De lo falso y lo verdadero. Un fauno ruso en Estocolmo
Cuando al mitológico sátiro con cuerpo de macho cabrío se le transformó en un seductor adolescente, se abrió la puerta a ese romanticismo que ve en la locura anhelo y en la enfermedad inspiración.
• Mi mente es como una maleta llena de cosas inútiles.
Salgo del bar del hotel Lydmar en Estocolmo a las 10 de la mañana y estoy ya un poco borracho. Desayuné con cerveza. Hace mucho que no lo hacía. Me tomé una Närke Black con tapas de Salmón. Todo es culpa de la mesera. Tengo una entrevista en menos de dos horas y huelo a borracho. Lo cierto: la mesera tenía razón, la Närke me ha despertado más que un café. “Sin duda tiene su cuerpo”, pienso. La cerveza, que no la mesera que más bien parecía directora de un campamento de la juventud nazi. La verdad no creo que a Eugenio Mokhorev le preocupe ni mi aspecto ni el olor a borracho. A mí tampoco.
Pasé una noche turbulenta. Los amigos me llevaron a beber y cuando supieron que yo pagaría, se enfiestaron más. Vine a Estocolmo porque estoy en crisis. Económica, que todas las otras derivan de la primera. Empeñé varios objetos que me heredó mi padre y con el dinero que me dieron vine a comprar unas fotos a Mokhorev. Me siento un jugador dispuesto a apostarlo todo a los dados.
Mokhorev vino a Suecia para inaugurar su primera gran exposición fuera de Rusia. El mexicano a quien quiero vender las fotos me dijo que encontraba “interesante” la obra del fotógrafo. Yo pensé “y tú eres tonto”, pero sonreí porque necesito su dinero.
Eugenio Mokhorev nació en San Petersburgo. Comenzó a volverse famoso con el fin del comunismo. Antes del desastre de Yeltsin su obra hubiese sido considerada inmoral. Tal vez sea inmoral, pero “interesante” es un adjetivo imperfecto.
Como faltan dos horas para la cita y yo tengo jet-lag (además de resaca), me siento, cansado como un viejo, en el jardín frente a los Muelles del Sur. Sonrío al recordar: toda la noche estuvimos yendo y viniendo por la ciudad antigua. Caminamos desde el Vastra Brobänken (un barquito del XIX acondicionado como bar) hasta el Chokladkoppen donde yo tomé chocolate y licor de albaricoque. Mis amigos presumían sus amores y yo me sentía muy solo. La muchacha de pelos pintados, el adolescente en patines, el niño que con su hermana subía corriendo al autobús me recordaban a Mokhorev y a mi propia infancia infeliz. Las fotos del ruso tienen algo del primo-blanco que se reventó los sesos en una buhardilla del centro histórico de México.
En el año 2003 Eugenio Mokhorev presentó en Ekaterimburgo la exposición fotográfica Adolescentes rusos. Se volvió de inmediato una suerte de artista maldito porque expuso en esos niños lo ominoso de una voluntad pervertida.
La resaca ha comenzado a producirme malestar. Tomo el Tafil que traigo de reserva. Nada mejor para el malestar que un Tafil; me lo enseñó Mary Anne Martin, la corredora de Nueva York cuando trabajaba con ella. Vuelve la ansiedad cuando recuerdo que también anoche, cuando trataba de hacer una foto de la isla de Stadsholmen, vino una ráfaga de viento que se llevó mi cámara Leica. La había puesto sobre un trípode muy cerca del lago. Se hundió en el Mälaren. Todas las imágenes que guardaba en esa caja negra de recuerdos inútiles se hundieron en Estocolmo. Mi mente es una maleta llena de imágenes. Pienso en un elfo marino que guarda mi cámara entre tesoros y peces muertos. Realmente necesito que Mokhorev me de un buen precio por sus fotos. Estoy asustado.
