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El sexódromo: La adicción al amor

El Ángel Exterminador •

Querer algo con todas las fuerzas no es malo, convertirlo en imprescindible sí lo es.

México • Tras escribir la columna de la semana pasada, me quedé pensando en la investigación que realizaron científicos de Suiza, Estados Unidos y Canadá para entender en qué parte del cerebro hay actividad relacionada con el amor y el deseo sexual. Lo que me dio vueltas en mi propio coco fue el descubrimiento de que el amor se localizaría en una determinada área del estriado asociada con la adicción a las drogas. Esta zona activada por el amor está involucrada en el proceso de condicionamiento a través del cual se les otorga valor a las cosas placenteras, y en ella también se activa la adicción a las drogas: el amor podría ser la adicción al placer que genera una persona o, en un caso más sutil, un hábito que se forma tras la recompensa del deseo.

Si bien los investigadores llegaron a esta conclusión mediante estudios basados en el método científico, es posible comprender o, cuando menos, experimentar lo mismo a través del método empírico.

Un/a adict@ al amor es alguien que depende de otra persona para sentirse bien o está compulsivamente centrado en cuidar de ella. En lugar de desarrollar una intimidad madura, en donde se entienda y disfrute la libertad del otro, los que sufren esta situación buscan fundirse, permanecer completamente conectados con su pareja, “buscan situaciones de intensidad emocional que los mantengan vinculados”, explican psicólogos de Ekhia, Centro de Psicoterapia y Desarrollo Humano.

Los codependientes tratan de controlar a los demás diciéndoles como deberían ser para complacerlos y confortarlos, o permiten que sea el otro quien los controle. Se ha confirmado que este tipo de personas tiene a la vez otras adicciones añadidas: al alcohol, al tabaco, a la comida, al juego, al derroche... y en el fondo de todas ellas se encuentra la adicción al amor.

El/la adict@ al amor —señalan en Ekhia— presta obsesiva atención al otro y sus expectativas con respecto a éste son irreales, lo idealiza. Con tanta atención exterior, olvidan valorarse a sí mismos. Es común que el adicto al amor conserve de la infancia una experiencia de abandono en la que no sintió suficiente intimidad, de modo que no sabe cómo ser íntimo/a. Busca llenar ese hueco y se aferra a un ser que considera más poderoso que él/ella, y del que depende porque le aterra que lo/a abandone.

Al principio de la relación, los adictos al amor se sienten bien, admiran a su pareja, la idealizan y esperan ser “rescatados” por él o ella. Después experimentan repetidas decepciones porque no llegan a satisfacer sus deseos insaciables de cercanía o porque el/la compañer@ no es exactamente como quieren. Entonces el dolor que sienten les hace darse cuenta de que son incapaces de vivir sin su pareja, aunque tampoco les resulta fácil estar con ella.

Querer algo con todas las fuerzas no es malo, convertirlo en imprescindible sí lo es. Si se padece “síndrome de abstinencia” en ausencia de la pareja, hay apego, y detrás de todo apego está el miedo. El miedo suele tener su origen en algo que se ubica aún más al fondo del ser. Desear al compañero o compañera no es estar apegado; es delicioso anhelar su compañía. Pero cuando la ausencia provoca dolor, cuando no se puede estar sin el placer, el amor, la adulación que él o ella dan, entonces se puede caer en la adicción.

Una relación libre da paso a la ternura, al entendimiento y el goce sin esperar nada a cambio; se deshace de la posesividad, los celos y cualquier emoción egoísta. “No podemos vivir sin afecto, pero sí podemos amar sin esclavizarnos. Una cosa es defender el lazo afectivo y otra ahorcarse con él. El desapego es la forma de amar sin miedo”, puntualizan en Ekhia.

La próxima semana les hablaré de las fases de recuperación de la adicción al amor. Mientras tanto, reflexionen si alguna vez han sido, como cantaría Robert Palmer (que ya se nos fue al cielo de los músicos), “addicted to love”.

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El buzón de Verótika

Frecuento a una mujer de 45 años, diez años mayor que yo. Ella no tuvo relaciones sexuales por siete años y ahora que está conmigo se viene como un afluente; ella así es, me lo dijo, pero en cada orgasmo deja un olor un poco desagradable. ¿Esto es normal? Eso no me había pasado con otras parejas.
B_

Amigo mío:

No me es posible darte una respuesta concreta porque no sé cómo sea el aroma que se desprende de los genitales de tu mujer. El tema de los olores, como muchos otros aspectos del disfrute erótico, es subjetivo, y puede ser que lo que para ti sea desagradable, para otra persona sea delicioso y para el médico sea normal.

Lo que sí puedo hacer es comentarte algunas cuestiones al respecto. Por lo que me dices, tu pareja experimenta lo que se ha definido como “eyaculación femenina”, que es la expulsión de líquido a través de la uretra o de la vagina (tema aún en discusión) durante el orgasmo o, en algunos casos, unos minutos antes o después de éste, el cual es generado por las glándulas de Skene o Parauretrales, y no se parecen en consistencia ni en sus componentes al semen masculino. Parece ser que este afluente, como tú le llamas, puede surgir tras la estimulación del Punto G en el interior de la vagina. Este líquido no tiene ningún olor, por lo que yo no relacionaría esa deliciosa capacidad de tu mujer con el aroma que comentas.

Muchas mujeres —y hombres— han crecido con la idea de que la vagina es un espacio lleno de gérmenes que debe lavarse como si fueran las ollas con sarro de una cocina económica. Es cierto que la flora vaginal está repleta de gérmenes, pero eso pasa en todo nuestro cuerpo y, en algunos casos, las bacterias tienen una función benéfica. Lo importante es determinar qué tipo de gérmenes son los que están provocando que surja un aroma “fuerte”.

El característico olor que nos recuerda al mercado de La Viga puede deberse a que la mujer padece vaginitis bacteriana, una infección que produce compuestos como la trimetilamina, que es la misma sustancia que otorga su olor al pescado poco fresco. Es posible que existan otros síntomas, como ardor, comezón, flujo vaginal abundante y dolor en vientre o cadera, pero en algunos casos no se presenta ninguno.

Una colonia de lactobacilos (las mismas bacterias que se encuentran en el yogurt) se ubica en el interior de la vagina y sirve de protección frente a bacterias invasoras, generando desinfectantes como el ácido láctico y el peróxido de hidrógeno. Unos genitales femeninos sanos desprenden un aroma similar al del ácido láctico del yogurt y poseen un pH del 3.8 al 4.5. Si el olor que percibes es semejante, entonces podría ser que tu novia libere un efluvio más intenso al de tus parejas anteriores.

¿Usan preservativo o eyaculas en su interior? ¿El aroma aparece después de su orgasmo o luego de que tú te veniste dentro de ella? Algo que poco se menciona es que la eyaculación masculina en el interior de la vagina puede trastocar la flora vaginal. Parece ser que los espermatozoides no son capaces de nadar en el medio ácido de una vagina sana, así que vienen envueltos en una solución alcalina que incrementa el pH de la vagina, favoreciendo la invasión de bacterias no deseadas (y, con ello, hacer que huela a fish). Esto podría generar desde un simple cambio de olor que se quita tras el baño hasta una vaginitis bacteriana.

Esto es una mera orientación. Lo que les recomiendo es que visiten a su ginecólogo, para que él descarte cualquier infección y les diga exactamente a qué se debe su situación.

Un abrazo. ¡Gracias por la confianza!