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Mestizaje, samba... El secreto brasileño de la felicidad

Dominical •

Aquí la marca de la casa es la diversión, aunque ésta tenga que ver más con el "jeito", esa inteligencia intuitiva o golfería que da salidas humorísticas a las peores tragedias, como la corrupción y la pobreza.

• La euforia llegó aún antes de pisar el suelo brasileño. ¿Será por pura cábala, una especie de profecía autocumplida? Muchas veces he viajado a Río de Janeiro, siempre me pasa lo mismo, por eso suelo pedir un asiento en la ventana. Para comprobar que sigue intacta la magia. Porque sé que me atrapa desde el aire, cuando el avión se acerca a la cidade maravilhosa y deja entrever esos fiordos tropicales, los cerros frondosos de verde esmeralda cayendo bruscamente al azul profundo del mar o emergiendo de él. Es una belleza sobrecogedora a la que pocas almas son insensibles. Si Brasil es el ícono de la felicidad, Río sin duda es su mayor vitrina. Aquí, la vida corre más rápido que el tiempo y la imaginación se rinde ante la realidad.

El aire húmedo y salado, tan típico de las ciudades litorales, me recibe apenas saliendo del aeropuerto. Es un aire tentador que lleva las promesas, secretos y aventuras del mar y de sus atrevidos navegantes. Envuelve esa nostalgia de la que nació el fado, canto melancólico que trajeron los conquistadores portugueses y que ha sobrevivido en el bossa nova y la música popular brasileña. Pero Brasil supo convertirse, por uno de esos azares de la historia, de colonia en corazón del imperio portugués. Hasta la música de los conquistadores sucumbió ante el inmenso genio de la nueva tierra: a la “saudade” portuguesa, los esclavos africanos agregaron sus ritmos ancestrales pegadizos. Y nacieron infinidades de géneros que pocos distinguen fuera de Brasil; pero todo el mundo baila: samba, forró, axé, capoeira, pagode, sertaneja, maracatu, tropicalismo. La nostalgia alegre, una de esas cuadraturas del círculo que solo los pueblos mestizos son capaces de fabricar. ¿Será éste el secreto de la felicidad, el mestizaje, como insinúa el austríaco Stefan Zweig en su libro Brasil, el país del futuro, publicado en 1941?

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Si alguien representa bien ese mestizaje es Muniz Sodré, un sociólogo e intelectual famoso admirado por Octavio Paz. Periodista y observador perspicaz de la realidad brasileña, tiene como ancestros a portugueses, africanos e indígenas y todos ellos han dejado sus huellas. Es profesor emérito de la Universidad Federal de Rio de Janeiro, un edificio colonial lleno de patios con azulejos portugueses y una de las más respetadas instituciones públicas de formación superior, situada a pocos metros del morro de Pan de Azúcar, emblema de la ciudad. Pero como el crecimiento poblacional de Brasil colapsó las viejas estructuras elitistas de formación, Sodré se tuvo que mudar a un cubículo en un anexo, formado por contenedores plásticos calientes y sin gracia. Pero eso no le quita ni el humor ni la picardía carioca, típicos de los habitantes de Río.

“La felicidad es un concepto político que se presta a manipulaciones de todo tipo”, dice provocador. Para reforzar su argumento menciona un estudio realizado en uno de los suburbios más olvidados de Sao Paulo, donde sorprendentemente los habitantes sin escuelas, sin parques y sin trabajo se consideraban muy felices por la solidaridad y la espiritualidad que tenían. La excusa perfecta de cualquier alcalde para no hacer más inversiones públicas. Por eso, Sodré considera que la alegría es lo que mejor describe al país del carnaval, desde Río hasta el desértico Nordeste, que va de Salvador de Bahía hasta Recife por la costa. ¿Y el Sur con sus valles, viñedos y montañas donde los Alemanes e Italianos estamparon su huella y donde crearon, en Sao Paulo, el polo industrial más rico e importante del país? Para este hombre flaco que parece dos décadas menor que los 70 años que lleva encima, “el Sur es europeo, está aparte”. La alegría, ese “instante sin causa donde todo recomienza de cero, esa aprobación total de la realidad por jodida que sea”, para él tiene su génesis en la herencia negra. Los cultos africanos que viven en lo inmediato, no conocen el pecado y todo lo convierten en fiesta, en danza. La religión se torna en candomblé, la opresión en burla de carnaval, la guerra se transforma en baile. La famosa danza de capoeira no es otra cosa que un entrenamiento para la lucha. “Europa tiene la razón y nosotros el sentimiento”, concluye con una sonrisa franca.

“Claro, es más fácil ser feliz y alegre cuando uno vive rodeado de una naturaleza extremadamente generosa y que da todo, no como en Europa donde todo cuesta”, remata Alberto Goldin, sicoanalista argentino que tiene más de 30 años viviendo en Brasil y que atiende a sus clientes en un apartamento en el tranquilo barrio de Gávea, lejos del mar y rodeado de vegetación tropical abundante. Goldin es un observador perspicaz del ser brasileño y articulista en el diario nacional O Globo. Ha constatado que el dinero no es un tema en Brasil. “Los argentinos vivimos torturados por el dinero, en Brasil, nadie habla de él”. Es una manera sutil de no enfatizar las diferencias sociales que son de las más grandes en el mundo. Brasil es un país de superlativos y los brasileños suelen ser en algo bipolares, todo es lo mejor o lo peor.