Los modelos de Mokhorev tienen la ambigüedad de lo perverso. Son a un tiempo inocentes y peligrosos. El Tafil comienza a hacer efecto. Levanto los ojos, me encuentro con una escultura que no había visto otras veces aquí, en Estocolmo. Yngling med sköldpadda de Johan Börgeson. Es la escultura de un niño que mira con desdén a una tortuga en el suelo. Börgeson reinterpreta al Hermes griego en la forma de un encantador niño sueco y yo, calmado ya gracias al dios Tafil, entiendo que hay una relación clara entre la escultura de Börgeson, las fotografías de Mokhorev y el Amor Vencedor de Caravaggio. Todas tienen un común antepasado. Un griego que se llamaba Praxíteles.
Praxíteles fue el primer artista que decidió interpretar a un fauno sin cuernos ni pies de cabra. Lo único en verdad malévolo de Pan es lo hermoso de su desnudez. Recuerdo que alguna vez leí que lo que había matado a Goliat era la hermosura de David. Algo así parecen decir Praxíteles, Börgeson y Mokhorev. La belleza es salvaje y mucho más terrorífica que el dios-chivo que seduce jovencitos. De hecho, el jovencito se ha convertido en el dios-chivo que toca la flauta. El seducido es el seductor.
El Sátiro descansando de Praxíteles es antepasado de todos estos artistas. Caravaggio lo vio en Roma, también Börgeson y, estoy seguro, Mokhorev lo habrá visto en el Hermitage. Lo anoto. Me gustaría preguntarle si pensó en Praxíteles para su serie de Adolescentes rusos. Tal vez lo haga.
Ahora ya completamente tranquilo me encuentro por fin en Estocolmo. Disfruto de sus puentes y catedrales. Escucho en el aparatito rojo esta canción: “Månsken på strömmen” (“Luz de luna sobre la Bahía de Strömmen”), letra de Bo Bergman. Me pongo sueco. A lo lejos unos obreros chilenos no dejan de discutir la hora en que deben comenzar a partir el asfalto. Mi mente es una maleta llena de cosas inútiles. Vago de los obreros chilenos hasta el fondo del lago donde está mi cámara Leica. Ella me conduce hasta el reloj que empeñé para comprar la foto de un joven fauno. Ésta es la clave de Mokhorev. Lo entiendo ahora como el valuador que encuentra, feliz, una joya en el vientre de un viejo Rólex. Hay dos muchachos en la foto de Mokhorev. En primer plano uno de ellos acaricia (como besándola) una pistola. Atrás de él hay otro niño (¿su hermano?, ¿un vecino?) que posa en actitud de clasicismo romano.
En la tradición escultórica romana el fauno es un Remo que, opuesto a la sensatez de Rómulo, representa a la locura. Por su parte Rómulo es como este niño que en el malecón de Estocolmo mira una tortuga. Remo es el niño que juega con una pistola en la foto de Mokhorev. Occidente son Rómulo y Remo. Sensatez y un poco de locura.
La tortuga es atributo de Hermes, dios de los pastores (y faunos). Por su parte los adolescentes de Mokhorev son faunos del modernismo. Si Praxíteles viviera, amaría a Mokhorev y amaría la escultura de Johan Börgeson.
El modelo del fotógrafo ruso es un pequeño suicida que se mete una pistola en la boca. El modelo de Börgeson es un pequeño artista que mira a la tortuga con la que construirá una lira.
Cuando Praxíteles dejó de interpretar al fauno como ser malévolo y lo volvió un adolescente, abrió la puerta a ese romanticismo que hoy ve en la locura anhelo y en la enfermedad, inspiración.
En el jardín del Muelle del Sur en Estocolmo hay una obra que relaciona el desencanto suicida de la juventud del siglo XXI con un viejo fauno griego. Ya suenan las campanas en la catedral de San Nicolás. ¿Cómo será Mokhorev?, me pregunto. Voy tarde. Suspiro. Camino hacia el Museo de Arte Moderno. Sonrío. Pienso que mi mente es como una maleta revuelta. Está llena de cosas inútiles. Deliciosas.
@fernandovzamora









