadalajara para que me observara con el Atlético Nacional. Me puso cinco de calificación. ¡Era lógico! Perdimos 5-1 contra aquel equipo de Miguel Zepeda, Juan Pablo Rodríguez, El Misionero Castillo, Daniel Osorno...”

Muchos años después de aquella goleada, ya con varios títulos de liga ganados con los Tuzos, Miguel Calero, algo divertido, llegó a contar mientras bebía un refresco en el lobby del hotel Crowne Plaza, de la ciudad de Pachuca, que el mismo Javier Aguirre protestó su contratación, al enterarse de la nota reprobatoria con que lo había evaluado el auxiliar.

Uno de los pasajes más singulares en su trayectoria deportiva ocurrió el día en que se convirtió en el primer guardameta en anotar un gol de jugada en México. El altísimo guardameta, con su 1.90 de estatura, en la agonía de un partido contra Jaguares, corrió hasta el área contraria para intentar rematar un tiro de esquina ejecutado por su compañero Cesáreo Victorino.

Siempre que podía recordaba ese gol que consiguió con la testa, y lo evocaba a su manera: “Ya soy un experto en remates con la cabeza, tipo Jared Borgetti. Y lo hice con gorra, ¡no lo olvides! También metí dos goles con pierna izquierda en Colombia. Pero ese cabezazo de frente lo recuerdo con la misma intensidad con que me llegan las imágenes del día del nacimiento de mi hijo!”.

Calero jamás se resistió a regalar sus guantes a alguno de los chiquillos que se arremolinaban a sus pies. Esos guantes que para él eran algo más allá que una herramienta de trabajo. “Yo les hablo, los consiento. Les digo: ‘pórtense bien, hoy van a tener mucho trabajo’. Todavía recuerdo mis primeros guantes, eran unos amarillos con puntitos negros”.

Desde que tenía 17 años de edad, Calero se aficionó a coleccionar guantes. Llegó a contar hasta mil pares. En su casa están los que le regaló su maestro René Higuita, además los de Óscar Córdova, José Luis Chilavert, Fabien Barthez, Peter Schmeichel, entre muchos otros.

Decía que la portería era su casa, y que a la suya únicamente entraban sus mejores amigos. Porque entre Calero y el balón siempre hubo una estrecha amistad. A propósito de sus espectaculares atajadas, de sus vuelos acrobáticos con los que lograba mantener en cero su portería, confesó alguna vez: “Trato de jugar el partido un día antes. Hay que soñarlo muchas horas antes de que se dispute. Uno puede intuir, pero la verdad es que me voy preparando con anticipación. Voy imaginando que tal jugador puede tirar al primer poste, al segundo, en fin, que las jugadas se sueñan…”.

Hay un pasaje de Miguel Calero que define a la perfección esa personalidad de sobreponerse a las condiciones más adversas. Minutos antes de aquella final contra los Tigres que ganaron los Tuzos en el mismísimo Volcán, Calero salió a calentar. Entonces, los miles de aficionados de los Tigres que deseaban intimidarlo con sus cantos y reproches observaron cómo de pronto paró en seco el calentamiento. Depositó delicadamente el esférico sobre el césped, como si no quisiera maltratar el pasto con la pelota. Se encaminó en dirección de las tribunas, miró retadoramente al público, y alzó los brazos como si fuera él un director de orquesta. Así se le vio un par de minutos, fornido y con esa altísima figura, dirigiendo a un coro de miles de fanáticos que le recordaban a su madre.