“Pero los problemas solo lo son cuando uno les da esa categoría”, subraya Goldin. Que no parece ser el caso que se presenta a menudo en Brasil, donde los habitantes con “jeito”, como se llama esa inteligencia intuitiva que raya la golfería, encuentran siempre un atajo o una salida humorística a todos los males. ¿Que el carnaval está en manos de la mafia? ¿Que los políticos son corruptos? ¿Que la policía está coludida con el narcotráfico y los juegos de azar prohibidos? Se puede convertir en problema existencial y en tema de lamento diario. O en sátira: los medios, por ejemplo, inventaron la palabra mensalão, mensualidad enorme, para describir uno de los escándalos políticos de compra de votos más grandes de los últimos 20 años, que salpicó al ex presidente Lula da Silva. Hasta para una institución tan odiada como la Dirección de Impuestos, existe un apodo humorístico: El león feroz. Fatalismo, evasión y humor como parte del peculiar temperamento brasileño.

Así por lo menos lo arrojan los resultados de mi encuesta espontánea y callejera. “¿El secreto de nuestra felicidad? Reírnos”, resume Carla Freitas, abogada de 44 años, y toma un sorbo de su coco. Estoy en la playa de Ipanema. Es el barrio más chic de Río, pero la playa es un lugar para todos, es una especie de ágora democrática. Aquí no hay barreras de raza, de dinero, de estatus. La playa es un elemento importante de la vida brasileña, más de un cuarto de la población vive en el litoral. De las 15 personas que pregunté, todas menos una me contestaron, y no hubo ninguna que se declarara infeliz. “Somos guerreros y trabajadores, queremos conquistar el mundo. Así es nuestro espíritu, dar valor a las cosas buenas como platicar y contar chistes en un bar aunque sea con desconocidos”, resume Carlos Augusto Tenorio, comerciante de 53 anos.

“Felicidad es tener esta naturaleza y mi mujer conmigo”, contesta el jubilado João Argentino, sentado en una silla de plástico con una botella cerveza Brahma en la mano. “Para mí, la felicidad es ser un ejemplo para otras personas, ese grano de arena que hace la diferencia”, contesta Cristiane de Oliveira de 40 años, que vive en la favela de Babilonia y cuyo marido atiende un puesto de alquiler de sillas en la playa. William Freitas tiene claramente otras prioridades que apuntan más hacia el estereotipo de los brasileños y el desenfreno en temas de sexualidad. El valet parking acaba de comerse con los ojos a una bella garota que pasó enfrente: “Mira nada más todas estas mujeres tan bellas, no hay mayor felicidad que ésta”, dice el mulato de 22 años. “El secreto es Dios y Dios es brasileño”, me guiña Antonio Carlos, abogado de 25 años, entonando la famosa canción “Terra Samba”: “El bus lleno, el pueblo apretado, ¿será que en la vida todo es pasajero? Por favor explícame como este pueblo que sufre con hambre, que lo pasa mal, va a pegar en la olla vacía y festejar carnaval, o mi Dios, solo quiero entender”.

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Una suma de felicidades particulares con recetas tan individuales que podrían ser universales. “A la felicidad, le ha pasado lo mismo que a otros valores: desde el siglo XVIII se ha estado subjetivizando y privatizando, convirtiéndose cada vez en algo más individual”, sostiene João Freire Filho. Ese joven profesor, echando mano a la filosofía, sociología, sicología e historia, es autor de un ensayo académico que se convirtió en bestseller: “Ser Feliz hoy: reflexiones sobre el imperativo de la felicidad”. ¿Qué la naturaleza abundante, la herencia negra, el mestizaje? Freire se ríe: “Justamente esos fueron los argumentos utilizados en el siglo XIX para explicar porqué los brasileños eran tristes, apáticos y poco productivos”.

¿Será que ser feliz hoy en día es más una obligación que una dicha? Freire cree que sí. Recuerda cómo hace algún tiempo, para documentar su ensayo, compró el libro de Zweig en donde el austriaco caracterizaba al brasileño como alguien que se contentaba con poco, que no le importaba la competencia y el tiempo —“y todos los libros alrededor en la librería hablaban de éxito, de superación personal y esas cosas”, sonríe Freire. También averiguó que los brasileños son los que más antidepresivos y libros de autoayuda consumen —y hasta produjeron el autor tal vez más conocido en el mundo de ese género, Paulo Coelho. Algo que Freire atribuye al triunfo de la lógica estadunidense según la cual el infeliz es un fracasado. El Brasil donde las histerias colectivas contaban más que las hazañas individuales parece desvanecerse ante el frenesí de la competencia individualista y la ética del trabajo protestante made in USA. “Ya ni el cafezinho es un momento para relajarse, sino una obligación para hacer contactos profesionales o una ocasión para doparse y recargar pilas”, lamenta Freire. Queda por ver, cómo lograrán los brasileños, con su chuzpé, tropicalizar el rígido imperativo del éxito. Por lo pronto, tendrán la prueba de la Copa del Mundo de Futbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016 por delante para mostrar que la excelencia y la alegría pueden ir de la mano.